Friday, January 31, 2014

Poesía modernista

Este último verano recibí la llamada de un viejo conocido para pedirme, de parte de don Blas Piñar, impedido por sus achaques de salud, que prologara las poesías que escribió a lo largo de su vida. Accedí de inmediato, y tengo la satisfacción al menos de que el interesado llegara a ver el proyecto de libro antes de su muerte, acaecida en las mismas fechas de los poetas Fernando Ortiz y Félix Grande.  Nada más oportuno que rendirle homenaje reproduciendo aquí en extracto algo de lo dicho en ese prólogo.


Una afinidad sorprendente: Blas Piñar y José Hierro
     En el año de 1960 tuve ocasión de asistir en el Instituto de Cultura Hispánica a un homenaje al poeta José Hierro.  Por aquellas mismas fechas más o menos, Hierro obtenía el pingüe premio de literatura recién creado por la Fundación Juan March al que, entre  otros, aspiraba Dámaso Alonso.  El prestigio que Hierro traía de Santander había ido a más en los círculos artísticos madrileños, como uno de los mejores poetas de una promoción en la que brillaban Celaya, Nora, Crémer, Otero, Bousoño, García Nieto, Valverde, Morales, Maruri (luego fray Casto del Niño Jesús)  o “el mínimo y dulce Leopoldo de Luis”, tenaz jardinero de flores naturales.  Hierro no era sólo un poeta de nota, sino un magnífico conferenciante y uno de los más agudos críticos de arte del momento, y tenía su base de irradiación en el Ateneo, donde en un  par de ocasiones tuve el privilegio de que me invitara a leer poesías mías o ajenas.  El homenaje de Cultura Hispánica venía ser un  reconocimiento y una confirmación de la espléndida labor cultural desplegada por el  poeta desde que llegara a Madrid de la mano de Florentino Pérez Embid.  Tan importante fue aquel homenaje que, cuando estaba a punto de dar comienzo, apareció en el escenario del salón de actos, con sorpresa general pues no estaba previsto en el programa, el mismísimo director del Instituto que, con palabra fácil y elegante y con aquel ademán tan suyo de juntar las manos cerradas sobre el pecho y abrirlas en cruz con las palmas extendidas,  hizo un elogio elocuente y cordial de la poesía en general y del poeta que en aquel acto la encarnaba.  Era don Blas Piñar  y fue aquella la primera impresión que tuve de él. (...)
    Lo que yo no sabía era que don Blas perteneciera a la secta de la “poesía secreta”, aunque debo decir que el descubrimiento no me sorprende demasiado; es más, me retrotrae a los tiempos de Cultura Hispánica y al homenaje a Hierro al que acabo de referirme.  Y es que la impresión que da en sus versos es que sus modelos de imitación, las lecturas juveniles que formaron sus gustos y sus preferencias, no pasan de Gabriel y Galán y de Rubén Darío.  Y es ahora cuando entiendo su interés en sumarse a aquel homenaje a José Hierro, uno de los pocos poetas contemporáneos que acusa la influencia del nicaragüense y que confiesa que el devocionario poético de su infancia era El alcázar de las perlas de Francisco Villaespesa.   (…)
De todos los poetas del 27 es Alberti el único que, de modo deliberado, acusa la influencia de Rubén, influencia que no vuelve a notarse hasta que resulta patente en el poeta de Quinta del 42, sobre el que no deja de desteñir Gerardo Diego, el otro del 27 abierto desde el primer momento a las corrientes trasatlánticas.   Entre los poetas más jóvenes, están el barcelonés Enrique Badosa y el ruteño Mariano Roldán, los únicos prácticamente que han utilizado el metro eneasílabo  como lo ha hecho Hierro. Latinistas los dos, excelentes traductores de Horacio y de Lucano, versifican con una riqueza métrica que no se reduce al número de sílabas del verso,  sino que se extiende a la distribución en él de los acentos  y a la sabia combinación de sílabas largas y cortas. Lo mismo cabe decir de Hierro. Lo mismo de Blas Piñar, sobre todo en sus poesías más juveniles.  No tengo inconveniente en suponer a estos últimos la formación latina de los otros dos, pues de lo contrario no se explicaría esa métrica y esa rítmica de pies que aflora en muchas de sus composiciones.  (…)
Tal vez fuera un capricho del azar la adhesión desde arriba al homenaje a José Hierro, un poeta más o menos de su edad, pero de trayectoria vital no digamos distinta, sino contrapuesta a la suya.  Y si pongo aquí juntos sus dos nombres es porque, por debajo del posible gesto de caballerosidad hacia un presunto adversario, hubo posiblemente una inefable afinidad estilística en la común devoción por el Poeta de la Raza.

