Sunday, July 29, 2018

El viento de Poniente está hecho de buenos aires

Contradicciones de la sociedad opulenta
Lenin llama un taxi a la puerta del Tortoni, donde estaba conspirando.


Alberto Buela (*)

El número determinante de la dirigencia política, económica, social y cultural de Occidente quiere que los casados se divorcien y que los curas se casen, que los niños por nacer mueran y que los inventos de probeta nazcan, que los pobres tengan todos los derechos (irrealizables) y que los ricos tengan más dinero, que las naciones se integren en grandes grupos y que los pequeños nacionalismos se independicen, que los niños sean protegidos y que se autorice la pedofilia, que todos hablemos inglés y decimos combatir al imperialismo. Y así podemos seguir enumerando contradicción tras contradicción.
Hace ya muchos años un filósofo italiano de la talla de Augusto Del Noce afirmaba que: nuestras sociedades disponen de infinitos medios como nunca antes tuvo a mano, el problema es que tienen confundidos los fines. La dirigencia actual no sabe a donde ir, no resuelve los problemas sino en todo caso los administra, como observó otro italiano Massimo Cacciari. Vivimos en una pax apparens donde los conflictos se organizan y no se resuelven.
Hoy, desfondado el marxismo en el plano político, éste se limita a la disputa cultural: no más crucifijos en las escuelas ni en los tribunales, el uso de la burka o no, el matrimonio igualitario, el aborto, la eutanasia, la zoofilia, la identidad de todos por igual, la inmigración irrestricta, la educación gratuita y sin exámenes, y un largo etcétera. En una palabra, el marxismo y la izquierda en general, distraen a la sociedad de sus verdaderos problemas y son funcionales al imperialismo del dinero.
Esta renuncia del marxismo a la lucha política creó un amplio espacio vacío de contenido que van llenando los nuevos actores sociales, pero que carecen de un pensamiento político propio o al menos determinado. Las agrupaciones sociales se duplican por doquier para demandar subsidios del Estado, cooperativas de trabajo que no trabajan sino que también reclaman subsidios, nuevas agrupaciones políticas conformadas por un amasijo de ideas tomadas de acá y de allá. El reclamo sustituyó a la revolución, el pueblo se transformó en público consumidor y la opinión pública en la opinión publicada.
Hoy el poder no lo detentan los Estados sino el imperialismo internacional del dinero, en palabras del Pío XII. Este imperialismo los tiene en un puño y ellos solo tienen un poder derivado o vicario. La idea de una revolución nacional ha sido descartada del discurso político, que solo nos habla de lo bien que vamos a estar, cuando en el presente estamos como la mona. Su eslogan es: estamos mal pero vamos bien. Es la zanahoria para hacer marchar al burro. Es la ñata contra el vidrio del tango de Discépolo.
Incluso en orden al pensamiento dejamos de tener pensadores con enjundia filosófica, con penetración de la inteligencia en la realidad, para caer en un pensamiento ocurrente, festivo al decir de Philippe Muray, pero sin ninguna consecuencia política. Es el pensamiento y son los pensadores del denominado progresismo.
Qué hacer. Cómo salir de esta decadencia cuya ley fundamental es que siempre se puede ser un poco más decadente. Tenemos que salir de este laberinto como lo hicieron Ícaro y Dédalo, por arriba. Tenemos que crear, tenemos que inventar nuevas instituciones (tienen que desaparecer los Bancos
Centrales), nuevas representaciones (tiene que desaparecer el monopolio de los partidos políticos). Hay que mostrar certezas en esta sociedad de la incerteza.Hay que disentir con lo que nos viene impuesto ofreciendo otro sentido a lo dado.
(*) buela.alberto@gmail.com

Thursday, July 26, 2018

Nacionalcatolicismo y "pazada por la izquierda"


Ahora en que, entre las esperanzas de los unos y los temores de los otros, la derecha vergonzante parece resuelta a dejar de serlo y a poner fin en serio a esa  ya cuadragenaria pazada por la izquierda que nos ha traído a donde estamos, reproduzco una vez más - ya lo hice en las primeras entradas del presente cuaderno de bitácora - un texto, para mí ejemplar, para que lo mediten los que se propongan devolvernos eso que Giner de los Ríos llamaba la verticalidad.

