Wednesday, March 31, 2010

Epistolario

Carta fechada en Nairobi, con membrete del New Stanley Hotel, el 12 de mayo de 1976

Excmo. Sr.
D. Manuel Fraga Iribarne
Madrid

Mi distinguido amigo:

Quiero ante todo darle las gracias por el libro que tuvo Vd. la amabilidad de enviarme y que en su mayor parte ya conocía y había leído con interés y esperanza.
De todos modos, ahora le escribo porque, con el retraso explicable por los parajes en que me hallo, ha caído en mis manos el primer número de El País en el que al parecer tiene Vd. arte y parte. No voy a opinar sobre su línea política, pues en este punto Vdes. los políticos y nosotros los intelectuales, o algunos por lo menos, vamos, o deberíamos ir, por caminos distintos, a saber, Vdes. por el de la realidad y nosotros por el de la verdad.
Por eso, sin salirme de este camino, quisiera hacerle una observación respecto a un comentario que he visto sobre mi paisano, colega y, hasta poco, amigo, don Rafael Alberti en el que tanto la verdad como la realidad quedan bastante mal paradas.
Para mí, el mayor defecto de la era de Franco ha sido - qué fácil es decirlo ahora - el no haber compuesto todo lo que en España quedó roto con la República y en la guerra civil. De ahí que cuando, en el umbral de un tiempo nuevo, haya empezado a oírse la palabra "ruptura", mi amargura no haya tenido límites. De todos modos, deseoso de conocer bien la trastienda de la palabreja, asistí hace un par de meses en Roma a una rueda de prensa de los señores "rompedores". En efecto se habló mucho de pacto, de convivencia, de reconciliación y de amnistía y al concluir el acto me acerqué a saludar al caballero arriba mencionado a quien no veía desde hacía meses el cual, por todo saludo, me dice:
- ¿Tú qué haces aquí? Tú aquí no tenías por qué haber venido.
- Hombre - le contesté - he venido porque hay que conocer lo que opina el adversario.
- Ah, bueno, si es así... Pero mi dispiace, mi dispiace.
Y me volvió la espalda olímpicamente.
Ahora, que un periódico como El País nos diga que España sigue rota porque este sujeto está donde le gusta estar, es algo fuerte. Yo no estoy en el secreto del sumario, pero me parece que este caballero ha dicho o dado a entender que él se fue derrotado y si vuelve ha de ser victorioso. Por mí ojalá volviera como un Madariaga cualquiera, pero como vuelva en el tren de la victoria de la lucha de clases, entonces sí que España va a estar rota de verdad. La anécdota que he transcrito indica la aplicación que hace de esas palabras altisonantes que son diálogo, convivencia, libertad, etc, etc. un gato que El País nos quiere dar por liebre.
Todo esto pudiera ser materia de un artículo para el propio País. Ya lo sé. Y Vd. sabe también que hay ciertas verdades que la actual realidad periodística no puede permitirse el lujo de difundir. Yo no sé si esto para la política es bueno o malo; para la cultura siempre ha sido, es y será funesto.
Ya no lo canso más. Le desea suerte, vista y pulso firme su affmo.

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Monday, March 29, 2010

Las verdades del porquero

Saturday, March 27, 2010

Filosofías cruzadas

La CULTURA es una forma de pensar que condiciona una manera de vivir. CIVILIZACION, en cambio, es un modo de vivir que también llega a condicionar una manera de pensar.


Manuel García Morente
Vean y oigan

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Thursday, March 25, 2010

Dos libros de espionaje


Yo tengo por Graham Greene una debilidad atemperada por toda clase de reservas, y lo que más me gusta de él es que raras veces tienen sus amenas novelas un final feliz. Para empezar, sus protagonistas son antihéroes y lo último que los lectores de antaño – entre los que me cuento – toleraban era que el antihéroe se saliera con la suya. Hace años se lo trataba de explicar a un colega británico que lo que me gustaba de Greene eran sus tramas, pero no sus personajes, que eran seedy slobs, o sea algo así como golfos pasados de fecha. Tal vez la novela de Greene que prefiero sea una que él graduaba de entertainment, de mero pasatiempo, que es The confidential agent. Esta novela versa sobre una intriga entre agentes secretos de dos bandos de una guerra civil en un país de la Europa meridional. El agente “gubernamental”, según la terminología de la época en el país verde y con asas, trata de impedir que el carbón de Gales vaya al bando “faccioso” y fracasa en una escena sublime en que trata en vano de conmover a los mineros con un discurso de solidaridad obrera. Esta novela se llevó al cine con acierto y no sé si con éxito, pues no creo que se proyectara en España; el antihéroe lo encarnaba Charles Boyer, y el género contaba ya con un magnífico precedente: Casablanca, donde el seedy slob era aun más convincente: Humphrey Bogart.

