Friday, January 05, 2007

Cabalgata

Pregón de la Cabalgata de Higuera de la Sierra
Empiezo haciendo una confesión general. Hasta los nueve años he creído en los Reyes Magos, y los Reyes Magos en los que yo creía eran los que pasaban por la carretera de Sevilla a Lisboa, por un pueblo que distaba doce kilómetros del pueblo donde yo dormía después de haber dejado mis zapatos en la ventana de la sala baja. Ese pueblo en el que yo soñaba con los regalos era Zufre y el pueblo por el que pasaban los que los traían era HCursivaiguera de la Sierra. Algo había que no cuadraba, y era cómo harían aquellos Reyes para dejarme sus regalos en mi pueblo sin pasar por él, como tampoco me explicaba cómo habían logrado meter un caballo de cartón de gran alzada por aquel postigo alto de casa de mi abuelo, que además tenía una reja de filigrana. Ya entonces debía yo de haber oído algo del camello y el ojo de la aguja, y eso me bastaba para estar seguro de que los Reyes, viniendo como venían del Oriente del Cielo, no sólo venían cargados de presentes, sino que eran capaces de obrar prodigios. Por algo les decían los Magos, ¿no?
La agitación de los tiempos aquellos hizo que fuera en Sevilla donde viera por vez primera una Cabalgata, y así supe más o menos cómo era, y que los Reyes tiraban caramelos, porque alguno cayó a mi lado en la capota del auto al que me habían subido para ver el desfile. Era la noche del 5 de enero de 1937 y media España estaba en guerra contra media España. Todos aquellos juguetes fabulosos que los Reyes llevaban en su comitiva estaban destinados a los niños del Hospicio, y no creo yo ser el único niño sevillano que aquella noche por lo menos no envidiara la suerte de los pobres expósitos y estuviera dispuesto a cambiarse por ellos. En años sucesivos, de vuelta ya en el pueblo, imaginaba sin esfuerzo la Cabalgata aquella de Sevilla pasando por Higuera de la Sierra a altas horas de la noche. Quiero decir, que en aquellos mis primeros diez años de vida, decir Cabalgata era decir Higuera de la Sierra, y la verdad era que muy equivocado no estaba. Cuando la fe es auténtica, los hechos acaban dándole la razón.
La Cabalgata pasaba efectivamente por Higuera de la Sierra el 5 de enero, y eso era así desde que en 1918, tres hombres buenos, Domingo Fal Conde, José Reixach Cubero y Rafael Girón María decidieran que era un contradiós que los niños pobres del pueblo no recibieran juguetes, y con disfraces de fortuna y tres alforjas, recorrieron el pueblo a caballo repartiendo ilusiones. Así nació la Cabalgata de Higuera, a imitación de la que el año anterior creara José María Izquierdo en el Ateneo de Sevilla. Tanto la una como la otra consistió en su origen en una obra de misericordia, en una obra de caridad, de caridad cristiana. Y esa obra de los notables del pueblo se mantuvo incluso en los tiempos conflictivos en los que la caridad no estaba muy bien vista, pero aún no se había inventado nada mejor: la Seguridad Social por ejemplo. Parece ser que durante la guerra el Ayuntamiento, cuyo alcalde era uno de los fundadores, se hizo cargo de la Cabalgata, concebida ahora, dado el signo de los tiempos, menos como obra de misericordia que como actividad de Auxilio Social.
Me parece estar viendo a don Domingo con pelliza de cuello de zorro y un puro entre los dientes arrancando en segunda su diminuto Hamilcar de dos plazas y ahí-te pudras, mientras su hijo Domingo, calzando espuelas de rodaja, trota carretera arriba en un burro pío con montura vaquera, y su hermano Juan, con el sombrero cordobés sobre una ceja y la chaqueta de patén sobre el hombro, sale del huerto de su tía Cástula a pasar revista a los ómnibus con gasógeno de la Empresa Casal. Higuera de la Sierra fue siempre un pueblo entrañable y pintoresco, o a mí me lo pareció, y eso que lo viví en aquellos años tristones de la trasguerra española y de la guerra mundial cuando los hombres sin trabajo esperaban un milagro tomando el sol frente a la taberna de Rafael Barranquero y, al lado mismo, frente a Casa Carmona, tomaba el sol también el inspector de Policía asignado, como un criado más, al vasto séquito de don Manuel, el tercer hermano de don Domingo, no fuera a ser que organizara en Higuera un alzamiento carlista. Lo cierto es que mientras don Manuel Fal Conde conspiraba para traer a su rey de derecho divino, su hermano Domingo, para no ser menos, luchaba para hacer volver a Higuera no un rey, sino tres: los tres Reyes Magos de la Cabalgata.