Nacional catolicismo

LOS pedantes y tontilocos que tanto abun­dan en los medios de información es­pañoles -como, por otra parte, en el resto del «mundo libre”- nos están dando la tabarra con eso del «nacional catolicismo», considerándolo una de las rémoras más embarazosas de los cua­renta años en que los españoles, libres de las mojigangas demoliberales, pasa­mos del vagón de tercera y el cerrilismo al automóvil y la modernidad. Pero, por una vez al menos, tienen algo de razón. Porque no sólo en los cuarenta años, si­no desde que España es España, y mientras lo siga siendo, no es posible entender nuestro nacionalismo sin el catolicismo; ni, por otra parte, el catolicismo español sin una buena dosis de hispanidad o, como gustaba decir Orte­ga con un lindo vocablo, de españolía y es lógico que suceda así. Porque España se fue constituyendo a través de ocho siglos con la cruz de Cristo en las banderas, las armas y armaduras y, lo que es más importante, en lo más pro­fundo de los corazones. La Reconquista fue realmente una cruzada. Y no, como en otros países de Europa, aventuras exteriores y accidentales, sino algo ínti­mo, consustancial. Y, por si fuera poco, al terminar la Reconquista, España se lanzó a la nueva cruzada de la hispani­zación de América, que por el hecho mismo de ser hispanizada, fue cristiani­zada, proporcionándole a la Iglesia católica su máxima difusión y el mayor número de fieles de cuantos alberga en el mundo. Por eso, porque el catolicismo fue el alma de nuestra empresa históri­ca, es imposible desunir sin desvirtuar­los nuestro nacionalismo y nuestro ca­tolicismo. Lo que es difícil de entender por los pueblos que no pasaron por una misma experiencia. Sólo Polonia tiene un talante nacional parecido. Lo que permite que Juan Pablo II nos pueda comprender y valorar mucho mejor que sus predecesores en la Santa Sede.
Pero lo que de verdad irrita a los pe­dantes y tontilocos es que pueda persis­tir la religiosidad en nuestro nacionalis­mo, pese a sus esfuerzos por separarlos. Les parece, sin duda, intolerable que en el mundo secularizado que vivimos, donde Dios es un forastero y la Iglesia un embarazoso remanente, persista esa unión. ¿No se ha intentado por todos los medios en los siglos XIX y XX, que el na­cionalismo fuese el sucedáneo de la re­ligión: es decir, la religión de los que no la tienen? ¿Y los españoles -siempre llevando la contraria- se empeñan, pe­se a todo, en que subsista la vieja consustancialidad? No ha bastado, al parecer, que se separasen, como se decía antes, el altar del trono, la Iglesia del Estado, y que se elaborase una Constitución agnóstica y laica sin la me­nor referencia a lo que siempre fuimos , desde que formamos una nación y aun mucho antes. Y los pedantes tontilocos se rasgan las vestiduras ante tanta ter­quedad. Sin comprender que no son los españoles los tercos, sino la Historia. Y, aun más que la Historia, lo que podría­mos calificar de instinto biológico hispánico. Hay algo dentro de los hom­bres que no depende de la razón, ni de la educación, ni de las leyes: algo que va en la sangre. Pues en la sangre española va el catolicismo, lo queramos o no. Y esa fe ínsita y no siempre consciente, puede tomar, y de hecho ha tomado, formas aberrantes. Recordemos lo que decía Unamuno de los que incendiaban las iglesias o fusilaban las imágenes, que lo hacían porque se consideraban enemigos de Dios, que es una manera monstruosa a de creer en El. Lo verdade­ramente pavoroso no es que se quemen iglesias o se fusilen imágenes, sino que las multitudes se encojan de hombros y pasen de largo ante ellas.
Como los instrumentos de comunica­ción del «mundo libre», tanto de dere­chas como de izquierdas, están en las mismas manos y dicen las mismas co­sas, aunque con caras y palabras diferentes, nuestros pedantes tontilocos acaban por creerse su propia propagan­da y se encolerizan cuando la realidad no se pliega a sus designios. ¿Cómo? ¿A pesar de todas las leyes y permisiones amorales e inmorales, de la supresión de símbolos y ceremonias, de la escuela laica, el matrimonio civil, el divorcio, la pornografía, la homosexualidad, la toxi­comanía, y el aborto, muchos españoles aún sienten en su nacionalismo la pal­pitación de la religiosidad? ¿Nunca se­remos capaces de ser unos laicos de veras en los que la religión sea un simple suplemento que no estorbe a la ciuda­danía? Como decía Hamlet, hay en el cielo y la tierra más cosas de las que conoce nuestra filosofía, y una de ellas es, por lo que parece, nuestro nacional catolicismo. Que no es algo anacrónico, incomprensible, cerril, como pretenden sus caricaturistas, sino actual, lógico y de la más alta calidad. Ahora que los nacionalismos a palo seco comienzan a tener problemas en todas partes, y que parece necesario encontrar otras fórmu­las para la eterna simbiosis del ser hu­mano con su tierra y sus tradiciones, no se puede tomar a broma eso que llaman nacional catolicismo. Expresión mal in­tencionada, pero que encubre una pre­ciosa realidad. Si, por una vez al menos, llamamos a las cosas por su nombre, al nacional catolicismo lo que habría que llamarle es patriotismo católico. Que, aunque a los pedantes y tontilocos les parezca lo mismo, no lo es ni mucho menos.