Graham Greene, personaje enigmático, hizo la guerra en los servicios secretos, en los que tuvo dos colegas y amigos, que fueron Kim Philby y Tom Burns. A Kim Philby llegó a prologarle el libro que éste escribió, ya a salvo en el paraíso soviético: My silent war, y con Burns tuvo en común lo mismo que con los amigos de ambos, Roy Campbell y Evelyn Waugh: la adhesión al catolicismo. La postura de estos tres no tuvo nada de ambigua, pues en la guerra de España tomaron partido por la España nacional y en la mundial se atuvieron a la consigna de Nelson en Trafalgar, es decir, hicieron lo que Inglaterra esperaba de ellos: cumplir con su deber.
A Tom Burns, casado con Mabel Marañón, hija de don Gregorio, le salieron dos hijos periodistas, uno de los cuales, Tom, vive en España y otro, Jimmy, en Inglaterra. Gracias a Jimmy lo sabemos todo sobre Tom Sr., pues nos lo cuenta en un grueso volumen que supera con mucho en interés a la mayoría de las novelas de espionaje. El libro se titula Papa Spy, y lo ha puesto en castellano con el título de Papá espía
[1]una señora o señorita que debe de conocer mejor el mundo inglés que el español; de lo contrario no incurriría en pifias como la de decir que cada español seguía con su transistor las victorias alemanas, y otras que ahora no recuerdo, pero que son de las que no pasamos por alto los que vivimos aquellos tiempos y además nos hemos ganado la vida traduciendo en organismos internacionales. Otro fallo es el de haberse fiado el autor de fuentes historiográficas contaminadas, de suerte que se nos dice por ejemplo que las tropas que participaron en el desfile de la Victoria marcharon a lo largo de veinticuatro kilómetros y al paso de la oca. El padre de esa historiografía tan imaginativa es don Raimundo Carr, que llegó a proclamar que la novelística era una de sus fuentes más fidedignas, sobre todo la de Delibes y Umbral. Estos insignes vallisoletanos, que aún vivían, no perdieron el tiempo en desmarcarse prudentemente. Carr se libró de ir al frente y su pasatiempo preferido en las fiestas de Oxford era ponerse a cuatro patas y a ladrar a la vez que intentaba morderles los tobillos a las señoritas presentes, una de las cuales, la que me lo contó, le arreó una patada que lo mandó al dentista.
Hechas estas salvedades, hay que insistir en que el libro es sumamente valioso por la información que contiene y porque, por muchas complacencias que el autor quiera tener con la corrección política, nunca le pierde el respeto a su progenitor ni tergiversa su pensamiento. Precisamente en casa de la dama que, de jovencita en Oxford, por poco deja sin dientes a Carr, cené en Londres creo que por última vez con uno de los antagonistas de Tom Burns: Rafael Martínez Nadal, que estuvo poniendo como chupas de dómine a Churchill y a Sir Samuel, por no haber tenido debidamente en cuenta sus soflamas antifranquistas desde la BBC. En su encuentro con su amigo Burns, (a quien le regaló por cierto un ejemplar de la primera edición, recién salida en América, de Poeta en Nueva York), en uno de los viajes que Tom hubo de hacer a Londres, el desencuentro político fue profundo, pues a juicio de Nadal la embajada en Madrid debería por lo menos dedicar al derrocamiento de Franco tantas energías o más como dedicaba a la derrota de Hitler. Nadal no estaba solo, y detrás de él, o muy por encima y en la sombra, había personajes como Kim Philby, Tomas Harris y Anthony Blunt que participaban en la misma opinión y, sobre todo los dos primeros, no escatimaron intrigas para dejar a Burns fuera de combate. Por fortuna no lo lograron y, gracias a él puede decirse que la misión de Sir Samuel alcanzó sus objetivos. Hoare era al ser nombrado embajador en Madrid lo que de Gaulle llamaría a Mendès-France: un politicien au rencart; que cabría traducir por “un politicastro de desecho”, con fama además de pastelero, ganada a pulso en la cuestión abisinia. Su actitud hacia España y los españoles la compara Jimmy Burns a la de Wellington a raíz de la Peninsular war. En esa actitud de superioridad despectiva – del que “desprecia cuanto ignora” que diría Machado - participaba por cierto Richard Ford, que prefería con mucho el paisaje de España a su paisanaje. Burns era todo lo contrario, pues para empezar había nacido en Chile y no sólo era católico por parte de madre, sino bilingüe además, y además contrajo matrimonio con la hija de un desengañado de la República que contribuyó a traer y que se había ilustrado como elocuente propagandista del Alzamiento en Francia y en Hispanoamérica
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Apenas evadido de la zona roja, el doctor Marañón, acompañado de su hija Mabel, cruzó el Atlántico a bordo del trasatlántico alemán Cap Arcona con la misión de ilustrar a los países de la América española sobre la tragedia que desgarraba a España, a la vez que procuraba la reconciliación de sus amigos intelectuales en el exilio. No es muy arriesgado suponer que lo más sustancial de sus conferencias se condensaría en su célebre escrito Liberalismo y comunismo, que provocaría más de una airada réplica, como la de María Zambrano, por aquellas fechas en Chile. Muchos años después, yo me atrevería a calificar de “áspera” esa réplica a Marañón en una semblanza que hice de María, a quien no gustó por supuesto el calificativo. También muchos años después, me llevé una sorpresa con Nadal cuando le mandé una novela sobre la revolución cubana y él me reprochó mi “anticomunismo” con un tono parecido al que Sir Peter Chambers Mitchell (a) Sopitas empleó para reprocharle a Koestler El cero y el infinito.


