Tuesday, May 09, 2006

Dalí en la Residencia

Vanguardia y paranoia
El 23 de marzo de 2006 se presentaba en la Residencia de Estudiantes el libro póstumo de Rafael Santos Torroella El primer Dalí, 1918-1929, con la intervención, entre otros, de la viuda del autor y del legendario Pepín Bello, que podría decir lo que don Ramón Carande: que ha vivido tanto que tiene la sensación de ser el monumento de sí mismo. A los ciento dos años cumplidos no son muchos los contemporáneos de José Bello Lasierra que vayan por la vida tan erguidos y radiantes como él. La persona que me lo presentó, Fernando Chueca, ya no está entre los vivos, como tampoco está la que primero me habló de él, Joaquín Romero Murube. He perdido la cuenta de los episodios y trapisondas de los poetas del 27 en los que Pepín Bello desempeña un papel. Por un tiempo yo pensé que Pepín Bello no existía, sino que era un invento de aquellos poetas surrealistas, como aquel inexistente señor Arceniega, mecenas imaginario de la revista Mediodía, a quien Alejandro Collantes de Terán remitía a todo el que llegara con la pretensión de cobrar una factura.
De quien fui muy amigo fue Rafael Santos Torroella, primer Virgilio mío por los dantescos círculos de las editoras barcelonesas y muñidor de aquellos congresos de poesía del “páramo cultural” cuyas estrellas eran poetas de los que ahora se dice que estaban perseguidos y amordazados por los que los invitaban a esos congresos. Santos Torroella, por razones familiares entre otras cosas, estuvo siempre muy interesado por la pintura y, como no tenía o no creía tener el talento de su hermana Angeles ni de su cuñado Grau Sala, encauzó su interés a través de la crítica de arte. A mí en concreto llegó a proponerme el descubrimiento, o la invención que es lo mismo, de jóvenes pintores andaluces para una colección de monografías que llevaba en la editorial Éxito. Le dije que yo desconocía los principios más elementales de la crítica de pintura y él me dijo que más a mi favor, pues al opinar sobre un arte nuevo hay que inventarse sobre la marcha tanto el lenguaje como las reglas.
El libro de Rafael es un catálogo razonado y comentado de la obra de Dalí comprendida entre 1918 y 1929; de aquel Dalí cuyo “imperfecto pincel adolescente” se negaba a cantar Federico García Lorca. El catálogo está razonado, pero no racionalizado, que sería disparate en el caso concreto de aquel “catalán estrafalario” vestido de artista decimonónico que llegó a la Residencia de Estudiantes con su padre y su hermana para asombrar a todos con su ignorancia y su inteligencia. Cada reproducción está enmarcada en un sabio comentario que sitúa la obra en cada época artística, en cada fase de formación del artista y en cada avatar del personaje. Y es que la fabricación del personaje de Dalí es inseparable de su evolución artística. De hecho, en la ignorancia de que Dalí alardeaba al llegar a la Residencia había tanta exageración como en la locura de que hizo gala al llegar al consultorio de la Berggasse de Viena. José Bello no tardó en comprobar que esa ignorancia no se refería a la pintura, que para el joven Dalí no tenía secretos, como el doctor Freud comprobaría que la locura de aquel pintoresco español era algo sospechosa. En este libro se ve gráficamente cómo un artista dotadísimo, que conoce al dedillo todas las técnicas de su oficio, pero que tiene un olfato infalible para orientarse en las corrientes de su tiempo, va gradualmente aprendiendo a fundir el genio con el escándalo. Y así, del mismo modo que Picasso se renueva en el primitivismo y en la destrucción, Dalí lo hace en la trasgresión y la locura, puntales del surrealismo. Freud había puesto los sueños en la orden del día y sustituye con ellos la realidad, y este sucedáneo de la realidad, este realismo onírico, es lo que da en llamarse suprarrealismo o surrealismo. Dalí fue freudiano como Picasso fue marxista: por impregnación. A partir de ellos, la pintura no consiste en ver o interpretar la realidad, sino en exteriorizar plásticamente sus pesadillas o sus obsesiones. Después de pasar por el costumbrismo, el impresionismo, el puntillismo, el expresionismo y todos los ismos inteligibles de su juventud, Dalí desemboca en el mal gusto, la provocación y la blasfemia, que culmina en los turpiloquios plásticos de La profanación de la hostia. Por decirlo clar i català, este catálogo de la obra juvenil de Dalí es la historieta gráfica de una degeneración, pero de una degeneración savante, que él, con gran sentido de la publicidad, llamó “método paranoico-crítico”.
Es muy posible que Dalí ya se trabajara la paranoia cuando, expulsado de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, fue a parar a la Residencia de Estudiantes, y lo que es indudable es que esa paranoia les cayó en gracia a aquellos residentes – Bello, Lorca, Buñuel - que no tardarían en acogerlo como uno de los suyos. El actual director honorario de la Residencia, nuestro simpático amigo José García-Velasco, se preguntaba en el mismo acto qué es lo que Salvador Dalí podía tener en común con la Institución Libre de Enseñanza para después de muchas cavilaciones llegar a la conclusión de que, según él, la Institución Libre de Enseñanza había introducido en la España de finales del XIX y comienzos del XX el “epicureísmo europeo”. Me figuro que por “epicureísmo europeo” hay que entender la libertad de costumbres de la Belle Epoque, con operetas de Offenbach y novelas de Anatole France, y a mí me cuesta, la verdad, bastante trabajo imaginarme a don Francisco Giner o a don Gumersindo de Azcárate viendo bailar el can-can en el Moulin de la Galette. No era París, sino Londres, lo que atraía a aquellos austeros varones, que lo que trataron de importar a tierra de garbanzos fue precisamente la “moral victoriana”, más auténtica a su juicio que la moral católica tradicional. Pero hay más, y es que si hay algo de lo que abominaran los surrealistas era del erotismo douillet de la Belle Epoque con el que nada tenía que ver el amour fou de Breton y compañeros mártires, una de cuyas bestias negras fue por cierto el venerable epicúreo Anatole France.

Aquilino Duque

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