Thursday, March 26, 2015

De corresponsal a correspondiente

MANOLITO GUILLÉN (I)


     -¿A qué no sabes qué falta tiene este coche? Esa ha sido la bobada más bobada de todas las bobadas que los zangolotinos han dicho en Sevilla de toda la vida. La respuesta: -Que va en contramano. Que es la perogrullada más perogrullada de todas las perogrulladas que los galopines han pronunciado en la Sevilla de toda la vida de Dios. Porque, de toda la vida de Dios, es lo que se conoce desde que uno tiene uso de razón, e incluso de mucho más atrás. Se trata del coche "Studebaker" que está en el mural de cerámica pintado por Enrique de Orce, en plena calle Tetuán, en la fachada del "The Sport" de Manolito Guillén. "The Sport" era, hasta los años 1970 largos, una especie de bar misógino, interracial e interclasista que existió con gran éxito en la calle Tetuán, esquina y vuelta a la calle Tetuán, porque hacía un "martillo". O sea que tenía dos fachadas a la propia calle Tetuán. En la principal, su puerta, su cristalera y, en medio, el anuncio del coche "Studebaker" en el que iban distinguidas señoritas de los veinte, con un "chauffeur" de uniforme, gorra y polainas, de los veinte, todo rodeado de flores y cráteras paradisíacas y, en un pedestal, como ajeno al cotarro, el “pensador” de Rodin. En la otra fachada, tan sólo una puerta y, sobre las dos, dos letreros en cristal pintados de azul oscuro, con las letras doradas, en los que campeaba el nombre comercial: "The Sport". En el interior, la estantería de madera, barnizada, oscura con botellas de marcas bajoandaluzas, jerezanas, portuenses y sanluqueñas, que presidía el local.  Delante, una barra a tres bandas, con su reposapiés y su reposacodos de metal, impecablemente brillantes. Un zócalo de madera y acaso seis mesas con cuatro sillas cada una de madera con asientos tapizados de guatapercha, completaban el mobiliario.
 En uno de los paramentos, el vertical a la fachada principal, estaba colgada, enmarcada una reproducción del cuadro de la feria de Sevilla de Valeriano Bécquer que había en la calle San José en casa del Conde de Ybarra.
     La casa tenía un bárman, con el pelo envidiablemente blanco y cuidado, vestido chaqueta blanca y corbata negra sobre la que llevaba un alfiler con el hierro de la ganadería de Don Fernando de la Cámara y Gálvez, uno de los asiduos visitantes del local, el hierro que Vd. habrá visto, al ir para Sevilla, por la autopista sobre un hito, encalado, rematado por una veleta, justo en el sitio donde está el límite del ombligo del universo mundo. Fernando Villalón, anterior propietario de la finca y amigo de Fernando de la Cámara , al que dedicó un poema de su "Andalucía La Baja ", ya lo había dicho: "El mundo se divide en dos partes: Cádiz y Sevilla". Eran su espacio vital, su horizonte estético y el solar donde se forjan las manifestaciones que, con razón o sin ella, pasan por se la carátula tópica de la españolidad.
Había, en "The Sport", además, un limpiabotas gitano, de la Cava de Triana, pariente de Cagancho y de El Bengala.
     Pues el dueño de todo ese tinglado, afiliado al Sindicato vertical de Hostelería, Cafés, Bares y Similares, fue Manolito Guillén, portuense, descendiente de portuenses, del que otro día hablaré.
                                 Luis Suárez Ávila.



MANOLITO GUILLÉN (II)

     Quedamos en que Manolito Guillén era de El Puerto. Manolito Guillén presumía de ser de El Puerto y de veranear, en tiempos de su padre, en El Puerto. Quedamos en que Manolito Guillén era dueño de "The Sport", que dicho en cristiano era "Elespó", sito en calle Tetuán, esquina y vuelta a Tetuán, en Sevilla. Quedamos en que "Elespó" era una especie de Bar, más bien un club misógino, donde la presencia de mujer alguna estaba vedada. Tan es así que no había, "verbigratia", ni una foto de la Macarena , ni de la Virgen de los Reyes. En una pared, colgaba un cuadro con la fotografía de " La Feria de Sevilla" de Valeriano Bécquer que estaba en el palacio del Conde de Ybarra en la calle San José. Nada más. Allí paraba la flor y nata de Sevilla, mezclada con la torería andante. A título de ejemplo citaré a Fernando de la Cámara , a Armando Soto, aManolínEsquivias, a Paco Lena Pacheco, a Eduardo Miura, a Félix Moreno de la Cova , a Eloy Domínguez Rodiño, a José María Gutiérrez Ballesteros, Conde de Colombí, a... y a Luis Fuentes Bejarano, que murió nonagenario de hacer el paseíllo desde su casa a "Elespó", porque nunca perdió el porte y los andares de torero; a Diego Puerta, a Almensilla...
     -¡Tu mujer!, decía cualquiera. Y es que las señoras, como no podían entrar en "Elespó", se paseaban prudente y despaciosamente, por la acera de enfrente, para ser vistas por sus maridos, cuando salían de misa de una, o sea a las dos, del Santo Ángel o de la Capillita de San José. -¡Tu mujer! era la señal inequívoca de que el parroquiano de "Elespó" tenía que abandonar sumisamente su asiento de gutapercha, pagar la consumición y salir pitando para adelantar e incorporarse a la vera de su mujer que marchaba, como si nada, o camino de la Plaza Nueva , o camino de La Campana.
     Manolito Guillén fue un empresario atípico, es decir, que no dobló el espinazo en su vida. Siempre, impecablemente vestido de traje y corbata, fue empresario "de sentado", o sea "de visu", que "el ojo del amo, engorda al caballo". No obstante lo cual y, como allí paraba gente de infuencia, a alguno se le ocurrió encabezar pliegos para que a Manolito se le concediera la Gran Cruz al Mérito en el Trabajo y, como la cosa cundiera y trascendiera y las firmas fueran a más, llegó aprobada del Ministerio y Manolito, sin saberse cómo, tuvo sobre su pecho la Gran Cruz.  
     A mí, un día aciago de la década de los setenta, requerido por Manolito, vehementemente instado por Pepe, el Bárman, porque aquella tarde jugaba El Betis y Pepe era del Betis, me tocó levantar el acta del cierre de "The Sport", mientras los asistentes lloraban "superfluminemBabiloniae", como los israelitas, viéndose desvalidos de un lugar de reunión. Decidieron ir a reunirse a "Los 40" y acabaron en "Lo de Brageli". Al fin, terminaron disueltos, como azucarillo en café, y hoy quedan muy pocos para contarlo. Lo que digo.
                            Luis Suárez Ávila




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