No tengo más remedio, por asociación de lecturas, que hacer referencia a un folletín reciente sobre la misma época y parecidas actividades, que es El tiempo entre costuras[2], de lectura obligada para las señoras que una vez por semana se reúnen a jugar al bridge.
La narradora es una modistilla madrileña a la que sus malos pasos libran de los malos ratos que en aquellos años afligieron a muchos compatriotas, pues sale de Madrid a tiempo para que el Alzamiento la sorprenda en el Protectorado marroquí, donde se hace modista de postín para acabar de espía de lujo. Obra escrita con una impecable corrección política y muy bien documentada, es un magnífico guión cinematográfico en la que lo absurdo de más de una situación o de un episodio no menoscaba el ritmo narrativo. Lo de la costura es en este caso, además de un ardid para cifrar mensajes, una técnica narrativa, pues los muchos cabos sueltos que va dejando la autora, los ata cuando menos se lo espera uno y de manera sorprendente y, sobre todo, verosímil. Yo, que no soy señora ni juego al bridge, tampoco la he podido dejar. Además, aunque no haya pretensiones literarias, pocas veces me han parecido tan convincentes descripciones como las del Madrid y del Tánger y del Tetuán de la época.
Ambos libros, tan distintos entre sí, son pro-británicos, y aun siendo a todos los efectos relatos de espionaje, la novela se limita al antagonismo entre ingleses y alemanes, o anglófilos y germanófilos, mientras que la biografía desdobla uno de los bandos en hispanófilos y rusófilos. La moraleja común es que los Aliados ganaron la guerra mundial y Franco la guerra española y, lo que fue si cabe más difícil, la postguerra. Si hay que cifrar en dos hitos aquella epopeya, uno sería la liberación del Alcázar de Toledo y otro la gran concentración contra las flamantes Naciones Unidas en la Plaza de Oriente, a la que por cierto asistió en lugar destacado el suegro de Tom Burns.


[1] PAPA ESPIA. Jimmy Burns Marañón. Debate. Barcelona, febrero 2010
[2] EL TIEMPO ENTRE COSTURAS. María Dueñas. Temas de hoy. Madrid 2009

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Wednesday, March 24, 2010

Greguería de Belén Núñez




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Monday, March 22, 2010

La vara y el pañuelo


(Pedro Serna. El paseíllo. Ronda.)