“Viñamarina, 6 de septiembre de 2013  





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Thursday, January 30, 2014

Nihil novum


SE escribió en la Sevilla de 1918, pero lean, lean: "¿No ha sucedido nada en dos años? Pues está al descubierto la rápida desintegración de los viejos partidos, por la retirada, no expectante, sino agresiva y amenazadora, de las clases sociales… Hay más: está en litigio la unidad de España como Nación… Es ésta una situación gravísima para la Patria, para la constitución orgánica del Estado, para la Religión, para la Corona, para la propiedad, para el derecho… ¿Tan ciegos están que no se percatan de las terribles y trascendentales mudanzas acaecidas?" Quien así tronaba era don Manuel Rojas Marcos, líder de la Liga Católica, grupo político desaparecido de la memoria andaluza pero que jugó un papel muy destacado durante décadas, tal como puso de relieve hace algunos años un muy documentado libro de José Leonardo Ruiz. (De la columna de hoy de Rafael Sánchez Saus en el Diario de Sevilla)

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Wednesday, January 29, 2014

Fernando Ortiz in memoriam

Anoche falleció en Sevilla el poeta Fernando Ortiz, en cuya memoria reproduzco esta crónica, esta semblanza, este homenaje escrito en un tiempo en que aún teníamos mucha amistad y mucha poesía por delante.



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Monday, January 27, 2014

Una extranjera

 
ABC de Sevilla, domingo 26 de enero de 2014
(José María de Sagarra)

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Sunday, January 26, 2014

Divinanzas

(Abel Feu, José Mateos y Enrique García-Máiquez)
Véase Diario de Cádiz

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Friday, January 24, 2014

Habla la Virgen María


                         :
                                    (Inmaculada. Francisco Pacheco)        

                    Sagrado Corazón, Merced, Paloma,
                    Camino, Guadalupe,
                    Lourdes, Amor Hermoso, Buen Consejo,
                    Purísima, del Carmen, Alegría,
                    Rosario, de los Reyes, Macarena,
                    Milagrosa, Pilar, Torreciudad,
                    Pompeya, Buena Muerte, Candelaria,
                   Ojos Grandes, Loreto,
                    la Madonna del Pozzo, Monserrat,
                    Fátima, Czestochowa, de la Cruz...
                    Me dan miles de nombres, más que estrellas,
                    aunque María a secas no está mal,
                    una escueta manera de llamarme.

                                                                             Carlos PUJOL

                                                                             (MAGNIFICAT )


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Wednesday, January 22, 2014

Ni socialista ni liberal



                                                           

Francisco: ni socialista ni liberal
                                                                                                            Alberto Buela

En los primeros días de enero apareció un artículo firmado por el teólogo brasileño de la teología de la liberación, Leonardo Boff, hablando sobre el Papa Francisco y su concepción de la economía, vinculándolo con el economista socialista húngaro Karl Polanyi (1896-1964).
En principio pensamos escribir algo pero, preferimos guardar silencio, para no menear el asunto y así, la mentira a designio e  interesada de Boff, muriera por su propio peso.
Pero como nunca falta un buey corneta, apareció en estos días el artículo de un periodista canadiense, haciéndose eco del artículo de Boff y cantando loas a Polanyi  y haciendo aparecer a Francisco como su discípulo amado.