Nada hay que una tanto a un pueblo como los ritos de una fiesta religiosa, y religiosa era y es ante todo esa Adoración de los Magos que simboliza la sumisión al Rey del Cielo de los poderosos de la tierra. En Florencia, “ciudad rica y famosa” que decía Cervantes, contemplaba una vez más en el palacio Medici-Ricciardi el célebre Viaje de los Magos a Belén que pintó Benozzo Gózzoli en los muros de una capillita de planta rectangular. Los personajes de esa Cabalgata eran nada menos que los participantes en la solemne procesión de griegos que acudieron a Florencia para asistir al Concilio de 1439, y con el Portal como meta y la Estrella como guía, lucen sus mejores galas para siempre jamás en el aire claro de las colinas toscanas. Uno de los Magos es el Patriarca de Constantinopla; otro, el Emperador de Oriente; otro, Lorenzo el Magnífico. Médicis de Florencia, Sforzas de Milán, Malatestas de Rímini, doncellas a caballo, pajes a pie, soldados, pastores, armas y ganados, el propio artista y su maestro, el Beato Angélico, integran el fastuoso cortejo que va afluyendo hacia el Pesebre. El Renacimiento echaba por así decir la casa por la ventana y toda la grandeza de la vida pública se ponía al servicio y se desplegaba a la mayor gloria de Aquél al que todo se le debe. A la vista de aquellos frescos inmarcesibles yo pensaba en la grandeza de alma con la que un pequeño pueblo de la provincia de Huelva participa cada año en ese mismo rito, en esa misma tradición que un pintor de genio eternizó en la rica y famosa ciudad de Florencia. A la vista de aquellas túnicas tachonadas de estrellas, de aquellas armas con empresas ilustres, de aquellas libreas, de aquellos jaeces, de aquellas flores delicadas de la ciudad de las flores, yo me acordaba con emoción de los hijos e hijas de Higuera de la Sierra que, desafiando el frío en una de las jornadas más crudas del año, desfilan encarnando las figuras de la Natividad del Señor.
No estoy estableciendo comparaciones, sino asociando ideas. El Viaje de los Magos de Florencia es único y está en la Historia Universal del Arte; la Cabalgata de Higuera de la Sierra es un rosario de cuadros vivos, una representación muda y estática que cambia cada año, y que en ese cambio de un año para otro tiene precisamente su encanto de poética sorpresa. En la noche del 5 de enero el pueblo de Higuera hace el milagro de transformar tractores y camiones en carrozas de leyenda áurea a la vez que se transfigura a sí mismo en la imaginería de la Historia Sagrada. Cristo nació pobre y al Pesebre acudieron por igual los Magos de Oriente y los pastores de Galilea, y El acoge con la misma alegría la permanente obra maestra de una ciudad toscana y el efímero alarde anual de un pueblecito andaluz. Poco a poco, lo que empezó siendo una ocurrencia feliz se ha convertido en una tradición prestigiosa, en una costumbre ritual, y ya se sabe que las costumbres acaban convirtiéndose en derechos, y esos derechos son los de servidumbre de paso que el pueblo de Higuera reconoce a los Reyes Magos, esos reyes por derecho divino en estos tiempos en que los reyes ya no lo son por la gracia de Dios.