Cada vez que veo echar un toro al corral y salen al ruedo los cabestros no puedo evitar representarme el “Estado de las Autonomías”. Pocas cosas importantes acaecen en la vida española de las que la fiesta nacional no sea una metáfora. Cuando hacer el amor a una dama significaba, en España y en Francia por lo menos, cortejarla o procurar su conquista, era inevitable el paralelo con los diversos tercios de la lidia, imprescindibles para llegar a la suerte suprema, a la hora de la verdad, es decir, a la de hacer el amor a la inglesa, cambiando el acusativo por el instrumental. En otro orden de cosas, lo que el Parlamento es a medias, lo es por entero la plaza de toros, en la que no sólo los padres de la patria, sino los ciudadanos tienen voz y voto. En el palco presidencial hay un señor rodeado de consejeros que ordena y manda con un pañuelo en la mano. En la España democrática saltaron al ruedo uno o dos toros ilidiables y no hubo más remedio que hacer salir los cabestros, que una vez en el ruedo, se negaron a abandonarlo e hicieron causa común con los ilidiables por mucho que el presidente de la corrida agitara su pañuelo. Estos bueyes parlamentarios, a diferencia de los de la plaza de las Ventas, no saben o no pueden hacer su oficio, pero en estos casos, en otras plazas al menos, sale un mayoral con una vara para echarles una mano y mandarlos a los corrales junto con las reses dadas por imposibles por el pueblo soberano y por el señor del pañuelo.