Si bien nosotros no somos “franciscólogos” como hoy aparecen tantos, pero conocemos de visu la trayectoria intelectual de Francisco, estamos obligados a afirmar que la crítica del Papa al liberalismo y a la economía del capitalismo salvaje no nace ni se apoya en el socialista Polanyi sino en el menos renombrado y más telúrico nacionalista argentino, el cura Leonardo Castellani (1899-1981).
Francisco conoció y trató al “Chesterton del castellano” según lo apodaron en España. Fue conmilitón de él por ser también jesuita. Y castigado también como él por el superior de la orden. Hijo de “gringos” como él. A Francisco lo rescata de su ostracismo en Córdoba para llevarlo al arzobispado de Buenos Aires, el cardenal Antonio Quarracino, quien fue quien rescató públicamente al cura Castellani.
La crítica al liberalismo capitalista de Francisco encuentra su último fundamento en la realidad tal como es y como él la ve. Pero, el antecedente que hay que tener en cuenta es la crítica de Castellani, que es de donde se nutre Francisco.
Los trabajos de Jerónimo del Rey, tal uno de sus pseudónimos, sobre el liberalismo son innúmeros y así en su inmensa producción se suceden libros, artículos, folletos y conferencias. Sus críticas están hechas desde todos los ángulos: filosófico, político, teológico, económico, social y cultural.
La diferencia entre Castellani y Polanyi es abismal. Mientras que el santafesino propone restaurare omnia in Christo el húngaro propone un socialismo cristiano. Esto es, combatir al liberalismo capitalismo con pececitos colorados nadando en agua bendita.
Leonardo Boff sabe esto y sabe de las graves limitaciones del socialismo cristiano para combatir al capitalismo, pero usa la figura de Polanyi para llevar agua a su molino: hoy los teólogos de la liberación se quieren salvar con Francisco. El que no sabe es el mamarracho canadiense (de apellido Rabilotta. Se presta para el versito) que quiere pegar a Francisco con socialismo cristiano sin haber estudiado, mínimamente, los pasos en la formación del Papa.
La periodista del diario La Nación de Argentina, Elisabetta Piqué, una especie de viuda intelectual del Papa Francisco, hoy 21/1/14 cuenta que “cuando fue creado (el verbo correcto "designado") cardenal en febrero de 2001, prefirió mandar arreglar el hábito de su predecesor el arzobispo Antonio Quarracino, antes que degastar (el verbo correcto es "malgastar") unos 1000 euros para mandarse hacer uno nuevo”.
Es que el principio de austeridad es el fundamento último para poder combatir con éxito la sociedad de consumo, pues como decía Hegel: el consumo es infinito.
Y la idea de vivir austeramente es lo que tiene metido Francisco hasta el tuétano, y en esto Polanyi está pintado, está demás, sobra. Esa austeridad raigal le viene de los gringos de sus padres que con una mano atrás y otra adelante vinieron a la Argentina ante la imposibilidad de ser plenamente hombres en Italia. Le viene del ideario de San Ignacio, Le viene, en definitiva, de la figura emblemática para él: San Francisco de Asís.


Ex cursus
El escrito de Boff es tan jodido que termina afirmando que “el Jesús histórico que actualiza Francisco, no tiene nada que ver con el cristianismo proselitista”, cuando, por el contrario, la lucha real y concreta de Francisco es, frente a la marea arrolladora del evangelismo en sus distintas variantes, recuperar los fieles para la Iglesia.

