Thursday, January 13, 2011

Chivos expiatorios

(Ayuntamiento y Plaza de la Libertad)

Chivos expiatorios

El chivo expiatorio, por no decir el malo de la película, del melodrama de costumbres de Arroyo de San Serván resulta ser el guardia municipal que encontró a la presunta víctima y la sustrajo a quienes presuntamente la tenían secuestrada. En esta fantasmagoría de presunciones en que consiste el actual derecho penal, creo tener derecho a aplicar a mi manera ese adjetivo y ese adverbio, así como a presumir que la precipitada imputación del municipal por una cuestión de forma obedezca a una cuestión de fondo. Y es que el fondo de la cuestión es aquí que el presunto culpable lo que hizo en realidad fue allanar el domicilio de unos inmigrantes de etnia romaní y atentar a la libertad sexual de una menor y de los adultos con los que tenía comercio. Cuando hace años echaban a andar las libertades que el pueblo se ha dado a sí mismo y estalló el caso Arnie, un oráculo de la nueva era declaró que “un señor que ejerce sus derechos sexuales con un menor corrupto no está corrompiendo a ningún menor”. Poco tardaría en tomar cuerpo legal la nueva mentalidad y ya la ética de la modernidad, por llamarla de algún modo, cuenta con una nutrida jurisprudencia. No hace tanto que un locutor televisivo hubo de pedir excusas por haber definido con crudo realismo a una señora catalana que proponía desde un cargo de autoridad la iniciación sexual en la escuela y justamente en Extremadura se distribuyó no hace tanto por cuenta de la Junta un manual de masturbación. Llamarse a escándalo por lo ocurrido en Arroyo de San Serván es algo que raya en la ingenuidad por no decir en la hipocresía. Si se analiza la conducta de la presunta víctima se comprueba que se merece matrícula de honor en esa nueva asignatura que se llama Educación para la Ciudadanía. Mucho me temo que el juez instructor, si es que no se da carpetazo al asunto, va a tener que tentarse la toga por más de un concepto, entre otros el de la xenofobia.

La xenofobia de rigor se difumina bastante cuando choca con la delicada sensibilidad del feminismo ambiente. No deja de ser curioso el contraste entre el rasgamiento de vestiduras ante las moras que se tapan el rostro y la indiferencia o la tolerancia ante los separatistas que se lo cubren para reivindicar su presunto derecho a implantar por parcelas el socialismo y la democracia. La Justicia ha de tener, en este peculiar “Estado de Derecho” que yo me obstino en llamar “Estado de derechos”, todo un arsenal de pesas y medidas que no se reducen a las diecisiete autonomías, sino que han de adaptarse a las innumerables minorías que continuamente incrementan el catálogo de especies protegidas. Esta protección es tanto más generosa cuanto mayor es la violencia con que la exigen sus beneficiarios.

En otros tiempos, la violencia era monopolio del Estado, pero ahora está, cuando no “transferida”, privatizada, de suerte que a la hora de castigar una fechoría, la presunción de culpabilidad recae sobre los agentes de los otrora llamados “cuerpos represivos” del “Estado residual”, trátese de los guardias civiles acusados de “torturar” a los separatistas que volaron la T4 y mataron a dos ecuatorianos o del pobre municipal que “rescató” a la menor emancipada que explotaban unos inmigrantes rumanos.

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