Yo no tengo recuerdo de la Cabalgata en los años en que viví en Higuera de la Sierra, que fueron los años de vacas flacas de la guerra mundial, y no volví a tener noticia hasta muchos años después, viviendo ya lejos de Higuera y de España. Esta Cabalgata era ya otra cosa. Concretamente a comienzos de los años 70, la caridad cristiana y el Auxilio Social eran más bien redundantes en la nueva sociedad sin clases de la sociedad de consumo; don Rafael Girón ya no era alcalde, y la Cabalgata volvía a ser regida por don Domingo Fal, pero con un enfoque distinto, de espectáculo litúrgico, dentro de una tradición muy española. La obra de caridad o de beneficencia de unos cuantos era ahora un acontecimiento en el que participaban todos, un acto de culto a la vez que un acto cultural.
La nueva Cabalgata, de ahí su originalidad, entroncaba acaso sin saberlo con una tradición muy española, la de los autos sacramentales, espectáculos con los que la Iglesia procuraba familiarizar al pueblo llano con la Historia Sagrada y los misterios de la religión. Dicen que la cultura es lo que queda cuando se olvida lo que se aprendió, y el hecho es que no hay más cultura popular que la que la Iglesia sembró con sus enseñanzas. Esto se comprueba aun más en zonas rurales que en las grandes capitales y el que haya hecho las Américas sabe muy bien que está aun más vivo allá que en la madre patria. No voy a negar los usos y costumbres precristianos ante los que caen en éxtasis los antropólogos a la adormidera, pero el hecho es que en todos esos pueblos, es el Cristianismo el que ha depurado y refundido esos usos y esas costumbres elevándolos así al rango de cultura. Esto explica que, cuando la Cabalgata dejó de ser un paseo a caballo de tres ricos ensabanados que repartían juguetes y el pueblo dejó de ser mero sujeto pasivo y se incorporó a ella como protagonista, lo hizo sacando lo mejor de sí mismo y poniendo en la empresa todo lo que sabía, que era ni más ni menos una Historia comenzada dos mil años atrás en Belén y que la Iglesia llevaba siglos enseñando a generaciones de catecúmenos. De este modo, el pueblo de Higuera entroncaba con una de sus mejores tradiciones, la tradición interrumpida en el siglo XVIII por la Ilustración, que era la de los autos sacramentales, de los que el primero de todos, que no sólo es el primer monumento de nuestro teatro, sino el primer manuscrito de España, es el Auto de los Reyes Magos.
El Auto de los Reyes Magos se data en torno al año 1170, reinando en Castilla don Alfonso VIII, el mismo que en 1212, al derrotar a los almohades en las Navas de Tolosa, da comienzo a la reconquista de Andalucía, que pasa a ser Castilla la Novísima. Pero este auto del siglo XIII no es único. De dos siglos después data otro, cuyo autor es el poeta portugués Gil Vicente y en el que uno de sus personajes, el Fraile, cita una profecía bíblica:
David en el psalmo setenta
y uno cuenta
reys de Tarsis y Sabá
y de Arabia verná
con humildá,
muy gran compaña sin cuenta,
adorar sin más afrenta,
muy contenta
.

Dice en efecto el versículo 10 del salmo 71: Los reyes de Tarsis y de las Islas le ofrecerán sus dones, / y los reyes de Seba y de Saba le pagarán tributo. La Tarsis de la Biblia era más o menos lo que hoy es el Líbano y entonces era Fenicia, pero no hay que olvidar que los fenicios habían dejado factorías en la Iberia prerromana y quién sabe si Gil Vicente escogió ese versículo por el topónimo de las minas onubenses. La fantasía es libre. Lo que no es fantasía es que el primer Auto de los Reyes Magos preceda en pocos años al inicio de la recuperación de Andalucía para la Cristiandad, es decir, al acta de nacimiento, según nuestros más prestigiosos medievalistas, de Andalucía tal como la conocemos los que nacimos en ella.
El siglo XVIII, que como dije trajo la prohibición de los autos sacramentales, trajo en cambio a nuestra patria la tradición del Presepio napolitano, es decir, del Pesebre, del Portal, del Nacimiento, una costumbre que vino a reforzar y dar un nuevo cauce a la cultura bíblica de nuestro pueblo. Desde entonces, no había hogar cristiano, por humilde que fuera, donde no se montara un Belén.
