Fiesta de cumpleaños

Manuel Domecq Zurita, vizconde de Almocadén, celebró el sábado 24 de los corrientes en su casa de Jerez de la Frontera su septuagésimo quinto cumpleaños con cuyo motivo, y con un tiempo espléndido, invitó a la mucha gente que lo quiere en las dos partes en que Fernando Villalón dividía el mundo conocido y fuera de él. Me cupo el señalado honor de hablar a los postres.

EL VIZCONDE ENCUADERNADO

Cuando el francés era la segunda lengua que se aprendía en los colegios de pago y en los Institutos de Enseñanza Media de toda España, los únicos que en Andalucía sabían inglés eran los malagueños, los gibraltareños, los jerezanos y las niñas educadas en las Irlandesas, a muchas de las cuales tuve por condiscípulas en el recién nacido Instituto Británico de Sevilla. De todos ellos, que me corrijan si me equivoco, los que mejor lo hablaban eran los bodegueros de Jerez, en los que una sabia política matrimonial, reforzada con la importación de nannies, hacía normal el bilingüismo. Más infrecuente era el dominio del alemán, en el que destacó el inolvidable Jesús Aguirre. Jesús Aguirre, formado en Munich con teólogos de la altura de Romano Guardini, llegaba incluso a captar la benevolencia de sus auditorios sustituyendo la clásica cita latina por una cita alemana. Su entronque con una rama de los Estuardos no lo incitó en igual medida al estudio de la lengua inglesa y, de un viaje que, con motivo de un acontecimiento hípico, hubo de hacer a Jerez en el desempeño de sus obligaciones parafernales, volvió a la casa de las Dueñas ofendido porque los jerezanos se habían puesto a hablar en inglés en su ducal presencia. Yo, que me acordaba de aquello que el césar Carlos, que no era mal lingüista, decía de las lenguas que empleaba según quién fuese su interlocutor, le contesté a Jesús diciéndole que si los jerezanos hablaban entre ellos en inglés, por qué no se había puesto él a conversar en alemán con los caballos. Sin embargo, la persona que concitaba en aquella ocasión el despecho de Jesús no era de Jerez, sino de Arcos, y era además tocayo suyo: Jesús de las Cuevas, que no necesitaba hablar inglés para ponerle el paño al púlpito.
Jesús de las Cuevas fue quien me introdujo a la leyenda de Manolo Almocadén, de quien me hacía unas ausencias fabulosas, pero Dios se lo llevó antes de que pusiera en práctica el propósito de reunirnos en Jerez, en Arcos o en México con Manolo Domecq y Octavio Paz, “copas de jerez en alto”. Tampoco Octavio Paz tardaría mucho en dejarnos huérfanos de su amistad y su sabiduría, y tuvo que ser otro fuera de serie, otro thoroughbred, otro pura sangre de las bellas artes y las buenas letras, Rafael Manzano, quien por fin diera ocasión con su despedida de la cátedra sevillana a que conociera a Manolo Domecq. Manolo Domecq sitúa en cambio en Arcos nuestro conocimiento, pero no en el Barrio Bajo, en casa de los Cuevas, sino arriba en la plaza del Cabildo, en el castillo, y con los buenos oficios de otra persona inolvidable, Dagmar Williams. Durante muchos años yo creía recordar una corrida en la Maestranza sevillana en la que actuaron juntos Chicuelo y Pepe Luis Vázquez, una corrida que nunca fue pues Pepe Luis nunca alternó con Chicuelo, pero una corrida que no tuvo más existencia que la ideal que yo soñé al poner en el mismo cartel a dos toreros que admiraba. Algo de eso es lo que le pasa a Manolo Almocadén con Dagmar y conmigo, de lo que no puedo por menos que sentirme terribly flattered, muy halagado. No puedo olvidar el día en que llevé a que conociera Arcos a otra entrañable amiga hispanoinglesa, Natalia Stucley, esposa de uno de los ingleses que mejor han cortado la lengua de Shakespeare, regada siempre con profusión de Navy drinks, como él decía. Antes de que hubiera tenido tiempo de reaccionar ante la vista espectacular de la población, Natalia se veía en el ojo del huracán, es decir, en un salón del castillo y frente a la castellana, en aquel momento acompañada de sus consuegros franceses. La performance de Dagmar, pasando revista a sus recuerdos y sus ocurrencias y pasando con gran naturalidad del español al inglés y viceversa, según se encartara, dejó muda a Natalia, que no se esperaba aquella escena digna de Brideshead o Garsington.
