Wednesday, June 11, 2008

Juan Luis Calleja, en las manos de Dios


(Juan Luis Calleja en Zufre, septiembre de 1993)

Juan Luis Calleja, en las manos de Dios
En los inciertos años finales del séptimo decenio del siglo XX, cuando a los españoles los cegaban los polvos que habían de traer los presentes lodos, una de las pocas luces claras que a mí por lo menos me sirvieron para orientarme, eran las terceras en ABC de Juan Luis Calleja. Aquellas luces no tardarían en apagarse, según el prestigioso diario se sumía en la polvareda ambiente, pero en mí siguieron vivas, tanto es así que al salir por fin mi libro El mito de Doñana en 1979, me dirigí a Calleja, a quien no conocía, con la esperanza de que se hiciera eco de mis afanes. Esa carta, que remití al periódico, donde él tuvo vara alta, nunca llegó al destinatario, caído en desgracia pese a haber figurado durante años en su consejo editorial y estar galardonado con el Mariano de Cavia. Yo estaba ya en deuda con él porque gracias a sus ideas pude alumbrar algunas de la mías; para no ir más lejos, él me hizo ver las peligrosas contradicciones en el proyecto de una Constitución de la que sólo males para la patria podían derivarse. Fue, pues, maestro mío antes de ser amigo, y su amistad, que es una de las cosas mejores que me han pasado en los últimos treinta años, tan ricos en satisfacciones y recompensas para mí, se la debo a otro gran desaparecido, a Angel Palomino, que me propuso asistir a una de las cenas de los Amigos de Julio Camba en Casa Ciriaco.
En una esquina de la calle Mayor hizo Angel las presentaciones. Juan Luis iba con Merche, que se iría de esta vida pocos meses antes que él. Yo acababa de refugiarme en El Alcázar, después de pasar por Informaciones y Ya, y Juan Luis me había leído en todos esos medios y además le habían hecho buenas ausencias mías Serrano Suñer, Gamero del Castillo, Fernández de la Mora y Manuel Halcón. Gracias a éste último quedé finalista en el "González Ruano" y con Juan Luis, Angel Palomino, Pérez Escolar y otros compartí mesa y mantel en la cena de gala correspondiente. Ya como particulares, no pasaba yo por Madrid sin que Angel y Juan Luis me convidaran a comer, casi siempre en el Rabo de Oro de la calle Ayala. Treinta años dan mucho de sí, y en ellos no faltan momentos de tristeza asociados a otros de alegría. Calleja era de los primeros en recibir libros míos que se apresuraba a reseñar, en Razón Española mayormente, y me acompañó en más de una ocasión a conferencias y presentaciones, como una en Valladolid en el Colegio de Santa Cruz, donde encima de llevarme en su auto desde Madrid, me hizo una bonita presentación, y otra, memorable en la Residencia de Estudiantes, que motivó un viaje suyo a Zufre, para conocer de visu el escenario de mi niñez. A Zufre se disponía a venir Juan Luis en diciembre de 2003 con motivo de unos azulejos que me pusieron cuando se lo impidió un infarto. Fue Angel Palomino quien me lo avisó, y, lo que son las cosas, no pasó un mes sin que fuera él quien me diera la noticia de la muerte repentina de Angel. Otra vez fuimos a Guadalajara acompañando a éste, que hablaba de Franco en una mesa redonda con Tusell, Fernando Suárez y el Sr. Prat. Son tántos los lugares – el Rastrillo, el Pardo, Winterthur, el Valle de los Caídos, la Gran Peña – que me evocan la presencia y la voz de Juan Luis que ya pierdo la cuenta. El último fue una librería de El Escorial hace justamente un año, acto del que por lo menos queda recuerdo gráfico. Hasta en La Habana lo tuve presente al pasar un día por delante del Hotel Capri en el Vedado, donde muchos años antes él y Merche paraban durante una reunión de empresarios de turismo al comienzo de la Revolución. Hemos sido además cuasi vecinos, pues sobre todo desde que Merche quedó inválida, vivía prácticamente en La Alquería, su bonita finca entre Los Negrales y Alpedrete, y o bien iba yo a verlo o venía él a San Lorenzo a casa de mi hija Marina. En una de estas visitas, mi nieto, que tendría cinco años, le trajo un estuche de Cuentos de Calleja para que se lo dedicara y él le puso: “Nunca los nietos están a la altura de sus abuelos. Tú, William, serás la excepción”.
Tengo en mi mesa un sobre dirigido a él hoy mismo que ya no irá al Correo. Ya está Juan Luis Calleja, como diría nuestro viejo amigo Panero, “en las manos de Dios”.

6 comments:

alvaro said...

Que Dios lo tenga en su gloria.Ofrzcamos una oración por su alma.

E. G-Máiquez said...

Preciosa semblanza, justísimo homenaje.

marina said...

le echaremos de menos, sobretodo esas visitas a mi casa para tomar el té -ese amigo de abuelo con el que hablaba en el salón -dice william...

Eva Calleja said...

Cómo reconforta saber que los hondos afectos de las personas que queremos son mutuos.
Con qué aparentemente fácil sencillez-que él tanto te admiraba-,como quien no quiere la cosa hablas de mi padre desde el fondo de lo que fué y de lo que movió su vida. Qué bien le conocías, D.Aquilino.
Gracias por todo lo que dices y por lo que dices sin decir, por tu generosidad y el primor que has puesto en este regalo que guardaremos siempre. Un abrazo muy fuerte.

Aquilino Duque said...

El lunes a las 9 de la mañana habrá una misa por su alma en la parroquia de Gines.

Aquilino Duque said...

La misa se traslada al miércoles a la misma hora.