Tuesday, September 03, 2013

Ideas claras


 

UN REACCIONARIO EJEMPLAR

Gómez Dávila está convencido de que la cultura es «elitista» y de que lo que llamamos «cultura popular» no es más que «costumbres populares»

HACE poco tiempo, un señor perteneciente a la rara especie de mis lectores, me obsequiaba en Villaviciosa de Asturias, donde vive, con un librito de la Biblioteca Álvaro Mutis, titulado «Sucesivos escolios a un texto implícito » . La obra es una colección de aforismos precedida de un breve prólogo de Mutis, amigo que fue del autor: su compatriota Nicolás Gómez Dávila. Gómez Dávila, de quien hasta ese momento nada sabía, es un caso insólito como en su día lo fuera el autor del Gatopardo. Hijo de familia pudiente, con estudios en París y viajes por toda Europa, una caída de caballo cuando jugaba al polo lo redujo a la invalidez y le permitió encerrars e en una biblioteca de más de treinta mil volúmenes en los que, como señala un crítico italiano, con las excepciones insignes de Borges, Mutis, Paz y Hernando Téllez, «gli autori latinoamericani sono pressoché ignorati», y no es casualidad ciertamente el que no haya ni siquiera un libro del «caramelloso» García Márquez.
En sus años parisinos supo por vez primera de De Maistre, de Donoso, de Barrès, de Maurras, pero sobre todo del «aristócrata liberal» Tocqueville y de Pascal, que sería quien marcaría su estilo. Llamar «conservador» sería una afrenta a un hombre que ha escrito: « El mundo moderno no tiene más solución que el Juicio Final. Que cierren esto.» Un conservador es un señor que está satisfecho con vivir en la mejor de las democracias posibles –y no es Colombia mal ejemplo– y Gómez Dávila era cualquier cosa menos un «Pangloss » de la democracia. Gómez Dávila es, por declaración propia, un «reaccionario». Vintila Horia, que también lo era, decía que ser reaccionario es ser capaz de reaccionar, y que los únicos que no reaccionan son los cadáveres, y a un amigo común que me reprochaba el ser reaccionario, Dionisio Ridruejo le decía que yo no era reaccionario, sino reactivo. Gómez Dávila me lleva al menos la ventaja de no escudarse en un eufemismo, y por eso es capaz de decir que « el reaccionario no es un pensador excéntrico, sino un pensador insobornable» y que «los reaccionarios les procuramos a los bobos el placer de sentirse atrevidos pensadores de vanguardia». Demasiado bien sabe en qué consiste la reacción: «La reacción no es más que la traducción en lenguaje realista de los principios de un Constant, un Humboldt, un Mill, un Tocqueville.»
Gómez Dávila ha llegado con el aforismo al límite de la expresión y resulta torpe exponer su riqueza de ideas con palabras que no sean las suyas. Pero por mucha deuda secreta que tenga con Nietzsche, Gómez Dávila dista mucho de ser un nihilista y un irresponsable: él ve con toda nitidez la entropía del igualitarismo, niega que la Historia tenga un sentido, pero en cambio se lo ve a la Creación. Gómez Dávila descubre el secreto de la democracia a través de Heine cuando éste proclamaba con entusiasmo: «No luchamos por los derechos humanos del pueblo, sino por los derechos divinos de los hombres». Un excelente crítico radiofónico abordaba con cierto embarazo la confesionalidad de Gómez Dávila diciendo que su catolicismo era « heterodoxo» en la medida en que era «premoderno». Si hubiera dicho que era «preconciliar» sabríamos mejor frente a qué « catolicismo » se manifiesta su «heterodoxia». Unos ejemplos: «La “Iglesia primitiva” ha sido siempre la disculpa favorita del hereje». «Los progresistas cristianos están convirtiendo al cristianismo en un agnosticismo humanitario con vocabulario cristiano». «Mis convicciones son las mismas que las de la anciana que reza en el rincón de una iglesia » . «Una muchedumbre deja de repugnar cuando un motivo religioso la reúne». «Lo que preocupa al Cristo de los Evangelios no es la situación económica del pobre, sino la condición moral del rico.»
En política, su criterio es, entre otras muchas cosas, que «el estado liberal no es la antítesis del estado totalitario, sino el error simétrico», y que « entre los elegidos por el sufragio popular sólo son respetables los imbéciles, porque el hombre inteligente tuvo que mentir para ser elegido».
Gómez Dávila está convencido de que la cultura es «elitista» y de que lo que llamamos «cultura popular» no es más que «costumbres populares », pero dice algo aun más escandaloso: «Una educación sin humanidades prepara sólo para los oficios serviles».
Alguna vez me han preguntado que qué libros me gustaría haber escrito y casi siempre contest o que « Las inquietudes de Shanti Andía", « El Obispo leproso» y «El Gatopardo». Hoy por lo menos tengo que añadir esta obrita de un hombre que me demuestra que estoy menos solo de lo que pensaba y que puede permitirse el lujo de afirmar: «La claridad del texto es el único signo incontrovertible de la madurez de una idea».

(ABC de Sevilla, martes 3 de septiembre de 2013)

3 comments:

ENRIQUE j. ALONSO MATEY said...

A Dávila se le viene reivindicando desde hace tiempo como auotr que ha sabido plantar cara a la literatura y al pensamiento dominante en Occidente en las últimas decadas

Tomás Salas said...

Estimado maestro; yo llegué al conocimiento de Gómez Dávila por unos comentarios suyos en algún escrito que ahora no recuerdo. Le voy a comentar una curiosidad no sé si erudita. He leído que Gómez Dávila amaba tanto su biblioteca que quiso, en el momento de su muerte, que lo llevaran allí. He encontrado esto mismo en el personaje Silvestre Bonnard, de la novela de Anatole France. El erudito francés que vivía entre sus libros y manuscritos, quiere que lo lleven a su biblioteca en el momento de su muerte. La naturaleza copia al arte. Un saludo.

Aquilino Duque said...

No es mala idea. Gracias por la noticia.