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Sunday, March 21, 2010

Muñoz Rojas en Sevilla


Las rosas como son
“Yo no soy un hombre esquivo. Soy difícil”, decía Joaquín Romero Murube si nos quejábamos de no encontrarlo a veces cuando íbamos a buscarlo al Alcázar. Ni una cosa ni otra parecía ser José Antonio Muñoz Rojas y, sin embargo, no hay adjetivos que mejor cuadrasen a su personaje literario que los de esquivo y difícil. No es explicable si no la marginación que su persona y su obra experimentaron en sus años de plenitud, años de triunfo y dominio de sus mejores amigos y coetáneos. Uno de ellos, Dámaso Alonso, se lamentaba de que a su obra le faltasen al menos un par de títulos para justificar su candidatura a la Real Academia Española. Es decir, a Muñoz Rojas se le quiso hacer académico, no por su peso en la vida social y económica de Madrid, sino por sus méritos puramente literarios, única motivación que él en última instancia hubiera aceptado. Esos escrúpulos, insólitos en nuestros medios culturales y sociales, no tenían otra explicación que esa idiosincrasia difícil y esquiva de que antes hablé. Quiero puntualizar que al hablar de marginación he dicho que la experimentó, no que la sufrió. José Antonio Muñoz Rojas puso su idea de la vida y de la felicidad en algo más alto y más íntimo que la vanagloria literaria, y por eso ésta le preocupó bien poco. Pero el que la vanagloria y el figurar le importaran poco y el que rehuyera las candilejas y los púlpitos, no significa que renunciara a la afición por la literatura, una afición a la que sin prisa y sin pausa dedicó las horas más puras de su vida.
A mí, personalmente, me cuesta mucho trabajo deslindar en Muñoz Rojas la poesía de la amistad, máxime cuando a esa amistad tuve acceso gracias a la poesía. ¿Qué otras credenciales que no sean las poéticas puede presentar un muchacho de 20 años a un señor de 40? Muchos años han transcurrido desde entonces; muchos años en los que Muñoz Rojas no hacía más que resistirse a salir al escenario a saludar al público que le ovacionaba. Este público cada vez fue más numeroso y más joven, y fue tal su insistencia que él no tuvo más remedio que salir de los bastidores entre los que transcurrió su vida literaria. Esa salida consistió en la publicación por el Excmo. Ayuntamiento de Málaga de toda su poesía comprendida entre los años de 1929 y 1980, publicación hecha posible por la devoción de los incontables poetas jóvenes que a lo largo de esos cincuenta años venían presentándole sus cartas credenciales. Algunos de esos poetas no resistieron a la tentación de la crítica y el análisis y estudiaron su poesía desde ángulos muy diversos, tarea ingente a la que dedicaron muchas y muy remuneradoras horas de estudio. Entre los muchos méritos de esos trabajos está el de haber restituido a la poesía de Muñoz Rojas la importancia central que él nunca quiso darle. El esquivo y difícil Muñoz Rojas se salió con la suya mientras su obra anduvo dispersa en ediciones agotadas y revistas antiguas, por más que esas revistas se llamaran Cruz y raya, Vértice, Escorial, etc., pero al aparecer toda junta bajo la enseña aleixandrina de Ciudad del Paraíso, me figuro que se tendría que rendir a la evidencia y reconocer que su poesía hacía más bella figura de lo que él pudo pensar.
No voy a decir que sus amigos y coetáneos no estimaran su poesía como la han llegado a estimar gentes de promociones posteriores que han sido sus lectores antes de ser sus amigos. Dámaso Alonso lo incluyó junto a Panero, Rosales y Vivanco en la nómina de los que él llamó “poetas arraigados”. No cabe duda de que el más arraigado de todos ellos fue José Antonio Muñoz Rojas, y lo fue porque la poesía no era para él un oficio o una artesanía, sino una manera de vivir. Esa poesía se le desbordó más de una vez de los cauces del verso y se manifestó en dos títulos definitorios: Las cosas del campo y Las musarañas, o sea, “las cosas del pueblo”, por decirlo con palabras suyas. Esas cosas del pueblo y esas cosas del campo se funden en Historias de familia, otro título suyo, o mejor, emanan de ellas, ya que en esas dos palabras, “historia” y “familia”, están las raíces de Muñoz Rojas. Muñoz Rojas es el resultado de una familia y de una historia, de una familia que llevaba siglos acumulando culturas y cultivos y de una historia cuya violencia le pasó rozando y a punto estuvo de llevárselo por delante.
Hay quien considera que la historia es continuidad y tradición y hay quien la historia la ve ante todo como solución de continuidad o ruptura incesante. Desde el burladero de Inglaterra, Muñoz Rojas vio cómo ambas nociones se enfrentaban en el ruedo ibérico. Huelga decir de qué lado estaba su corazón. En Inglaterra precisamente se había dicho que la educación de un niño da comienzo cien años antes de su nacimiento. De sobra sabía Muñoz Rojas que la suya databa de varias generaciones. Un pedagogo que había querido regenerar a España a partir de la escuela primaria, don Manuel Bartolomé Cossío, había comparado el hidalgo español pintado por el Greco y descrito por Cervantes con “la tierra bien abonada para la producción” y vio en él al “pueblo, ya limpio y pulido”. Y otro gran español, don Manuel García Morente, a quien la barbarie de un pueblo ni pulido ni limpio también le hirió en lo más vivo, definió el contenido espiritual de ese hidalgo que fascinaba a Cossío. Ese hidalgo no es una abstracción retórica; no es que abunde en España por desgracia, pero tampoco falta por fortuna; lo que pasa es que hay que saberlo reconocer. Cervantes se lo encontró y nos hizo de él un retrato ejemplar: el Caballero del Verde Gabán. Yo, personalmente, me lo he encontrado en algunos españoles, y uno de ellos ha sido José Antonio Muñoz Rojas a quien es justamente esa hidalguía la que le daba títulos y autoridad para ocuparse de las cosas del campo y de las cosas del pueblo. El triunfo de la tradición sobre la revolución hizo posible que en España se mantuviera una nobleza de la tierra, una aristocracia del campo capaz de desbrozar una herriza y guardar con amor un libro viejo. Tal vez así pensaba don Claudio Sánchez Albornoz cuando le decía a Muñoz Rojas: “Gracias a Dios que la guerra la perdimos los republicanos.”
