Sunday, May 06, 2012

En Bohemia con Ligne y Casanova

Hay personas que dan más importancia al placer que a la felicidad y otras que no saben distinguir la felicidad del placer; al fin y al cabo da lo mismo y, a la hora de enfrentarse con la verdad y tenerlo que hacer ante un folio en blanco, viene a ser como matar el tiempo haciendo solitarios, que los franceses llaman jeux de patience, en los que ya no cabe hacer trampa. Ya en el prefacio de la Historia de mi vida, Jacobo Jerónimo Casanova reconoce la facilidad con la que pongo en el papel mis razonamientos sin tener necesidad de paradojas ni de retorcer sofismas sobre sofismas hechos más para engañarme a mí mismo antes que a mis lectores, a los que no le gustaría colarles una moneda falsa a sabiendas. Casanova sabía mucho de juegos de azar y de lances amorosos, y no puede decirse que saliera bien parado de los enredos en que no tenía más remedio que meterse. De los italianos solía decir Longanesi que eran buoni a nulla ma capaci di tutto y alguna vez me he preguntado, tal vez ociosamente, si el dicho no era aplicable a Casanova. Prueba de ello es que en el ocaso de su vida fue capaz de escribir unas memorias que, a la vez que nos pintan el gran fresco de la segunda mitad del XVIII, no hubieran sido posibles sin el encadenamiento de amoríos, viajes, inventos, mixtificaciones, duelos, estafas, cuentas con la justicia, trampas, imposturas, seducciones y embelecos en que esa vida consistió. Los resortes de que disponía, que eran sobre todo el físico y la labia, una cultura más vasta que profunda y un acreditado don de la conversación, le abrieron puertas de difícil acceso para el común de los mortales, desde las del torno de una clausura a las de las grandes Cortes europeas. La gran virtud de Casanova, y lo que lo hace simpático, es que llevado por su temperamento a buscar el placer y satisfacerlo plenamente, procuró siempre que las pasiones que sintió y que encendió no destruyeran la felicidad de las mujeres que las compartieron. Dice Robert Abirached que Casanova es en ese sentido el anti Don Juan, pero también dice que es con Napoleón el único hombre de su siglo que logró en vida metamorfosearse en símbolo. La época abunda en personajes simbólicos que son entes de ficción, desde Fausto a Fígaro pasando por Julián Sorel o Rastignac o Carmen o Werther o Emma Bovary, pero la vida de Casanova era ya un libro abierto antes de que la pusiera por escrito, y hoy miramos con envidia a los testigos, muchos de ellos ilustres, de su vida y milagros, de sus arbitrios y sus amoríos, de sus proezas y sus fechorías. Hijo de la farándula como era, no tuvo más remedio que tomar a Europa por escenario y en él hacer toda suerte de números, esos números de los que tanto se reía él mismo cuando en la biblioteca de Dux los pasaba al papel.
 Yo me asomé por vez primera a las Memorias de Casanova en la biblioteca de un colegio en la Universidad de Cambridge, y como eso fue en 1955, nada de particular tendría que se tratara de la versión del profesor de Dresde Jean Laforgue, traducción, como con el tiempo se vería, algo manipulada, de la adaptación alemana de Wilhelm von Schütz, publicada unos años antes, entre 1822 y 1828 en Leipzig por Friedrich Arnold Brockhaus. Como se sabe, Brockhaus le compró en 1820 el manuscrito original de Histoire de ma vie a un sobrino de Casanova llamado Carlo Angiolini. Casanova, que siempre vivió a lo grande, o lo intentó por lo menos, manejaba el dinero con gran desenvoltura y nunca distinguía bien lo propio de lo ajeno, e incluso cuando ya estaba en Dux de bibliotecario del conde Waldstein, se lanzó a aventuras financieras, una de las cuales fue la edición por su cuenta de su novela Icosaméron, que fue un fracaso. El conde acudió al quite, como tenía por costumbre, pero al parecer esta vez le hizo firmar un documento por el que Casanova legaba al conde sus manuscritos inéditos. Lo más importante de esos manuscritos eran las Memorias, y por eso no se entiende muy bien como fueron a parar a manos de la familia de Casanova. Cabe pensar que el conde fuera con la familia tan generoso como había sido con su amigo y bibliotecario.
 El conde Waldstein era sobrino del príncipe de Ligne, otro gran amigo de Casanova en sus últimos años y uno de los destinatarios de algunos capítulos que el memorialista, según los terminaba, solía copiar y enviar a algunos de sus numerosos corresponsales. A Charles-Joseph de Ligne lo llama Paul Morand “un efímero de ochenta años, años que se cuentan por siglos y van de Luis XV a la Restauración.” Ligne conoció a Casanova en Dux en el verano de 1794, cuando él tomaba las aguas en Teplitz y desde entonces no dejó pasar un verano sin reunirse con él en Dux para hablar de todo lo divino y lo humano. Ligne se cartea con Casanova y es, como se ha dicho, uno de los primeros lectores de la Histoire de ma vie. Ambos, en cierto modo y con estilo diverso, habían llevado existencias paralelas antes de conocerse y prácticamente habían estado en los mismos lugares y tratado a los mismos personajes sin coincidir nunca. De ahí el interés de los escritos de Ligne sobre Casanova y de los retratos que hace de él en cartas, semblanzas y evocaciones. Nunca somos como nos creemos que somos, sobre todo si nos fiamos de la idea que de nuestro aspecto nos da un espejo. Todo espejo es engañoso, pues trastoca izquierda y derecha. Ligne tuvo en gran estima a Casanova como memorialista y como conversador, pero cuando lo retrata, como por lo demás hacía con todos sus contemporáneos, no lo hace al pastel, sino al aguafuerte. Esos aguafuertes de Ligne eran tan implacables, los claroscuros eran tan acusados, que al personaje retratado no tenía más remedio a veces que encasquetarle un seudónimo. A José II le llama Achmet; al conde de Provenza (luego Luis XVIII) Cleofás; a sí mismo Agapón y Menipo; a Casanova, Aventuros. Yo creo que la etopeya perfecta de Casanova se tiene sacando la media proporcional entre lo que él cuenta de sí mismo en sus Memorias y cómo lo ve y lo cuenta Ligne en su aguafuerte y en el relato de su vida en el palacio de Dux. De no ser por Ligne, nada sabríamos de las desventuras del ilustre bibliotecario, alguna de ellas, como la de la hija del jardinero, digna de un libreto de su amigo Lorenzo Da Ponte.
