Sunday, August 20, 2006

España en llamas

- Domingo, 20 de Agosto de 2006 -




Pirómanos


ABC
JON JUARISTI
12-08-2006

Pirómanos

RODRÍGUEZ pide que se denuncie a los pirómanos, lo que, viniendo de su persona, no deja de tener cierta gracia. Pero, bueno, pongamos que el pueblo soberano se tomara a pecho el exhorto y llovieran denuncias, ya que no otra cosa. Una vez puestos en libertad los pirotécnicos y papirólogos detenidos en la confusión de los primeros momentos, ¿cuántos verdaderos pirómanos quedarían en la criba? La respuesta es: muy pocos, por fortuna. Si el tsunami de fuego que arrasa Galicia fuese obra de pirómanos habría que plantearse triplicar la dotación de psiquiátricos de dicha comunidad autónoma, futura realidad nacional achicharrada. Como es sabido, detener a un pirómano suele ser más fácil que agarrar a un incendiario profesional, porque el pirómano se queda merodeando por los alrededores hasta que el espectáculo termina, mientras que el incendiario a secas tarda menos en abandonar la escena del crimen que el propio Rodríguez, aunque parezca imposible.

Cuando el objetivo a batir es tan gaseoso e inidentificable, a menos que se le sorprenda en plena tarea, la incitación a la denuncia cívica suele resolverse en una proliferación de delaciones anónimas, furtivas y malintencionadas. Y si se produce en mitad de la catástrofe, contribuye al caos. De modo totalmente irresponsable, la ministra de Medio Ambiente desvió la atención de su más que patente ineptitud mediante insinuaciones que arrojaban sombras de sospecha sobre la anterior administración autonómica y, a continuación, llegó el presidente exigiendo a la ciudadanía denuncias concretas. No es difícil imaginarse el ambiente de caza de brujas que debe reinar en la parroquia tras el paso de este par de grandes políticos y que, si Pérez Touriño no se esfuerza en mantener a sus bases dentro de los límites de la sensatez, podría prolongar las consecuencias del desastre más allá de la devastación y la ruina del territorio. Narbona y Rodríguez sólo han visitado Galicia para echar al fuego un bidón de gasolina demagógica.

Pero hay algo todavía más absurdo y estúpido, puesto en sincronía: la jactancia nacionalista de Maragall, felicitándose, en el otro extremo de la península, por la desaparición del Estado en Cataluña, mientras el Ejército, la Guardia Civil, agentes forestales, bomberos y voluntarios de toda España luchaban en los bosques gallegos contra las llamas. De nuevo, la gamberrada particularista, la pirueta ideológica aislacionista a la hora de la solidaridad nacional. Alguien ha dicho que el Estado no está de vacaciones y, por suerte, así es, a pesar de los presidentes del Gobierno y de la Generalitat catalana. Ya que no eficaces, Rodríguez y Maragall deberían aprender a ser prudentes. La experiencia demuestra que los gobernantes españoles, incluidos los catalanes, deben temer más de la canícula que de los idus de marzo. Hay zonas especialmente vulnerables en esta época del año: bosques, pantanos y aeropuertos, por ejemplo. Pues bien, la nación significa, antes que cualquier metafísica, cosas tan elementales como que los aeropuertos funcionen razonablemente bien, que las reservas de agua no se agoten y que una región entera no arda en pompa aunque el calor apriete. Significa que el Estado no debería ser sólo el último recurso, el apagafuegos, y que los gobiernos que lo gestionan tendrían que dedicar más tiempo a la previsión (y quizá retrasar sus vacaciones al otoño, si hiciera falta).

Esto es puro catecismo regeneracionista, archisabido desde los tiempos de Costa y Mallada. Ahora bien, la más denodada voluntad gubernamental se estrellaría sin el concurso de la responsabilidad ciudadana y poco se puede esperar de la misma si los gobernados empiezan a tener dudas serias sobre la existencia de un proyecto común y los gobernantes se dedican a fomentar el secesionismo y la desconfianza más o menos cainita hacia el vecino. Resulta que no ha desaparecido «el hombre de estos campos que incendia los pinares / y su despojo aguarda como botín de guerra», que decía Machado, ni de los montes galaicos ni, lo que es peor, de altas instancias que apestan a petróleo.





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