Wednesday, September 07, 2016

Corpore insepulto



Véase La Nueva España 

Fue el marqués de Tamarón el primero en hablarme de José Ignacio Gracia Noriega cuando me mandó un comentario suyo sobre sendas novelas, una mía y otra del navarro Sánchez Ostiz en el que se congratulaba de que en ellas, cosa insólita en el género, "pasaran cosas". Hizo que me invitaran a hablar naturalmente de novelas en la "Tribuna Ciudadana" de Oviedo y pude así realizar mi sueño de visitar Asturias por vez primera. Fue él quien me presentó entre comilona y comilona y concluido el acto me hizo despedirme del hotel y, con su esposa Covi al volante, me llevó a su casona de indiano en Llanes, donde vivía y trabajaba, en un mirador desde donde se veía el puerto hasta que la fiebre edilicia se lo vedó, cosa que nunca perdonó al alcalde del pueblo, desde entonces ex amigo y ex correligionario, con un prólogo incluso de uno de ellos a un escrito de uno de los dos.   Gracias a él tuve el privilegio de conocer lo mejor de Asturias y de ser amigo de sus amigos, desde Ricardo Viejo hasta Gustavo Bueno, desaparecido a comienzos de este mismo verano. Corresponsal ejemplar, fiel a su máquina de escribir, no había carta ni postal ni telegrama que no contestara a vuelta de correo y cada una de sus cartas, que conservo por supuesto, era un festín tan suculento como los ágapes en su compañía. Desde que yo lo conocí, ya había hecho voto de no salir salir de Asturias y provincias limítrofes, aunque alguna vez hablara de emigrar a Méjico, donde tenía, como nieto de indianos, algunas propiedades. Una vez que yo sepa hizo una excepción y vino con Covi hasta Valladolid donde yo daba una conferencia. Sin Covi no iba desde luego a parte alguna, porque, enemigo de todos los chirimbolos del progreso técnico, desde el automovilismo hasta la informática, ella era la conductora del auto  y la titular del telefonillo. En la primavera del 88  pasábamos Sally y yo unos días en Galicia y nos citó a comer en Casa Consuelo. Nunca olvidaré aquellos percebes ni aquel rodaballo.  La última vez que nos vimos fue en Santander, cuando, en la Casa Museo de Menéndez Pelayo, presentamos el volumen que en su homenaje hicimos César Alonso de los Ríos, él y yo al cumplirse el primer centenario de la muerte de don Marcelino. La última que hablamos fue el pasado 31 de julio, día en que la Santa Madre Iglesia conmemora a san Ignacio de Loyola.

Véase Director de la N. E.

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