Los intelectuales somos gentes de trato difícil y estamos poco dotados para la vida social. Raro es el eximio escritor que no es un extravagante ciudadano, por emplear la acertada fórmula con que describió a Valle Inclán don Miguel Primo de Rivera. Gómez de la Serna escribía que una vez se encontró a Baroja en París y que don Pío “le dio la cena”; yo, la verdad, me pregunto quién se la daría a quién. No tengo que decir que con cualquiera de los autores citados he pasado horas muy gratas; quiero decir, con la lectura de sus libros, pero no se puede decir que lamente no haber tenido ocasión de cenar con cualquiera de ellos. El Tonio Kröger de Tomás Mann se sentía artista y bohemio cuando estaba entre burgueses y en cambio se sentía burgués cuando se hallaba en compañía de bohemios y artistas. Al que más y al que menos le pasa lo mismo, y a mí la cena “me la ha dado” más de un bohemio y más de un burgués. Hace ya muchos años, un grupo de intelectuales madrileños hizo una gira por España por cuenta de un periódico o de un ministerio y al volver, uno de los participantes, don Eugenio d’Ors, le dijo a otro, el crítico de El Sol Salazar Chapela, que fue quien me lo refirió: “He hecho voto de no volver a promiscuar”. La misma frase, con el único cambio morfológico de “promiscuar” por “promiscuir”, me la he dicho a mí mismo cada vez que he vuelto de un congreso poético o de una cena literaria. Romero Murube le temía a una cena más que a una vara verde, y yo lo he visto rechazar una invitación a cenar contraproponiendo una invitación a desayunar, a sabiendas de que su interlocutor era periodista y noctámbulo y por tanto nada madrugador. A lo que voy es que con el paso del tiempo cada vez son menos los libros y las personas con los que no se tiene la sensación de estar perdiendo el tiempo. El tiempo es oro y con él se escribe. Muñoz Rojas pudo decir como su paisano Pedro de Espinosa: con oro escribo y mucha Ceres leo. Y como era de los pocos que lo podían decir, se explica la esquivez con que siempre se movió en los medios literarios, aun estando en el centro de todos ellos.
Ya dije al principio que Muñoz Rojas puso su idea de la felicidad en algo más íntimo que la vanagloria literaria, y a esa intimidad en la que nada podía interponerse entre la familia y la historia, tenían acceso en primer lugar los poetas metafísicos ingleses y los poetas barrocos de la escuela antequerana. Quiere esto decir que José Antonio Muñoz Rojas siempre fue un hombre del siglo XVII, un hidalgo en el que ya se insinúa el desencanto y, sobre todo en su caso, la cautela. No era Muñoz Rojas un poeta de los que ven claro el porvenir o se lo figuran. Lo que contaba para él era todo aquello de lo que quiso y pudo rodearse entre la Corte y el cortijo: hijos, libros, árboles, sustancia de sus versos y de sus melancolías, objeto de sus desvelos y de sus desvíos, de sus dificultades y sus esquiveces, pues Muñoz Rojas solía ser el hombre que estaba en la Corte cuando se le buscaba en el cortijo y en el cortijo cuando se le buscaba en la Corte. A pocos cuadraba como a Muñoz Rojas el concepto de “emboscado”, ese concepto relanzado por Jünger limpiándolo de connotaciones negativas. Tal vez por haber pasado la guerra civil en los bosques ingleses, la emboscadura llegaría a ser en él una segunda naturaleza. Para llegar a él, tanto en la Corte como en el cortijo, había que pasar bajo los altos chopos del Prado y del Botánico o por entre los olivos y los cipreses de la Casería del Conde. Eran los árboles, pues, los que nunca dejaban ver del todo a Muñoz Rojas, pues siempre andaba entre ellos aprendiendo no, enseñándoles, a perdurar y echar raíces.
Si le preguntábamos por su poesía, él se esquivaba y nos hablaría de Hopkins o de Eliot, o de Pedro de Espinosa o de Richard Crashaw. A Crashaw lo conoció en Cambridge, en Peterhouse; se lo cruzaba en Little Saint Mary’s Lane, donde vivía el profesor Bullock, otro intemporal, que si sabemos que fue contemporáneo de Muñoz Rojas y no de Crashaw, es porque fue él quien sacó a aquél del infierno rojo de Málaga. Alguna vez debió también José Antonio Muñoz Rojas de acompañar a Richard Crashaw a la parroquia de Little Gidding, y fue allí, no en Londres como él dice, donde tuvo ocasión de conocer a Eliot, otro hombre difícil. ¿Sería en Little Gidding donde Crashaw les leyó a sus amigos del siglo XX su Himno a santa Teresa? ¿Fue allí donde José Antonio aprendió de T. S. Eliot que una sola cosa son el fuego y la rosa? ¿Fue allí donde hablaron los tres de la esperanza, esa virtud teologal por la que el tiempo joven tiene sabor de eternidad?
La eternidad, la rosa, el fuego, la transverberación, el martirio fallido; esos son los elementos de la poesía de Muñoz Rojas. Rosa, mi corazón, mi latifundio, fue el primer verso que yo leí de Muñoz Rojas, un verso que resume y define como pocos la vida y la obra del poeta. Al cabo de muchos años y de muchas rosas, abro en la Casería del Conde un libro viejo, propiedad de José Antonio Muñoz Rojas, y en el barroco emblema del ex-libris se lee: Las rosas como son. Esta vez no veo a José Antonio con sus amigos en Little Gidding, sino en East Coker, y alguien dice: In my beginning is my end.

