Mi "cruzada antiliberal"
MI CRUZADA ANTILIBERAL
La libertad es un medio, no un fin; los derechos han de equilibrarse con los deberes; y no cabe mayor insensatez que la «neutralidad ética» de la sociedad secularizada o permisiva
Al derrumbarse el baluarte que defendía esa idea leninista de la
libertad, se alzó sobre sus escombros, triunfante, la democracia liberal, esa democracia que a mí siempre me pareció preferible a la de
Lenin, pero que no he dejado de combatir y criticar desde el 68 hasta la
fecha. Y es que la democracia que demolió el Muro de Berlín y permitió a
Fukuyama proclamar «el fin de la Historia» era una democracia viciada
por lo que siempre llamé «el espíritu inmundo del 68». Los estragos de
ese espíritu en la vida política y social de Occidente fueron los que me
indujeron, cuando aún había Muro de Berlín, a hablar del «suicidio de
la Modernidad». Cuando a Carl Schmitt lo acusaron de ser el «enterrador
de la República de Weimar», él contestó que nunca la habría enterrado si
otros no la hubieran matado antes. Luego volvería Fukuyama sobre su
diagnóstico optimista para decir que lo único que puede evitar ese
suicidio es una recuperación de un sentido de la jerarquía social y de
un sentimiento religioso, cifrado para él en la «ética protestante». Lo
de la «ética protestante» vale para las naciones que abrazaron la
Reforma en su día, por lo que me figuro que en las de la Contrarreforma
habría que hablar de «moral católica», pero lo de la jerarquía vale para
todas. Es más, la naturaleza en general se basa en tres principios —
jerarquía, territorialidad y parentesco— que son los antónimos de
libertad, igualdad y fraternidad, y tampoco concuerdan demasiado con
estas tres gracias los principios en que, según Dumézil, se asientan las
sociedades indoeuropeas en particular, a saber: fuerza, fecundidad y
soberanía. La libertad es un medio, no un fin; los derechos han de
equilibrarse con los deberes; y no cabe mayor insensatez que la
«neutralidad ética» de la sociedad secularizada o permisiva, cuyo lema
podría ser el del personaje aquel de Dostoyevski, que por cierto no era
ni protestante ni católico: «Si no hay Dios, todo está permitido.»
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