 Otra cosa son las cartas, y en una de ellas, fechada en Viena un 21 de marzo de 179…, le escribe lo siguiente Ligne a Casanova: ¡Con qué placer voy a concluir este verano mi entrañable lectura de su [manuscrito]! Hágalo imprimir todo, hágame caso, detalladamente, año por año. Envuelva en gasa sus placeres, si lo prefiere; pero no eche sobre ellos un velo. Esa cena de los curitas bonitos de Roma no es más fuerte que la de Trimalción. Sea alguna vez Petronio, usted que es a la vez Horacio, Montesquieu y Juan Jacobo. La carta sigue con unas comparaciones entre su amigo Jacobo y el Juan Jacobo ginebrino en las que éste no sale demasiado bien parado y se lleva todo el vitriolo del que Ligne nunca se priva cuando escribe.
 En los años en que me movía por Europa casi tanto como Casanova o Ligne, no era fácil viajar por su mitad oriental. Ya ir a una capital era una proeza, pero recorrer el Hinterland estaba fuera del alcance de cualquiera. El castillo de Dux era uno de esos lugares que atraían por su inaccesibilidad y que la imaginación tenía congelado en un pasado literario. Por fin, un domingo de abril que volvíamos de Dresde, nos lanzamos en su busca. No fue fácil, y hasta el “magallanes”, esa brújula mágica del moderno automovilista, parecía empeñado en extraviarnos. Yo comprendo muy bien que Casanova, “ciudadano del mundo”, echara de menos las grandes capitales europeas y se sintiera sepultado en vida en un pueblecito barroco rodeado de prados verdes, colinas amarillas de colza, arroyos bordeados de chopos, estanques bordeados de sauces, de cerezos en flor contra las jorobas azules de los Montes Metálicos. El castillo, si es que alguna vez lo fue, no lo parece, es un palacio rural que recuerda algo al que Montpensier construyó en Villamanrique. Una verja con esculturas mitológicas cierra el patio a uno de cuyos lados se alza la iglesia con sus dos torres barrocas que hace frente a la plaza en cuyo centro se alza, barroca también, la columna de la Peste. Al fondo del patio empedrado, la puerta cochera de arco rebajado entre dos delgadas columnas y dos farolas en anchas y altas pilastras, se abre al apeadero, y deja ver una terraza sobre el jardín despejado y con estanque en la trasera al que se baja por una doble escalinata. Sobre el portal encristalado, un gran balcón de filigrana con altas puertas de cristal y visillos en pabellón en cuyo medio punto aún están las armas de los Waldstein. Y sobre él, otro balcón más pequeño de torneados barrotes de mármol y otro medio punto de cristal y frontis triangular, y una profusión de ventanales enmarcados en blanco que destacan entre los entrepaños de un ocre amarillento, y chimeneas blancas sobre tejados rojos. Aunque la mansión, Renacimiento primero, barroca después, fue retocada en el siglo XIX con criterios neoclásicos en la fábrica y románticos en el jardín, su traza general no es probable que fuera muy distinta en los años en que albergó a Casanova. El interior está amueblado y decorado con gran propiedad museística, con bellos grabados en los pasillos, colecciones de armas, óleos de antepasados, aunque lo único que puede pasar por auténtico es un programa de mano del estreno en Praga de Don Giovanni o il dissoluto punito y el sillón en el que Casanova exhaló el último suspiro diciendo que si había vivido como filósofo, moría como cristiano.
Llegar al palacio de Dux es como llegar al castillo de la Bella Durmiente; hay que abrirse paso no sólo por el laberinto de carreteras comarcales y caminos vecinales de Bohemia, sino que encima de todos los obstáculos, está el del idioma, un obstáculo que ni siquiera en el interior del palacio deja de plantearse. Quien dice idioma dice moneda nacional. Comprar una postal o averiguar el precio de un cristal de Bohemia ya era una transacción laboriosa. Más o menos por señas se nos dio a entender que a tal hora había una visita guiada. Llegada la hora y formado un grupo de visitantes, apareció una señorita que debía de explicar muy bien la historia y el anecdotario de la casa. Al preguntarle yo si no sabía alemán, o inglés, o francés, o italiano, o español, me dio a entender que sólo hablaba checo. Por fortuna, había un argentino residente en el país al que hizo callar de malos modos una señora cuando sotto voce cambiaba unas palabras con nosotros. Yo le dije que nunca había tenido dificultades con el alemán en el país, en el que estuve por vez primera nada menos que en 1963, claro que las veces anteriores no salí nunca de Praga, y él me dijo que la resistencia al alemán tal vez se debía a reacción contra los vecinos Sudetes. A los holandeses siempre les pasó algo parecido, pero por lo menos responden en inglés.
En tiempos de Casanova Bohemia era parte del Imperio austriaco en el que el alemán era la lengua dominante. La última estación de su vida antes de rendir viaje en Dux había sido Viena, de lo que cabe deducir que el alemán por lo menos lo entendía, aunque la lengua que más practicara en los ambientes que frecuentaba fuera el francés. De ahí que su obra escrita lo esté en esa lengua, y que en ella se desarrollaran sus chispeantes diálogos con otro cosmopolita políglota como  Carlos José de Ligne, Charlot le Metéore. El resto de la visita a Dux lo pasé en compañía del recuerdo de ambos, imaginando las ocurrencias y las ingeniosidades que ambos podrían decir, por ejemplo sobre el nacionalismo, esa peste de nuestro tiempo.