Esta costumbre del Belén y la tradición del auto sacramental son a mi juicio los dos puntales de esta Cabalgata renovada que ha alcanzado una justa celebridad a lo largo y a lo ancho de nuestra piel de toro. Dije que la Cabalgata entroncaba con los autos sacramentales acaso sin saberlo; en cambio, su entronque con el Belén es plenamente consciente, pues las escenas, las indumentarias, los decorados, los ambientes de las llamadas “carrozas de verde o de pobre”, no sólo denotan un conocimiento exacto de los pasajes evangélicos, sino que proyectan al exterior la Galilea ideal que año tras año se ha montado en cada casa. La hierática inmovilidad de los personajes, niños y animales incluidos, no hace más que reproducir las posturas y actitudes de las figuritas de barro del Nacimiento de toda la vida. Todo el que haya vivido en el campo o en el pueblo reconoce en cada escena las trébedes, el anafe, el pozo, el chozo del pastor, la muela del molino, el horno del pan, el pesebre, el pajar, la leñera…. No puedo olvidar la primera vez que vi esta Cabalgata, que debió de ser allá por el 70 o el 71, aunque sólo fuera porque no recuerdo haber pasado más frío en toda mi vida, y es que ese frío no era sólo el del público envuelto en abrigos y bufandas, el frío propio, sino que a él se sumaba un frío ajeno: el que debían de estar pasando la escultural Estrella de Oriente y sus damas de honor en una carroza más propia de un Carnaval en el Trópico que de una Cabalgata en el Círculo Polar. Aún desfilaban borricos con sus angarillas y un rebaño de ovejas de verdad, pastoreado por don Manuel Rincón. La tierra da además la materia prima de la bíblica escenografía: el olivo, la arcilla de las vasijas y la de las figuras, esa que en esta Sierra llaman “pelóstica”, el bornizo - ¿hay nada más higuereño? -. Pero la materia prima suma es la humana y no hay personaje que desentone en este muestrario de figuras de la Navidad del Señor. Yo pienso que la Santa Madre Iglesia debería conceder indulgencia plenaria a cuantos arrostran el frío de la noche, bajo los luceros, “impasible el ademán”, en las “carrozas de pobre”, como también pienso que todos ellos salen de la prueba renovados y fortalecidos en cuerpo y espíritu. Un gran escritor sevillano, ya desaparecido, Manuel Díez-Crespo, confesaba en estas mismas fechas haberse echado a la calle el Día de Reyes para intentar reconocer en él mismo al “hombre de Dios”, ese “hombre de Dios” de que habla San Pablo en su epístola a Timoteo, ese “hombre nuevo” que es el auténtico hombre libre. Y se preguntaba: “¿Habrá sido por ventura éste el regalo de mis Magos?” Más de uno en la Sierra ha debido de leer, aunque sólo sea por curiosidad, mis recuerdos de infancia publicados con el título nada gratuito de El rey mago y su elefante, en el que concluyo diciendo que “la fiesta de Reyes…es la fiesta que nadie me puede quitar y en la que siempre me quise identificar con los que trajeron el oro, el incienso y la mirra.”
En este punto algo habrá que decir de las “carrozas de lujo”, broche de oro y clave de la Cabalgata, pero no es ciertamente por ellas por las que la Cabalgata de Higuera de la Sierra es lo que es. De todos modos, hay que reconocer que los únicos reyes que siguen viajando en carroza son los tres Reyes Magos, y el boato de su Cabalgata, en lugar de ir a menos como en los monarcas temporales, va siempre a más. Llevan veinte siglos recorriendo el mismo camino en la misma duodécima noche, y lo único que varía es el séquito de pajes, palafreneros, animales fabulosos y ángeles entumecidos que, más que de la Biblia, parecen salidos de las Mil y una Noches. Yo soy monárquico de estos Reyes que van a ver al Rey de los Cielos, llevados en triunfo por el pueblo de Dios. Reyes sólo hay tres y Estrella de Oriente sólo una, pero el pueblo de Dios es innumerable y en esta noche, la duodécima después de Navidad, hay una parte de él, que es el de Higuera de la Sierra, que gracias a la Cabalgata da un alto testimonio de verdadera cultura, es decir, de sentido cristiano de la vida. ¿Cómo no creer de nuevo en los Reyes Magos?

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