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Saturday, March 20, 2010

Cartel académico




En estas instantáneas de felicidad, tomadas en la Real Maestranza y en el cortijo de Capela, aparecen el poeta homenajeado y los tres que le rinden homenaje el domingo 21 de marzo en Buenas Letras. Los acompañan, arriba, el marqués de Tamarón y Marilu Bayo Alessandri; en la de abajo, Bernardo Víctor Carande, Manuel Manzorro y el marqués de la Encomienda.

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Thursday, March 18, 2010

Sesión Académica en memoria de José Antonio Muñoz Rojas

Saturday, March 13, 2010

El canto de la perra. Sergio Esenin



El canto de la perra

Al alba, en el granero del centeno,
en un montón de áureas arpilleras,
parió la perra siete cachorrillos,
siete cachorros de color canela.

Estuvo todo el día acariciándolos,
les alisaba el pelo con la lengua,
y chorreaba nieve derretida
bajo su vientre de tibieza.

Y al caer la noche, cuando las gallinas
estercolan su pértiga,
apareció con mala cara el amo
y a los siete metió en una talega.

A la carrera por los ventisqueros,
sin perderlo de vista lo seguía.
La tersa faz del agua sin helar
un estremecimiento recorría.

Y cuando se arrastraba de regreso,
lamiéndose el sudor de las costillas,
creyó ver en la luna sobre el chozo
a una de sus crías.

Al cielo azul oscuro la mirada
levantaba, llamando y aullando,
pero la luna huía, adelgazada,
y se ocultó en un cerro por los campos.

Y mudamente, como cuando alguno
por ganas de jugar le tiraba una piedra,
lágrimas en la nieve como estrellas de oro
cayeron de los ojos de la perra.






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Friday, March 12, 2010

Memento Delibes

Reproduzco aquí el texto leído como presentación de Miguel Delibes en el otoño de 1983. Véase El Manifiesto

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Thursday, March 11, 2010

Decálogo de actualidad

Véase http://marmotino.blogspot.com/2010/03/el-decalogo.html#comments



...Y así fue cómo a la Santa Rusia la pusieron que no lo conocía ni la madre que la parió.

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Tuesday, March 09, 2010

La crisis del género epistolar


Me llega desde Connecticut esta fotocopia de un artículo de mi añorado amigo JuanLuis Calleja enviada por un lector suyo, don Carlos Paternina. Es toda una lección de buen estilo y buenos modales.

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Monday, March 08, 2010

Acto de afirmación nacional

Santiago Abascal Conde, Presidente de la Fundación
DENAES, para la Defensa de la Nación
Española, tiene el gusto de invitarle al acto de
PRESENTACIÓN de la Fundación DENAES,
para la Defensa de la Nación Española, que tendrá
lugar el próximo miércoles 10 de marzo
de 2010, a las 20:00 horas, en el Centro Cívico
El Tejar del Mellizo (C/ Santa Fe s/n - Parque de
los Príncipes) de Sevilla.
La presentación correrá a cargo de D. Jesús
Laínz Fernández, escritor e historiador.
Posteriormente habrá una cena para los asistentes
en el restaurante Jabalón (C/ Eduardo Dato,
54). El teléfono de reservas es el 647772621,
preguntar por Javier.
Entrada libre y gratuita hasta completar el aforo

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Thursday, March 04, 2010

Más opiniones ajenas

Las raíces de Europa

n El cristianismo busca la salvación del individuo en lugar de la salvación de la sociedad, de la masa


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Las raíces de Europa
Las raíces de Europa
IGNACIO GRACIA NORIEGA Recuerda Javier Neira con frecuencia que el mapa de la democracia en el mundo (no tan extenso como los que acostumbrados a escuchar a los demagogos piensan), ha sido cartografiado por el cristianismo. Aunque Moratinos no lo crea y haya afirmado que no toda Europa es cristiana, pensando, seguramente, en minorías étnicas y religiosas por fortuna poco abundantes aquí, porque en los lugares en los que se ha implantado el islamismo son fuente de conflictos permanentes. Fuera de la Europa cristiana y de sus apéndices americanos no hay democracia (salvo excepciones tan notorias y meritorias como Israel en medio de las terribles dictaduras del Oriente Medio), por lo que podría decirse, no que fuera del cristianismo no hay salvación, lo que pertenece a otro orden, sino que fuera del cristianismo no hay democracia. El motivo es claro y sencillo. Al igual que las otras dos religiones dogmáticas y misioneras de mayor éxito en la actualidad, el islamismo y el socialismo, el cristianismo dicta normas y pretende la salvación, pero hay algo muy importante en la doctrina de la salvación del cristianismo: busca la salvación del individuo en lugar de la salvación de la sociedad, del conjunto, de la masa. Lo único que verdaderamente le interesa al cristianismo es el hombre, porque sólo él puede salvarse o condenarse, y siempre por sí mismo, con sus propios medios. En cambio, el socialismo proyecta salvar a la masa, como si tal tipo de salvación fuera posible. Para conseguirlo, intenta abolir el pasado y edificar un orden nuevo; mas como recuerda Dostoievski, «ha destruido las viejas fuerzas, pero no ha creado otras nuevas». Ello explica que su única ideología, a la larga, sea de orden técnico: el totalitarismo como forma de gobierno, el intervencionismo como actuación económica y el relativismo como moral. Gracias al relativismo moral, el severo y puritano socialismo se ha convertido ahora en el portaestandarte del hedonismo más desaforado y egoísta, hasta que, como en Cuba, «llegue el comandante y mande parar», y proscriba «el socialismo con pachanga». Tales bandazos oportunistas nunca los da el cristianismo, porque se basa en unos cimientos más firmes y más profundos, y también más sencillos. En primer lugar, el cristianismo es Europa, pero no es por entero Europa. Europa se asienta sobre tres bases muy amplias y grandiosas: la filosofía griega, la espiritualidad judía y el derecho romano. Los romanos aportaron grandes cosas: el latín, las leyes, el sentido del orden, los puentes y los caminos, el vino, los garbanzos y el cristianismo. A donde llegaron las legiones, llegó el cristianismo; a donde no llegaron, eran tierras de bárbaros, que así siguieron.

