Sunday, June 29, 2008

Crónicas extravagantes

Tengo entendido que en estos días ha salido una reedición de mi libro Crónicas extravagantes publicado por Ediciones Encuentro. Como anticipo, reproduzco aquí lo que en él se dice sobre los motivos de dicha reedición.


Justificación de esta edición
Si cabe enjuiciar a un régimen por los libros que prohíbe, estas Crónicas extravagantes constituyen una ejemplar pieza de convicción. Publicado por vez primera en la primavera de 1996, cayó como una piedra en el charco de ranas de los que Marías llamaba “medios de confusión”, en los que el autor fue puesto como chupa de dómine. Durante quince días fui famoso, pero la mía fue la fama del delincuente impopular o del “chivo expiatorio”, que diría Girard, en el que los portavoces de la “ciudadanía” descargaban sus conciencias a la vez que daban retroactividad a sus convicciones democráticas. No faltaron amigos que me defendieran y apoyaran y entre todos es de justicia destacar el nombre del poeta sevillano Fernando Ortiz. El Servicio de Publicaciones de la Universidad Hispalense, cuyo rector echó su poco de leña al fuego autocomparándose con Nabucodonosor, se apresuró a recoger los ejemplares ya distribuidos, circunstancia que elevó la obra a la categoría de libros raros y curiosos a la vez que la precipitaba en el infierno de los clandestinos. Tales circunstancias harían que fuera este libro uno de los míos más buscados, de ahí el interés en volverlo a poner al alcance del lector.
Todo empezó con una crónica del corresponsal de la agencia EFE en Sevilla don Alfredo Valenzuela, crónica que daba una idea tan completa de lo que era el libro que Gonzalo Fernández de la Mora la reprodujo tal cual en Razón Española, ya que para él y para su revista eran verdades como templos las mismas opiniones que eran piedra de escándalo para la turbamulta conformista.
Dicho esto, tengo que aclarar que el estado de cosas en Occidente ha evolucionado de tal manera que no es probable que nadie se escandalice ya. En España al menos se pueden imprimir cosas que hace una docena de años eran tabú, y ello tal vez se deba al hecho de que la sociedad civil y la clase política hablen lenguajes diferentes. Otra razón puede ser que ya se ha digerido más o menos la caída del marxismo, que aún coleaba cuando estas crónicas se escribieron. Ni siquiera la serie de crónicas posteriores, referentes a Cuba, es probable que levante ya muchas ampollas entre los nostálgicos de una revolución en la que me acuso de haber creído en sus comienzos. No son estas crónicas antillanas la única novedad de esta segunda edición, en la que además incluyo cuatro más sobre Rusia, dos más bien literarias y otras dos más bien históricas.
Evidentemente yo suelo valerme de la ironía y la paradoja para desbaratar los lugares comunes, que hoy por hoy no son otros que los de la llamada “corrección política”, pero poco valdrían mis crónicas si en ellas no hubiera además un rescate del paisaje y de la historia de cada territorio recorrido, de suerte que el cuadro tenga vida y verdad. Pocos paisajes tengo yo que no tengan figuras. Todos tenemos nuestros modelos a los que pretendemos imitar, y en España y fuera de España hay algunos, cuyos nombres menciono cuando viene al caso, a quienes sigo leyendo con la misma fruición con la que lo hacía cuando yo era un adolescente y ellos estaban aún entre nosotros. Entre su época y la nuestra la Historia ha dado pasos gigantescos, no todos acertados, pero por muy distinta que sea la realidad, que es por definición cambiante, la que sigue siendo igual es la verdad, que es permanente, ya que en posesión de ella no está ningún cronista convencido de vivir el fin de la historia. Tampoco lo está quien esto escribe, y por eso toda su obra no es más que una tentativa de llegar a ella, a la verdad, sin dejarse engañar por la realidad.

San Lorenzo de El Escorial, abril de 2008