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4 Comments:

Blogger belmontito said...

Gran fresco acerca de Casanova don Aquilino, mas cercano al que Nestor Lujan refleja en su novela "Casanova o la incapacidad de perversión" o al biografiado por Stefan Zweig que al de la película de Fellini, del cual reniega Luján en su prólogo: por ser mas cercano este a un hijo de la mitad del siglo XX, complicado, débil y decadente, que a un hombre saludable, sano, en sus aspectos, corporales y espirituales, y que le gusta la vida del XVIII.

Un saludo

2:36 PM  
Blogger Manuel Carmona Rodríguez said...

Cómo imaginarías un diálogo entre Casanova y Don Juan, haciendo de interlocutor Hernando Colón en la Bodega El Rinconcillo.

Buena semana D. Aquilino,

Rick´s

3:56 PM  
Blogger Aquilino Duque said...

La película de Fellini era detestable.

11:24 PM  
Blogger Jose Hurtado said...

Sr. Aquilino le felicito por su artículo. Creo que capta perfectamente el ambiente que Casanova se vio obligado a sufrir durante sus últimos trece años. Y también comparto íntegramente su valoración de la visita "turística" al "Castillo". Algún día reflejaré la mía aunque, obviamente, con peor estilo
Fellini tenía una animadversión personal por la figura de Casanova, a la que desconocía totalmente y desperdició un año de su vida para rodar un verdadero bodrio que sólo ha sido bienvalorado por cuatro incondicionales de su carrera.
Un saludo
Jose Hurtado

4:53 AM  

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