Wednesday, June 17, 2009


Salta la Linda y la Ruta de la Plata
Tiene fama Salta de ser la ciudad más bonita de la Argentina. Yo no puedo juzgar, ya que Salta es la única ciudad argentina que conozco, fuera de Buenos Aires, que es rancho aparte. Salta está en un fértil valle preandino, el Valle de Lerma, llamado así por su fundador, el gobernador de Tucumán. Su primer nombre fue Ciudad de San Felipe de Lerma en el Valle de Salta, luego cambiado en San Felipe de Salta. En otro fértil valle, el de Jujuy, está su hermana, diez años más joven que ella, San Salvador de Jujuy, fundada ésta por Francisco Argañaraz y Murguía, el que capturó al cacique Vitipoco en un audaz golpe de mano. Ambas fundaciones fueron ordenadas desde Lima por el virrey Toledo, estando como estaban en el antiguo camino del Alto Perú, el camino de los Incas, que más o menos coincide con la Nacional 40, que hoy llega hasta la Tierra del Fuego. A don Francisco de Toledo, nacido en el castillo de Oropesa, hoy Parador Nacional, le correspondió organizar la administración virreinal orientada a la explotación de las minas de plata de Potosí, ciudad que fundó, como fundó Tarija y fundó Córdoba, fundaciones que hay que sumar a las de Salta y Jujuy. Nadie discute la eficacia de su mandato, ni los que lo censuran ni los que lo aplauden, como es el caso de quien mejor lo estudió: don Guillermo Lohmann Villena. Los que lo critican son los que consideran que todas las culturas son equivalentes y los que lo alaban los que creen lo contrario. Yo sólo sé que a cada paso que doy por la América rural o provincial no hago más que comprobar la vigencia de lo que dice Rubén Darío sobre “la América ingenua que tiene sangre indígena”. También me maravilla la movilidad de hombres que tan pronto estaban en Flandes o en los Andes, en Trento o en Alájar, en Nápoles o en Lima, en Espartinas o en Humahuaca en una época en que los viajes no eran un camino de rosas. Una consideración parecida movió a Stefan Zweig, pasajero de un lujoso trasatlántico, a preguntarse por las condiciones en que Magallanes y sus hombres habían recorrido la misma ruta.
Nadie que haya hecho el trayecto del Tren de las Nubes, que sube bordeando la Quebrada de Humahuaca desde el verde valle de Lerma hasta la Puna desértica puede dejar de pensar en lo que debió de ser la travesía a pie o a caballo de aquellas ramblas inmensas y aquellos escarpados precipicios. El Camino del Inca pasaría a ser en el XVIII la Ruta de la Plata que iba de Potosí a Buenos Aires, con estación en ciudades como Jujuy y Salta. Esa misma denominación se le aplicó a la calzada romana que iba de Mérida a Astorga y hay la teoría o la leyenda de que los fenicios transportaran por ella el codiciado metal. Se ha dicho que la colonización de España se hizo a la romana. La planta de Salta, como la de tantas ciudades americanas, corresponde al trazado romano impuesto por las Leyes de Indias. La misma planta tienen poblaciones más indígenas como Humahuaca o Purmamarca, sino que aquí las casas son bajas y de adobe con puertas de cardón formando esquinas y sin más vegetación que la que rodea la iglesia en la plaza principal.
Salta en cambio tiene el encanto de las ciudades fundadas en la época virreinal. Recostada en el Cerro de San Bernardo, tiene al pie de éste el convento del mismo nombre, hoy ocupado por las Carmelitas Descalzas, y que, con el Cabildo, que es el mejor conservado de la Argentina, es uno de los edificios de más solera de la ciudad, ejemplo de una blanca arquitectura de sobrio diseño, en la línea de las estancias y las ermitas rurales. La mayoría de las casas son de dos plantas y de puertas y ventanas altas y estrechas y en su fondo, entre rejas y cristaleras, se entrevén jardines y patios castellanos con galería alta bajo tejas rojizas. Raras son las aceras que no tienen arbolado. La plaza real o de armas, hoy del 9 de Julio, es un maravilloso jardín de ceibos, ombúes, sauces, cipreses, palmeras, en cuyo centro se alza la estatua ecuestre del general Arenales. A un extremo está el Cabildo, con su doble recova, ocupando todo un testero de la plaza, y frente por frente, al otro extremo, la Catedral con sus dos torres de un barroco discreto y un balcón peruano con celosía de madera en la adjunta Curia. Yo desconocía el empleo del término “recova” en el sentido de soportales o galería cubierta, de uso común en la Argentina, y eso que, según el Diccionario de la RAE, esa acepción es propia de Andalucía. No es ésta la primera de las palabras perdidas en la Península que encuentro en Ultramar.
La recova no tiene en la plaza del 9 de Julio solución de continuidad y se ajusta a la pauta de las plazas mayores de la madre patria, la de la Corredera en Córdoba, la Mayor de Salamanca o Madrid, la de España en Bilbao, la del Rey en Barcelona, con la diferencia de que su parte central, acaso antaño plaza de armas, está ajardinada. Los salteños o quienes los visitan disfrutan del anochecer subtropical en los bancos públicos o en las terrazas de hoteles y cafés, bajo esa Cruz del Sur que cristianiza el firmamento.

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