Son muchos los nombres entrañables los que, como las piedrecitas de Pulgarcito, me venían guiando hasta esta mansión de la plaza de Benavente Alto, nombres de ambos hemisferios a los que tengo que añadir el del pintor Pedro Coronel. También de Pedro Coronel habría mucho que contar, y sólo diré lo mal que le pareció que lo despertaran a altas horas de la noche Octavio, Manolo, el padre de Manolo, otros graves señores y, last but not least, Benito Pérez el “Jurispoeta”, vestidos todos de romanos y coronados de laurel para arrastrarlo a un festín digno de Trimalción. No sé si estaba Pedro con la curda o con la cruda, que es como en México llamamos a la resaca.
Para mí Almocadén era una sucesión de instantáneas, de fogonazos, de estampas sueltas, de fascículos en los que tan pronto lo imaginaba como Hans Castorp en su montaña mágica o bien en una garçonnière junto al Sena como un joven de provincias de Balzac o de Flaubert, o en una cantina de Cuernavaca como un cónsul de Malcolm Lowry. Nuestro vizconde no estaba partido en dos, como el personaje de Italo Calvino, sino que era ubicuo y aparecía por todas partes, pero nunca completo, siempre le faltaba algo y es que las hojas sueltas de su vida aventurera se barajaban y confundían porque él mismo se había olvidado la numeración, como por ejemplo cuando, confundiéndose con su propio abuelo, le reprochó a Alberti en su casa trasteverina que renegara del romance que le escribió cuando aún le rezaba a la Virgen del Carmelo. Todas estas confusiones hay que mirarlas a través de un catavino, porque el hecho es que no hay nada como su contenido para hacer perder el sentido del tiempo. En sus días de bohemia parisién, en los que no faltarían los momentos de soledad, Almocadén debió de hacerse más de una vez la consabida reflexión Cherchez la femme! Eso mismo nos hemos dicho más de uno de sus amigos, de sus nuevos amigos, y no puede decirse que él no acertara en su busca, porque gracias a ese acierto, los pliegos sueltos de su biografía tendrían orden y unidad en una encuadernación de lujo. Carmen nos deslumbraría a todos, y quiero creer que es gracias a ella como llegaría a conocer al vizconde de una pieza, al vizconde encuadernado, a ese vizconde de hojas volantes que con tanto arte y tanto amor ha puesto Carmen en nuestras manos para que lo hojeemos al amor de la lumbre o a la sombra de una parra.

Comments

Lutgardo said…
Admirado maestro:

Quería felicitarle por su magnífico blog que hace meses visito con asiduidad. A raíz de él me he ido introduciendo en su producción literaria que me ha parecido fascinante. He recopilado cuantos libros suyos he ido encontrando, el último ha sido "Plaza partida". El que llevo buscando por todos sitios y no encuentro es su antología "Poesía incompleta" ¿podría indicarme si hay algún sitio donde pueda adquirirlo?
Quería también preguntarle si para el acto-homenaje a JRJ del próximo jueves en la Real de Buenas Letras es preciso llevar invitación o la entrada es libre. Lo digo porque, me gustaría ir y, obviamente, no dispongo de invitación.
Un saludo con mi total veneración
Aquilino Duque said…
Muchas gracias por sus palabras. "Poesía incompleta" está editado por Pre-textos, Valencia, y lo más indicado es pedirlo a través de un librero. El acto de Buenas Letras es libre, por lo que conviene ir pronto para coger sitio. Espero tener el placer de saludarle. Suyo affmo.