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Tuesday, January 21, 2014

Dominus Ostiae



Hoy es el día de San Sebastián



Hoy celebra el santoral la fiesta de San Sebastián, nombre que adorna y ennoblece a los donostiarras. Acerca de la capital guipuzcoana así responde Wikipedia: «San Sebastián, en euskera (sic)* Donostia, y oficialmente Donostia-San Sebastián… »
Si bien es cierto que Wikipedia suele advertirnos que en muchos casos carece de cátedra, ello se compensa con lo mucho que ayuda a recoger datos para cualquier investigación. En esto de San Sebastián que se nos asegure que la palabra Donostia viene del euskera es lo que recupera este artículo ya colgado hace algún tiempo y que ahora deseo completar.
Cuantas veces he viajado por tierras euscaldunas no me ha chocado que Vitoria sea Gazteiz y Bilbao, Bilbo, pero que a San Sebastián se la llame Donostia dificultaba bastante mis entendederas. Puede, me decía yo en mi ignorancia, que sea el intento de imponer sobre su nombre cristiano la paridad de una denominación de origen... supuestamente más vasco. Por tanto, lo primero que me venía era la pregunta: ¿Por qué a San Sebastián, la capital guipuzcoana, se la llama también Donostia? ¿Es realmente, como dice Wikipedia, o quien en ella lo aportara, una palabra de origen vasco? Pues a mí me parece que va a ser que no. Resulta que es la más latina de las opciones, la menos euscalduna de las tres: Gazteiz, Bilbo y Donostia.
Los "expertos" aseguran que “Donostia” viene de trasladar ‘San Sebastián’ al vascuence. Que ‘done’ es el vocablo vasco para decir “santo”. De ahí, Done Sebastai, Done Sasti, Donasti y finalmente Donostia... Para cualquiera se destaca el acomodo del argumento a la pasión diferenciadora, a la singularidad que aleje de la relación con un santo y, por ahí, también del origen cristiano... Pero, no.
Para desentrañar la historia de muchos nombres son bastante útiles los gentilicios. Así, el gentilicio ‘donostiarra’ designa a los nacidos en la Bella Easo. Por cierto, tampoco Easo es nombre ajeno a la romanidad pues que deriva del nombre ‘Oeason’ que los romanos le habían dado. Siguiendo nuestro método, pongamos como ejemplo a los nacidos en Calatayud, que se llaman bilbilitanos porque a aquella ciudad zaragozana los romanos la llamaron Bilbilis; o a los naturales de Mérida, llamados emeritenses porque Roma, otra vez Roma, llamaron a Mérida ‘Emérita Augusta’ por ser destino de premio y retiro para soldados eméritos de la legiones.
Volvamos a Roma y a la Iglesia naciente y perseguida
En tiempo del Emperador Diocleciano vivió un noble ciudadano llamado Sebastián que se convirtió al cristianismo. Justamente el éxito de la evangelización del Imperio fue que, a más de infinidad de esclavos, se convirtieran también muchos patricios, soldados y magnates. Uno de ellos fue Sebastián, de posición importante en cuanto gobernador de uno de los puertos de mayor tráfico del Imperio y de su ciudad. Lo cual, quiero decir su nombre y su persona, como es obvio realzaba a la religión cristiana. La ciudad portuaria era Ostia, a Sebastián se le conocía como el “Señor – Dominus – de Ostia”. Ventaja proselitista que él no desperdiciaba pues que “la perla de gran valor” (Mt 13, 45- 46) no era entonces, como ahora, falsa moneda de la que avergonzarse.
La persecución de Diocleciano fue la última y la más sanguinaria de todas y la que puso a Sebastián en la disyuntiva de abandonar su fe o morir acribillado con flechas; singular castigo que destaca el reconocimiento de su posición. Pasados los años y tras la total cristianización de Hispania, el ´Dominus Ostiae´ o Señor de Ostia, enalteció la ciudad también portuaria del golfo de Vizcaya. Subrayemos que Sebastián, el Señor de Ostia, no murió a causa de aquellas flechas con que le pintan, sino que se recuperó y se atrevió a visitar al Emperador para recriminarle sus ataques al cristianismo y a los cristianos. Por supuesto, fue de nuevo ajusticiado y, esta vez, muerto de verdad. El mártir alcanzó un renombre inmenso no ya sólo a causa de recuperarse del primer castigo sino por el proceso que se siguió tras insistir en la defensa de la divinidad de Cristo.