Jesús SUEVOS
El Alcázar 26 de diciembre de 1986

Monday, July 23, 2018

Los "sin Dios" y los "sin patria"


Véase DIARIO DE SEVILLA 
Sobran las comillas en el párrafo en que se habla de Husserl y la Aufklärung.


Wednesday, July 11, 2018

Honoris Causa por la Universidad Inca Garcilaso de la Vega, de Lima




Mi cursus honorum universitario apenas difiere del que en mis tiempos juveniles seguía la inmensa mayoría de jóvenes bachilleres tanto en España como en Hispanoamérica, es decir, el de la carrera de Derecho. Y es que para llegar a ser algo de provecho era imprescindible tener un título universitario, una licenciatura como mínimo, y la que tenía más "salidas", la que abría más puertas, era la licenciatura en Leyes.  En una Universidad de provincias como la de Sevilla, la mayoría de las facultades se hallaban en el mismo edificio, en nuestro caso el de los Estudios generales de la Compañía de Jesús desde los tiempos de la Desamortización.  El viejo caserón de la calle Laraña, anejo a la iglesia de la Anunciación, en cuya cripta reposan algunos sevillanos ilustres, como Gustavo Adolfo Bécquer y su hermano Valeriano, lo compartía la Facultad de Derecho con la de Física y Química y la de Filosofía y Letras, que me atraía bastante, aunque sólo fuera por lo bien que el bello sexo estaba representado en ella.  Por otra parte, nosotros vivíamos entre el Museo de Bellas Artes y la Universidad y a dos pasos de la flamante Escuela de Estudios Hispanoamericanos.  Al finalizar mi segundo curso en Derecho, recibí mi primera beca, que me permitió asistir a la también flamante Universidad de Verano de la Rábida, lo cual quiere decir que desde muy pronto estuve rodeado de universitarios de Hispanoamérica y de un ambiente que propició entre otras cosas la fundación de una revista de poesía que duró al menos tantos números como letras tenía el título: la revista ALJIBE .         Desde aquel momento quedaba trazado mi destino, entre poeta de Aljibe y abogado de secano. En esa ruta perseveré con varia fortuna hasta licenciarme y matricularme en los cursos de doctorado, en los que obtuve la única matrícula de honor de toda la carrera por un trabajo de Derecho Político sobre el Poder en el Teatro Clásico, tema que me fue sugerido por un joven profesor auxiliar de la Facultad. 
Lo cierto es que lo que a mí me interesaba en las Leyes era, dicho con palabras insignes, más el espíritu que la letra, y la licenciatura en sí la contemplaba menos como un objetivo profesional que como un medio para ingresar en algún cuerpo del Estado que me permitiera viajar y hacer uso de los idiomas a los que  desde muy pronto tuve afición.  Puede que los siete años de latín del bachillerato de entonces, que cursé con bastante provecho, me facilitaran  un dominio bastante precoz de la lengua francesa y el interés por una lengua de gramática tan elemental como la inglesa.  Cuando llegué a la Universidad ya estaba bastante familiarizado con la literatura en esos idiomas, a la que cabría agregar la portuguesa que, aunque no tuviera ocasión ni necesidad de practicarla, me abría a una musicalidad que me fascinaba desde el Alfonso X o el Gil Vicente o el Camoens o el Eugenio de Castro de los libros de texto de la España de entonces.  La facilidad con la que los hispanoparlantes leemos el portugués y la facilidad con que los portugueses entienden el castellano me hizo descuidar su aprendizaje, pero no mi pasión por su literatura. A ello contribuyó el que un pintor sevillano me pusiera  en contacto con un amigo suyo portugués y el resultado fue que la primera vez que vi unos versos míos en letra impresa fue en un diario del Brasil que se llamaba O São João Jornal.
