Sunday, May 25, 2014

Memorias fidedignas

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  • 25 may. 2014
  • ABC (Sevilla)
  • AQUILINO DUQUE

MEMORIAS FIDEDIGNAS

Ver la realidad histórica a través de cierta pintura, cierto cine, cierta novela o cierto periodismo es engañarse
deliberadamente

EN la presentación que hice en la Fundación El Monte de los relatos de Enrique Esquivias decía yo que éste llegaba a la fabulación desde el memorialismo, pues suya es una de las mejores evocaciones de la niñez, en su caso una niñez urbana, en unos años, los de nuestra guerra, sobre los que, en estos tiempos de mentira y desinformación, es muy difícil de leer algo que se tenga medianamente en pie.
ÁNGEL DÍAZ HUERTAS/BLANCO Y NEGRO
Decir esto era decir poco, ya que a los relatos y las memorias preceden trabajos de erudición, una biografía, la de don Santiago Montoto, y unas prosas poéticas sobre la ciudad donde Esquivias tuvo la suerte de nacer y vivir. Un literato sevillano, unas leyendas sevillanas, una niñez sevillana, son los asuntos de este benjamín de una dinastía de soldados que optó por las letras frente a las armas.
Las memorias de infancia de Enrique Esquivias tienen un título sugestivo pero desconcertante: «Los años triunfales», lo que hace pensar que el relato se reduce a los años de nuestra guerra, que así se llamaron en la zona nacional. Lo cierto es que esos años alegres dan paso en breves términos a los años difíciles de nuestra trasguerra, que coinciden con los de la Segunda Guerra Mundial, de cuyas penurias nadie se libró. Todo o casi todo lo que hoy se lee o se oye o se ve en cine o televisión sobre aquellos años representa una alucinante ficción para los que efectivamente los vivimos, unos, como Esquivias, en un medio urbano y con cinco hermanos en el frente, y otros, como yo, en un medio rural. La hermana de un amigo mío comentaba, con cierto sentido del humor, que había estado siguiendo un serial de estos de ahora sobre la guerra civil y que, quince minutos antes de finalizar el último episodio, no se sabía aún quién la iba a ganar. ¡Para que los ingleses presuman de Hitchcock! ( Y los americanos de Orson Welles).
Enrique Esquivias debía de ser uno de aquellos niños de baby de rayadillo y termo a la bandolera que yo me crucé alguna vez por la calle Francos y de los que hablo en «El rey mago y su elefante». Mal podía pensar que uno de aquellos alumnos del semiclandestino colegio de la calle Pajaritos, pues de Villasís se había incautado el benemérito Instituto Escuela, iba con el tiempo a darme en cierto modo la réplica y escribir la mitad de un libro que yo pensaba único. Y es que las memorias de Esquivias y las mías son complementarias.
Quien quiera saber de verdad cómo era la Sevilla de los años 30 y 40, tendrá que leerse las memorias de Esquivias. Se me dirá que aquélla era una Sevilla burguesa. ¿Y qué? Burgués etimológicamente significa ciudadano, que es lo que nos llaman los políticos cuando mendigan nuestros votos. Hay veces, con todo, en que Esquivias resulta involuntariamente profeta, como en la descripción siguiente del patio de su casa: «El centro del patio lo ocupa el macetón que es una maceta muy grande, más alta que el niño, colocada sobre un pié de hierro y que tiene una palmera con un tronco muy gordo, cuyas hojas suben hasta el corredor principal. A un señor muy repelente que va a veces de visita le oyó el niño decir un día que se trataba de una kencia de gran tamaño,… qué tontería,… por qué la gente cambiará la manera de hablar, la culpa la tienen los que escriben, que buscan las palabras más rebuscadas y luego todo es mentira y a la larga no hay manera de saber cómo hablaba nadie. » Pues bien, otro ejemplar de la misma especie botánica haría a otro señor repelente inventarse un pasado y una niñez no menos repelentes en los mismos espacios urbanos que Enrique Esquivias nos hace entrañables y atractivos.
Ver la realidad histórica a través de cierta pintura, cierto cine, cierta novela o cierto periodismo es engañarse deliberadamente. Bien es verdad que «Vulgus vult decipi», que el vulgo quiere ser engañado, como muy bien saben los que tienen el arte de sacarle los cuartos y los votos.

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