Saturday, December 02, 2006

Villamanrique



Viernes, 13 de Agosto de 2004 - La Revista de Libertad Digital


VILLAMANRIQUE DE LA CONDESA
Châteaux en Espagne
Por Aquilino Duque
El día 4 de noviembre, día en que la Santa Madre Iglesia conmemora a San Carlos Borromeo, los miembros de la asociación sevillana de Amigos de los Jardines fueron a ver palmeras al palacio que SS. AA. RR. e II. don Pedro de Braganza y doña Esperanza de Borbón y Orleáns habitan en Villamanrique de la Condesa.
Este palacio, como es sabido, fue edificado por el conde de París en la finca adquirida por su suegro el duque de Montpensier, y es, permítaseme la expresión, un auténtico château en Espagne. Decía San Francisco de Sales que qué necesidad había de tener castillos en España con los buenos castillos que hay en Francia. Conviene aclarar que por “castillo en España” los franceses entienden lo que los españoles entendemos por “castillo de naipes”, y el santo de Annecy usaba ese símil para combatir la vanidad y los sueños de grandeza de sus paisanos. Uno al menos no le hizo caso y ese uno no era un cualquiera, pues aspiraba nada menos que al trono de San Luis, y entendió que nada mejor podía hacer, en espera de residir en Versalles o en el Louvre, que levantar un castillo de naipes en las proximidades del Coto del Rey. Casa de labor de los señores del lugar desde el siglo XVI, Montpensier montó en ella, aprovechando la abundancia de agua, la segunda fábrica de electricidad de España. El castillo, el palacio, blanco y añil, habla con cierto acento francés el lenguaje de la arquitectura rural andaluza. En la agrupación de esbeltas palmeras que acogen al visitante en el patio delantero sobresale una Livistona australis de tronco delgadísimo.

En el patio interior de mansión andaluza, decorado con grabados de castillos franceses, más palmeras: cuatro ejemplares de Trachycarpus fortunei, que los ingleses llaman palmera de molino, con sus palmas como bieldos y su tronco envuelto en arpillera, una altísima Washingtonia robusta, una Phoenix dactylifera y una Phoenix reclinata, y en el centro, una Phoenix canariensis que era ya la tercera, pues las precedentes hubo que arrancarlas cuando crecieron demasiado y sobrepasaban la galería alta del patio. En este patio acogió don Pedro a los visitantes y empezó por mostrarles dos semillas de coco, la más grande y la más pequeña del mundo. La más grande era negra y de una forma que los portugueses la llaman por mal nombre “coco-culo” y por bueno, “coco de agua”, pues, oriunda de las Islas Seychelles, los navegantes del Indico las vieron por vez primera flotando en el agua, arrastradas por las corrientes marinas, y las tomaron por plantas acuáticas. El ejemplar que nos mostró don Pedro tenía ambos glúteos burilados con mandarines, dragones, pagodas, templetes, ideogramas y filigranas por algún artista anónimo del Sudeste de Asia o del Mar de la China. La semilla más pequeña parecía la drupa del almez y venía en racimos. Antes de pasar al jardín, don Pedro descolgó una trompa de caza y ejecutó un vibrante toque de montería.

En el jardín estaba el grueso de la tropa, desde un delgado palmito centenario aguantado por un rodrigón hasta la doble hilera de Jubaea spectabilis, con sus gruesos troncos lisos a primera vista, pero rugosos de cicatrices por las que suben las ratas a comerse los coquitos. La doble alineación sugería la entrada a un templo egipcio; sin embargo, si cabe trazar un paralelismo entre la obra de la naturaleza y la obra del hombre, podría decirse que estas palmeras chilenas pertenecen al orden dórico. Aún subsisten las grandes albercas que alimentaban la centralita eléctrica y hoy sirven para riego de un jardín boscoso, donde el Japón está representado por el árbol de los escudos y la Argentina por un gigantesco ombú o bellasombra de enmarañadas raíces aéreas.
Después de presentar sus respetos a doña Esperanza, los excursionistas se trasladaron de Villamanrique al centro de visitantes del Acebuche, del Parque Nacional de Doñana, a una hora muy indicada para efectuar una colación con lo que cada cual traía en su morral o en su nevera portátil. Un vehículo todo terreno muy capaz, conducido por un natural de la aldea de El Rocío llamado Antonio, que resultó ser un guía competentísimo, los llevó por los tres biotopos de Doñana, a saber, dunas, marisma y matorral o bosque mediterráneo. Uno de los excursionistas, (como el que suscribe, excursionista consorte), don Jacobo Cortines, hombre de poca fe, se resistía a entender, no ya que la fe mueva montañas, sino que el viento mueva los trenes de dunas. En el tramo de playa, el viento que desplazaba el vehículo deshacía y levantaba grandes concentraciones de aves, desde la airosa garza real a los diminutos correlimos, pasando por toda la gama de gaviotas (sombrías, argentadas, picofinas), charranes, ostreros…, concentrados en la inmensidad de Arenas Gordas. Atravesados que fueron los corrales de pinos que las dunas dejan entre sí, se hizo una parada en el paisaje sahariano del Cerro de los Ansares y otra en el observatorio de Vetalengua, en la propia Vera, sobre el inmenso espejo de agua de la marisma al que pone el almajo un marco de amaranto. De un lado, en el lucio, garzas, somormujos, patos cuchara; en los pinares, la cabeza heráldica de un águila imperial, y en la vera, unos gamos en un prado verde y un jabalí entre las zarzas y los carrizos. El tramo siguiente fue a lo largo de la vera, con el agua azul entre los grandes fresnos y, ya en el bosque, el verde claro del enebro, el verde brillante de la camarina, el jaguarzo blanco, el brezo, la sabina, el lentisco y, en el bosque de galería, los pinos empavesados con las guirnaldas de la zarzaparrilla. Se pasó por el Cerro del Trigo, donde Schulten situaba la capital de Tartessos y los rocieros hacen parada y misa de campaña, dejando a un lado familias de gamos y familias de ciervos, para pasar frente al palacio victoriano de Las Marismillas y las chozas de los antiguos carboneros y bajar a la boca del Guadalquivir y volver por la bajamar de Arenas Gordas. En la raya rojiza del poniente se distinguían los tres pedazos en que se partió un barco chino al chocar contra la barra del río: el proverbial “barco del arroz”. No sé de cuándo data el naufragio, pero sospecho que el dicho “más perdido que el barco del arroz” es mucho más antiguo.
Las colonias de pájaros eran tan numerosas a la vuelta como a la ida, pero ahora, al caer la tarde, se aventuraban hasta la propia orilla algunos cerdos silvestres, negros e hirsutos. A la ida en cambio nos cruzamos con un cerdo doméstico, pero de dos patas: un sujeto de derechos humanos que ejercía su derecho constitucional a pasear por la playa con sus vergüenzas al aire.



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