San Antonio de los Cobres, Lugones y las Salinas Grandes

San Antonio de los Cobres está a cerca de cuatro mil metros, en un llano arenoso al pie de unos cerros amontonados. Es una población india y minera con casas de adobe y apenas vegetación. La vegetación que más abunda es la tola, una especie de esparto que se utiliza como pasto y como combustible y del que se alimentan llamas, vicuñas y guanacos, a los que hay que agregar borricos con lazos y moñas de lana de colores en las orejas. De no ser por las hojas de coca que tuve la precaución de llevar pegadas a la encía superior es posible que lo hubiera pasado mal en las extensas ruinas de Santa Rosa de Tastil y bajando por las sinuosas curvas de nivel que bordean la Quebrada del Toro entre los viaductos del Tren de las Nubes y la blanca cresta del ubicuo Nevado del Chañi, tan pronto a la derecha como a la izquierda del itinerario.
Por fin la Nacional 40 lleva a las Salinas Grandes, un inmenso lago sólido surgido del mar en remotas épocas geológicas, en cuyo centro hay una caseta y un corralón de piedra en el que se yergue un espantapájaros. El espantapájaros resulta que se mueve y habla, vende recuerdos, piezas de sal talladas por él mismo, y tiene la llave de un retrete de aluminio, que presta a cambio de un peso. En esa extensión de falso hielo se abren esteros rectangulares de agua cristalina con sal escarchada. El espantapájaros se viste de tal para protegerse de la reverberación del sol contra la sal y con sus gafas negras y su tapabocas y su sombrero gacho tiene algo también de Hombre Invisible. De no ser por el mal genio con el que exige la moneda al que necesita con urgencia el retrete, ese Hombre Invisible podría ser el piadoso estilita de quien nos habla Lugones que va al Mar Muerto a desencantar o a redimir a la mujer de Lot, convertida en estatua de sal. Al derramarse el agua bendita sobre la esbelta escultura femenina en cuya frente hay gotas de sudor, queda ante el anacoreta una mujer viejísima y andrajosa, una mujer agonizante, a la que él pregunta qué es lo que vio al volver la cara en desobediencia al Altísimo. La moribunda le susurra al oído una palabra y él cae fulminado al escucharla.
Lugones se quitó la vida en 1938 en una isla del delta del Paraná, y es muy posible que lo hiciera según el guión escrito por él mismo muchos años antes cuando describía la lluvia de cobre incandescente que acabó con las cinco ciudades del Valle de Pentápolis y las sumió en un lago de asfalto. Pocos años habían de pasar para que en un rosario de ciudades – Hamburgo, Dresde, Hiroshima, Nagasaki – se hiciera realidad lo que él imaginó al leer el Génesis y suicidar al narrador. ¿Concebiría su visión en este noroeste argentino, en la desolación de la Puna, en el mar muerto de las Salinas Grandes bajo una lluvia de cobre de las minas de San Antonio?

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