Aunque la Historia y la Geografía certifican la condición cristiana de Europa, la «corrección política» vigente no puede admitirlo en nombre de un laicismo agresivo y de una fantasmagórica «alianza de las civilizaciones», la ampliación del mercado común y otras cuestiones por el estilo, igualmente correctísimas y modernísimas (incluso posmodernas), pero gaseosas. Del mercado común no nos preocupemos: ya Jason y los argonautas y las naves griegas que sitiaron Troya no hicieron otra cosa que abrir las puertas y las rutas del Este, que muchos siglos más tarde las Cruzadas procuraron afianzar. ¿Y habrá algo más europeo que la navegación, que la poesía épica, que la expansión comercial? Naturalmente, el mercado común durará menos de lo que duraron Homero y Europa, de la misma manera que el socialismo durará mucho menos que el cristianismo, y en su contra se apunta que todavía no ha sido capaz de realizar nada perdurable a pesar de que mantuvo el poder absoluto y totalitario sobre parte del mundo.

Si se renuncia a las raíces cristianas, se renuncia a Europa. Porque Europa, aunque laica, es cristiana. En las teocracias que tanto les gustan a nuestros «progres», no es posible el laicismo en el sentido que quieren darle los ideólogos del socialismo posmoderno, bien porque no se tolera, como en el islamismo, o porque no hay lugar para él, como en las religiones animistas que los «progres» defienden como «parte de la cultura de los pueblos» que las practicaron antaño, o sencillamente porque no se alcanzó la madurez intelectual y cultural que requiere el laicismo. Tampoco son laicas las dictaduras socialistas, en las que se impone una «religión de Estado» contra la que no es posible discrepar. En consecuencia: sólo es posible el laicismo en el cristianismo, una religión que fue capaz de adaptarse a cada época, y en un grado elevado de su evolución, ha renunciado a ser avasalladora. Además, el laico es el cristiano que no ha sido investido con órdenes clericales. Una vez más, a los «progres» se les llena la boca con palabras que no saben qué significan.

El cristianismo crea Europa, o, si se prefiere, Europa se crea simultáneamente con el cristianismo. En Europa se establece por primera vez la separación de poderes, como mucho más tarde se crearán las democracias parlamentarias. Le Goff no lo recuerda: «En Occidente, el poder religioso corresponde a la Iglesia y al Papa, y el político, al Rey. El precepto evangélico regula la dualidad de poderes: Dad al César lo que es del César. Europa va a escapar al monolitismo teocrático que paralizó a Bizancio y sobre todo al Islam, después de haber favorecido su expansión».

Todo esto no surge de pronto. Se asienta sobre moldes grecolatinos y biblicojudaicos, con exclusión de otras incitaciones asiáticas. El camino por el que se construye Europa es «La via romana», título de un importante libro de Rémi Brague. Gracias a esta «via romana» que se cristianiza, ha sobrevivido la civilización, no sólo en los siglos oscuros, sino a partir de las luces de la Ilustración y de ideologías furiosamente anticristianas que surgieron de ella. Europa se crea caminando por sí sola a lo largo de esa Edad Media «delicada y enorme» de Verlaine, en la que fueron posibles las catedrales, las universidades y las peregrinaciones, las Cruzadas y la expansión comercial. Por eso, Kolakowski defiende la superioridad moral del sistema político occidental y la influencia del cristianismo sobre la cultura de Occidente.




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Tuesday, March 02, 2010

Opiniones ajenas


Quiero que se respete mi himno nacional y al Rey de España… no porque se lo merezca, sino porque es el Rey… y si se pita a ambos, que se suspenda el partido.


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