Al correr del tiempo, San Sebastián, el mártir y señor de Ostia, fue adoptado como patrón por muchas ciudades de la Cristiandad; por ejemplo, en España hay cinco que yo sepa, y docenas en el mundo que le tienen por patrón. De Milán es su segundo patrón, al lado de San Ambrosio. Muy raro parece que haya de ser Donostia el "único San Sebastián" que no provenga del puerto de Roma. Sebastián, santo y, además, grande entre los grandes de la Iglesia, fue noble patricio, cristiano arrojado, servidor de su ciudad, alto funcionario del Imperio. Con lo que la denominación Donostia viene a ser recuerdo y epítome de su nombre y de su vida.
Es a este Dominus Ostiae, Señor de Ostia, al que da homenaje la capital guipuzcoana porque sus habitantes quisieron unirse a Cristo y a la Cristiandad bajo su protección. Ostia, Don-Ostia... Con sincero asombro se contempla, aun sin examinarlo con detención, la locura general de cómo incluso en los antaño grandes viveros de cristianismo se quiere eliminar su verdadera entidad para inventar nuevos orígenes que rayan en el suicidio teologal, identificador y de debido respeto a los orígenes. Una especie de apostasía histórica consentida, tal vez inadvertida, por cierta clase clerical que se dejó robar la cartera con las mismas intoxicaciones de Judas.
La afición al embrollo todavía guarda novedades. Por ejemplo, asegurar que el santo Sebastián no era de Ostia sino de Narbonne (Francia), porque está más cerca. Fundamento que puede valer en sentido contrario dado que en Francia no se cortan de adjudicar la gabachez supina a San Martín, porque fue obispo de Tours, olvidándose de que les llegó de Hungría para evangelizarlos. En fin, que los que no quieren ser de la Easo, hoy casi en desuso, ni tampoco de San Sebastián, pueden estar seguros y orgullosos de que Donostia es el más latino, romano, católico y señorial de todos los nombres posibles para la joya del norte.
Algo más que decir
Fue con el rey Sancho de Navarra, siglo XII, que la capital guipuzcoana prefirió llamarse San Sebastián. Hubo que esperar tanto porque no ya los romanos apenas se fijaron en las tierras vascas sino que, además, como recuerda el historiador Claudio Sánchez Albornoz, sus naturales adoraron el fuego hasta bien entrado el cristianismo. Con esto quiero señalar que la fundación documentada de San Sebastián y la de Vitoria se remonta a aquel siglo en que el rey navarro extendió a los vascones desde los Pirineos hasta más allá del río Ebro y de Cantabria. Este dato es de amnesia general porque muy poco ayuda a las modernas exigencias anexionistas.
Y ahora es el momento de hablar de la llamada Iglesia Vasca, más cierto la guipuzcoana, y de la interesante circunstancia de tener un obispo “de los que no han habido en España desde la llamada Transición”. (Jiménez Losantos, en "La Mañana", EsRadio). Las expectativas que despierta su obispo, ministro de Dios y sucesor directo de los Apóstoles, por el Espíritu Santo, pasan por que muchos bautizados donostiarras vuelvan a la religión para desprecio de culturas - casi religiones - ideológicas, o para que la catolicidad se imponga sobre una onfalitis infecciosa. Y que la producción del chacolí no les castigue ignorando el Vega Sicilia, el Rioja o el Jerez. Restaurar y conservar el Evangelio en las almas a él encomendadas bastará para superar muchos años de torcimiento e intoxicación en sus diocesanos. Es honda esperanza que depositamos en la intercesión de San Sebastián, Dominus Ostiae y mártir de Diocleciano.
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* Euskera, en castellano se escribe eusquera y también éuscaro, de la misma manera que English, en español es inglés; o Deutsch, alemán.