O São João Jornal era un periodiquito de provincias que duró poco, pero para mí fue mi primera incursión ultramarina en unas tierras de oro que llevaban más de cuatro siglos deslumbrando a los habitantes de la Península Ibérica.   La convivencia en La Rábida con maestros y condiscípulos de las Américas, mis bibliotecas universitarias preferidas, la de la Facultad de Letras y de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos me familiarizaron con la poesía de Martín Adán, de Jorge Eduardo Eielson, de Emilio Adolfo Westphalen, de César Vallejo... En el banquete de homenaje que le dimos sus alumnos a un auxiliar  de  la cátedra de Administrativo cuando sacó cátedra, éste me escribió en el menú: "A A. D., que entiende  más de poesía que del Alcubilla"  (con referencia al Repertorio o Diccionario de este profesor).  Fue en cambio un catedrático, el de Lengua y Literatura, a cuyas clases iba de libre oyente, quien me habló de unas interesantes becas del British Council, de suerte que, apoyado por los catedráticos de Político y de Internacional y por otras personalidades que estaban al corriente de mis veleidades literarias, entre las que quiero destacar al entonces Director del Archivo de Indias, fui a parar a la Universidad de Cambridge, donde entre otras muchas actividades, redacté un trabajito, dirigido por el profesor Kurt Lipstein, con el que obtuve un Diploma en Estudios de Derecho Comparado.  Tuve allá muchos amigos entre los colegiales, y muy especial entre los de habla española entre los que no puedo menos que destacar a Roberto MacLean y Ugarteche, que también conocía a otro amigo peruano, el futuro historiador César Pacheco Vélez, que entonces estaba en Sevilla con otros compatriotas, como el futuro historiador  Miguel Maticorena.  El curso siguiente cometí el atolondramiento de aceptar una beca de la Southern Methodist University, de Dallas, Tejas, donde obtuve un LLM o sea Master of Laws. El choque cultural fue respetable, pero como no hay mal que por bien no venga, me encontré con un grupo de juristas hispanoamericanos entre los que hice excelentes amistades.  El grupo mío era más heterogéneo y no hablábamos español más que yo y un par de filipinos.  Entre los hispanos había un peruano, Alvaro Llona Bernal, argentinos, colombianos, venezolanos, mejicanos, panameños, etc. y hasta un brasileño.  Hubo una reunión de la Unión Interamericana de Abogados y a mí me tocó hacer de secretario de actas. Conocí a Greer Garson, que vivía en Tejas y era hermana del Attorney General del Canadá. De Chile vino don Arturo Alessandri con su hijo Arturito y la mujer de éste, guapísima y con un ramalazo de canas en el pelo castaño oscuro.  Un chileno, Juan Guillermo Matus, de la Escuela de Derecho de Valparaíso, al presentármelo, le dijo nada menos que había que darme la nacionalidad chilena por auto acordado de la Corte Suprema.
A mi regreso a Sevilla, terminé el servicio militar, interrumpido por mi marcha a Inglaterra, quedé finalista de un premio de poesía y por fin recalé en Alemania como profesor de lengua española en una academia particular y ya resuelto a dedicarme a las letras por completo.  Pero como de la poesía no estaba muy seguro que pudiera vivir, tuve la suerte de meterme en los servicios de traducción de los organismos especializados de las Naciones Unidas en Ginebra, cosa que conseguí gracias a la poesía, ya que el señor que me contrató, un ex diplomático español, era traductor de Coleridge y Saint-John Perse.  En este oficio, en el que me mantuve unos cuarenta años más o menos, tuve la fortuna de combinar lo útil con lo deleitoso, y cuanto más trabajo tenía, más ganas tenía de trabajar y no creo desde entonces haber perdido el tiempo del todo.  