Idus de Marzo


Por designio de la Providencia, que es inescrutable, he pasado en Roma una semana, de miércoles a miércoles. El día que llegué, el 13, via Barcelona, estaba demasiado cansado para arrostrar la llovizna y el frío vespertino y me perdí la fumata blanca, pero el domingo 17 bajé del Janículo y Lungara adelante me planté en la plaza de San Pedro, donde aguanté a pie firme rodeado de argentinos cerca de hora y media hasta el primer Angelus de Su Santidad Francisco I. Un conocido mío que vive en Buenos Aires dice que lo que más le gusta de Italia es lo que en ella abundan los apellidos argentinos, y aunque sólo fuera por eso, y por la persona que a las doce se asomaba al balcón vaticano, debo decir que recibí la bendición Urbi et Orbi en olor de argentinidad.  Días después asistí a una rueda de prensa en la sede del Instituto Cervantes, que ahora está en plena Plaza Navona, en la que unos intervinientes ponían una nota de realismo frente a otros que confundían la realidad con el deseo. Y es que cuando alguien esgrimía  conceptos como el de  "revolución", que ya más que concepto es un lugar común, o como el más peligroso de "desacralización", otros recordaban que este nuevo pontífice coincidía con el pontífice dimisionario en que a la Iglesia había que "desmundanizarla" y que la pobreza que hay que socorrer no es tanto la material como la espiritual.  Yo, mero oyente, pensaba en eso que dice Nicolás Gómez Dávila de que lo que el Evangelio trata de remediar no es la situación económica del pobre sino la condición moral del rico.  También me acordé de Alejandro Llano cuando dice que los cuatro jinetes del Apocalipsis en nuestra época son el pacifismo, el feminismo, el ecologismo y el nacionalismo.  Dicho esto, paso la palabra a un argentino, a mi querido amigo el filósofo Alberto Buela, de quien extracto un comentario que encuentro a mi regreso de la Ciudad Eterna:

En cuanto a su perfil cultural es un jesuita formado en la época de plena ebullición del Concilio Vaticano II. Esto es, cuando comienza la decadencia de la orden. No recibe casi formación teológica sino mas bien sociológica de acuerdo con las pautas de la orden en ese momento. Así, el sacerdote no tenía que “hacer lo sagrado” sino “militar y activar políticamente”. Los jesuitas se transformaron en sociólogos más que curas. De ahí que la orden se vació en tan solo una década. Cuando el Padre Bergoglio fue provincial de la orden (1973/79) entregó el manejo de la Universidad jesuita del Salvador a los protestantes (Pablo Franco, Oclander et alii). Mientras él se dedicaba a asesorar espiritual y políticamente a la agrupación Guardia de Hierro, que vendría a ser una especie de sucursal argentina del Movimiento Comunione e Liberazione. Una agrupación político religiosa bicéfala, que era liberacionista en Argentina y conservadora en Italia.


Su elección como Pater inter pares, cuyo acróstico forma el término Papa, trajo tranquilidad a la curia vaticana porque Francisco es hijo de italianos por parte de madre y padre y es nacido y criado en Buenos Aires, esa mega ciudad que hiciera exclamar al medievalista Franco Cardini: la più grande città italiana del mondo. Es decir, estamos hablando de un “primo hermano, hermano” de los italianos. Al mismo tiempo, su vinculación simpatética (con el mismo pathos) con la comunidad judía argentina, la más numerosa después de la de Israel, le asegura al Vaticano que no habrá ningún sobresalto, “raigalmente católico,” por parte de Francisco. Hoy en Buenos Aires todos los rabinos y judíos sin excepción festejan su designación como Papa. Salvo el caso del periodista Horacio Verbitsky, difamador profesional y administrador de “los derechos humanos selectivos” del gobierno de Kirchner.

Como Arzobispo de Buenos Aires y como cardenal primado ha mostrado siempre una predilección por los pobres en la línea de Juan Pablo II y Ratzinger. Al mismo tiempo que comparte con ellos una cierta ortodoxia.



Y desde este lugar se opuso siempre al gobierno neoliberal de Menem y al socialdemócrata de los Kirchner. Con estos últimos su enfrentamiento ha sido y es muy fuerte, no tanto por razones ideológicas, no olvidemos que los dos se dicen progresistas, sino que se trata de dos personalidades (una profana y otra religiosa) que creen ser los auténticos intérpretes del pueblo.



¿Qué nos está permitido esperar? Que Francisco I siga la senda marcada por el Vaticano II, por Juan Pablo II y por Benedicto XVI sin mayores sobresaltos. La centralidad de la Iglesia seguirá siendo Roma pero su hija predilecta dejará de ser Europa para ser Iberoamérica, donde vive la mayor masa de católicos del mundo.



Hoy desde todos los centros de poder mundano, y los “analfabetos locuaces”(los periodistas) como sus agentes, piden que la Iglesia cambie en todo para terminar transformándose en una “religión política” más, como lo son el liberalismo, la socialdemocracia, el marxismo y los nacionalismos. Y lo lamentable es que el mundo católico acepta esto como una necesidad ineluctable. Olvidando que el cristianismo es, antes que nada, un saber de salvación y no un saber social.



¿Y lo sagrado, la sacralidad de la Iglesia, la actio sacra, la sed de sacralidad del pueblo, el retiro de Dios, el crepúsculo de la trascendencia?



¡Ah, no!, eso es pedirle demasiado a un Papa argentino.



Comments

Alfaraz said…
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Alfaraz said…
No descartartemos del todo la "revolución" adveniente, hay destacadas voces que apuntan en ese sentido:

http://www.minutouno.com/notas/281408-hablo-la-podologa-del-papa-va-cambiar-totalmente-la-iglesia






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AMDG said…
Don Aquilino:

Copiado:

http://tradiciondigital.es/2013/03/23/idus-de-marzo/

Un abrazo