Thursday, July 04, 2013

Sevillanos conflictivos

MÁRQUEZ VILLANUEVA

«Lo espantoso de Sevilla -escribía- es que se puede ser feliz en ella, pero con una felicidad biológica que no se alcanza si no se tiene cierta catadura moral y que, ciertamente, no deseo para mí ni para mis amigos»

MUCHAS son las cartas que he escrito y recibido en una vida más bien cosmopolita y tengo o he tenido corresponsales que además han dejado atrás una obra escrita, una obra sobre la que mucho se ha escrito ya o se apresuran a escribir los que los conocen sólo o sobre todo por sus libros. Tal es el caso de Francisco Márquez Villanueva, fallecido en Cambridge de Massachussets en la primavera de 2013.
Nuestro conocimiento data de la Universidad, en la que ingresamos el mismo año de 1948, ya que, con poca diferencia, éramos de la misma quinta, como entonces se decía. Yo le llevaba unos meses de ventaja, los que iban del 6 de enero al 14 de abril de 1931, fechas agoreras que nos marcaron, a él como republicano de Ruiz Zorrilla y a mí como monárquico de los Reyes de Oriente. La primera vez que lo vi fue en el patio de Maese Rodrigo y quien me lo señaló fue mi compañero de curso y futuro jesuita Carlos Muñiz Romero, que había sido condiscípulo suyo en los Escolapios, diciéndome: «Mira, ése es otro Menéndez Pelayo». Luego, no faltarían ocasiones de conocernos mutuamente a lo largo de los cinco años de nuestras respectivas licenciaturas. Se veía a la legua que era un ratón de biblioteca, por más que alguna vez lo viera de uniforme de la Milicia Universitaria con el cordoncillo celeste de su Facultad. Aunque todo lo que no fueran los libros parecía serle ajeno, no dejaban de sorprender algunas observaciones suyas al paso de cualquier señorita llamativa, como: «Esa niña está recauchutable». Otra sorpresa fue la noticia de que había dado en ir a los jardines del Alcázar con una de esas «recauchutables» compañeras de Facultad a darle clases de inglés, uno de sus muchos saberes. Sería la madre de sus hijos. El «Bollito de Leche», como algunos le decían, estaba lleno de sorpresas. Un día que estaba yo en la biblioteca de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos con la primera versión de España en su Historia de Américo Castro, se me acercó él y me comentó su sorpresa, que yo compartía por supuesto, de lo tradicional que resultaba aquel señor que en aquellos tiempos pasaba por «rojo». ¡Quién nos iba a decir que a la vuelta de algunos años, Paco Márquez llegaría a ser para don Américo lo que Marías fue para Ortega!
Nos volvimos a ver al regreso de mi primera salida al extranjero y fue el primer lector de mi primera novela, un bodrio en el que él creyó ver influencias de Faulkner. Él seguía en la Universidad, ya en la Fábrica de Tabacos, como profesor y mano derecha del catedrático López Estrada. Yo duré poco en Sevilla y anduve de la Ceca a la Meca hasta que senté la cabeza en Ginebra. De algún modo tuve noticia de la marcha de Márquez a Estados Unidos y en mis primeras vacaciones en ese país, fui a Harvard a saludar a conocidos como Juan Marichal y Solita Salinas y no dejé de preguntar por mi paisano. Me contaron una historia rocambolesca. Invitado por Harvard, en vista de lo que tardaba el visado de profesor visitante y convencido de que las altas esferas de la burocracia estatal y universitaria se habían confabulado para no dárselo, viajó con un visado de turista de pocas semanas, viéndose obligado a dejar Harvard e irse al Canadá para reiniciar desde allá los trámites correspondientes. Al viaje siguiente estaba ya él en Rutgers, entre Princeton y Nueva York, creo recordar, y conseguimos verlos a él y a María Teresa en un piso que apenas tenía muebles. Le pregunté por otros españoles en el mundo académico americano y estuvo tan «ácido», como decimos en Italia, con todos ellos como con sus colegas sevillanos. También a Marichal me lo puso de verde y oro y me aconsejó que no me juntara con él. Con quienes sí se l l evaba bien y además hacía buenas ausencias mías era con Ricardo Gullón e Ildefonso Manuel Gil. De Rutgers pasó ya de full professor a la City University de Nueva York, desde donde se ofreció a echarme una mano para meterme en el mundo académico estadounidense. Otro hito fue nada menos que Princeton. Nos veíamos en vacaciones e incluso una vez pasaron, él, María Teresa y l os dos niños que t enían entonces, un fin de semana con nosotros en casa de mi suegra en Pennsylvania. Recuerdo que me comentó que Marichal no había tenido más remedio que expurgar el epistolario de Azaña con su cuñado. Me propuso una conferencia, que no pude aceptar por viajar en aquellas fechas a la India. Por fin dio el salto a Harvard, donde heredó nada menos que la cátedra de Amado Alonso.
Cuando yo decidí repatriarme, él me dijo que no sabía si alegrarse o llorar. «Lo espantoso de Sevilla —escribía— es que se puede ser feliz en ella, pero con una felicidad biológica que no se alcanza si no se tiene cierta catadura moral y que, ciertamente, no deseo para mí ni para mis amigos». Yo le contestaba: «En cuanto a la felicidad, cada cual la entiende según su temperamento. Tan feliz debió de ser Argote de Molina con sus piedras como Francisco de Rioja con sus flores. … En estos días se habla mucho del regreso de don Claudio Sánchez Albornoz y hay que ver cómo se puso cuando se le ocurrió regresar a don Américo.» A buen entendedor...
Aún nos veríamos en Roma, en Isla Cristina y en Harvard. Ya lo contaré otro día.

ABC de Sevilla, jueves 4 de julio de 2013

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