Con Ginebra primero y Roma después como punto de partida, fueron muchos los viajes que hice en comisión de servicio y muchos los colegas en la afanosa tarea de ganarnos la vida con lo que Nebrija llamó "la compañera del Imperio" y con la esperanza, en algunos casos realizada con creces de vivir de la pluma, como fue el de Cortázar, con quien coincidí mucho en Viena, en Ginebra, en Argelia y en la India, donde además conocí a Octavio Paz, al frente entonces de la Embajada de México. Otro escritor que viajó conmigo a la India fue el cubano Calvert Casey, a quien conocí Ginebra y que murió en Roma como el uruguayo Théo Verbrugge, cuando yo ya vivía en la Urbe.  También en la India y a través de Cortázar conocí a Fedor Ganz,  poeta en francés, memorialista en alemán, politólogo en español, hombre de muchos pasaportes del que el único auténtico tal vez fuera el peruano. El jefe del equipo en Argelia era otro peruano, Raúl Deustua, a quien ya conocía de Ginebra y gracias al cual pude leer en galeradas alguna novela como La casa verde que le mandaba de París, como todo lo que escribía y antes de darlo a la imprenta,  cierto joven compatriota que trabajaba en la radio francesa.  Todos formábamos una gran familia, por la sencilla razón de tener una misma lengua materna.  En una ocasión, un amigo medievalista dijo en una reunión académica que él estaba esperando que alguien le explicara qué era eso de "la Hispanidad". Yo le contesté que era una cosa gracias a la cual yo me ganaba la vida y, como yo, muchos hijos de las repúblicas de Ultramar a quienes siempre tuve por compatriotas.  De todos ellos merece una mención especial, aunque sólo sea por su reciente fallecimiento en París Luis Loayza, de quien tracé una semblanza a raíz de salir en España su último libro.
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No sé si entre los méritos reunidos para la concesión de un doctorado honoris causa cuentan más mis trabajos literarios que mis estudios jurídicos. Aquéllos me han ocupado toda la vida; éstos se reducen a mis años juveniles.  Sólo diré que mi gran preocupación fue en aquellos años la de no perder ni un solo día, lo cual no quita de que diera más de un paso en falso y más de un palo de ciego. Sin embargo, en esta disyuntiva entre las leyes y las letras, y entre las letras y las armas, quisiera concluir con algo que dije en la presentación el libro de una amiga latinista, a saber:  " Pierre Grimal se maravilla de que en el lapso de unos siglos, la lengua de los campesinos del Lacio se convirtiera en uno de los más eficaces y duraderos instrumentos del pensamiento que la humanidad haya conocido.  Yo, personalmente, cada vez que he tenido que dar cuenta de mi oficio de poeta, de mi trabajo con el idioma, de la formación de mi estilo, he invocado la importancia que para mí ha tenido el haber servido en la Marina y el haber estudiado Derecho. Y es que en un buque cada cosa tiene su nombre y no se admiten generalizaciones ni vaguedades, y en Derecho cada palabra ha de tener un significado inequívoco o una pérfida intención polisémica. Pues bien, esa lengua del campesino latino, al pasar de ser hablada a ser escrita, tiene su primera expresión en fórmulas jurídicas, en principios que se aprendían de memoria antes de grabarse en bronce o en mármol, de ahí que quepa decir que uno de los frutos de esa maravillosa construcción que fue el Derecho Romano fue el lenguaje poético." 
Dicho de otro modo, y hablando pro domo mea, nunca descarto que mi lenguaje poético deba algo, por no decir mucho, a las fórmulas jurídicas aprendidas en las aulas.  A eso quiero atribuir la generosidad de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega al honrarme con este doctorado.


Monday, July 02, 2018

Furor necrófilo y leyenda lila


Véase Eternamente Franco en Libertad Digital  por Pedro Fernámdez Barbadillo