Hoy sale San Sebastián en  procesión por las calles del pueblo onubense de Higuera de la Sierra, del que es patrón. (A. D.)


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Thursday, January 16, 2014

Vidas del siglo pasado

                            

CARMEN GIPPINI Y EL TEATRO APOLO

Carmen Gippini dejó antes de morir unos versos que sin duda harán suyos en estos tiempos borrascosos muchos españoles de bien

ALLÁ por 1951 o 1952 llegó a Sevilla un joven médico bilbaíno que se llamaba Vicente Arenal y estaba emparentado con la familia de don Ramón Carande, con cuyo hijo Bernardo y otros amigos universitarios andaba yo metido en los trabajos fundacionales de la revista Aljibe. En la consulta que abrió en uno de los pisos del América Palace, junto al Prado de San Sebastián y la Estación de Autobuses, amueblado aún con unas rústicas sillas de enea con los barrotes pintados de azul, organizó una tertulia literaria a la que nos llevó Bernardo y en la que por cierto el anfitrión hizo un gran elogio de El bosque animado de Fernández Flórez, autor poco estimado de la juventud rebelde en cuyas filas Bernardo militó hasta el fin de sus días. Arenal admiraba mucho a los grandes poetas de su tierra y de su edad, Celaya y Otero, y asistió a la lectura que hicieron en el Club La Rábida los poetas cordobeses Julio Aumente, Ricardo Molina y Pablo García Baena, al concluir la cual me comentó que aquella poesía no le había gustado «un pimiento». Vicente Arenal —lo supe al cabo de los años— había hecho la guerra en las brigadas de Navarra, en el mismo bando de los poetas que admiraba, pasados luego al bando contrario.
Algo más de veinte años después, trabé conocimiento en Madrid con otro pariente de los Carande, Javier Martínez de Bedoya, casado con Mercedes Sanz Bachiller, viuda de Onésimo Redondo, que me regaló un libro suyo sobre «Marcuse y el socialismo», subtitulado El socialismo imposible. Vivía en General Sanjurjo, hoy Abascal, donde conocí a Mercedes, y me invitó a comer en un restaurante de la plaza de San Amaro que se llamaba La Marmite, propiedad de la hija que tuvo con Mercedes.
Unos años más tarde, mi amigo José María Alberich Sotomayor me obsequió con un ejemplar de las Memorias de una madre, de Carmen Gippini. Estas memorias, escritas sin otro propósito que dejar constancia de la vida familiar a su numerosa descendencia —tuvo diez hijos e innumerables sobrinos y nietos—, son una historia de una familia, desde luego, y además, el retrato fiel de una época. Nacida en Madrid, entre la iglesia de San José y lo que entonces era el Teatro Apolo, empieza dando cuenta de lo que era la vida artística y social en torno a este teatro y puede decirse que además contempla desde el palco preferente que son sus balcones a la calle de Alcalá, el espectáculo, rico en golpes de teatro, de la Historia de España en la primera mitad del siglo XX: el atentado contra el Rey en el día de su boda, la huelga general revolucionaria del 17, la dictadura de Primo de Rivera, la proclamación de la segunda República y el rosario de desmanes que culminó en la guerra civil, que le pilló a ella en Algorta y a su madre en Pinto. El ambiente social en que se movía la hizo intimar con la familia Besteiro o con Lolita Rivas Cherif, con el tiempo esposa de don Manuel Azaña. Por las páginas de estos recuerdos pasa una galería de personajes conocidos e importantes en la vida pública, vistos en la juventud o en la intimidad. Muchos han sido ya olvidados, y a todos los eclipsa uno de los hijos de la autora, Enrique Sotomayor, caído en plena juventud en el frente ruso y a quien Dionisio Ridruejo nos retrata en unos trazos inolvidables en sus recuerdos de la División Azul. Sobre Enrique Sotomayor hay mucho que decir, y ojalá lleguen a buen puerto las gestiones en marcha desde que pasaron por mis manos los papeles que conser vaba la familia.
Otro personaje, amigo de la familia, que aparece en el Bilbao que aguarda su liberación por las tropas nacionales, es precisamente el padre de mi difunto amigo Vicente Arenal, el notario don Celestino Arenal García de Enterría, casado con doña Felisa Martínez de Bedoya y Martínez Carande, apellidos maternos que se unen en el académico don Eduardo, teórico si mal no recuerdo del engendro de las autonomías, y explican el parentesco de éste con el marido de Mercedes Sanz y con mi fraternal amigo Bernardo Víctor. No sé por qué esta anécdota menor cobra para mí esta importancia en un libro lleno de noticias estupendas, como no sea porque por su llaneza y su claridad y su elegancia expresiva me recuerda otras memorias más recientes: las de la madre de Bernardo Víctor, María Rosa de la Torre Millares, sobre su primera juventud en Las Palmas de Gran Canaria. María Rosa hizo su entrada en el Madrid recién liberado tocada de boina roja y acompañada de Javier Martínez de Bedoya. Su marido don Ramón los esperaba en el Banco Urquijo.
Carmen Gippini dejó antes de morir unos versos, que han llegado a mis manos desde las mismas que me hicieron llegar sus Memorias y los papeles de su hijo Enrique: su yerno y sobrino José María Alberich Sotomayor, y esos versos, que sin duda harán suyos en estos tiempos borrascosos muchos españoles de bien, me han inducido a la divagación precedente, acaso prolija, pero imprescindible a mi juicio para destacar la personalidad de la autora.

(ABC de Sevilla, jueves 16 de enero  de 2014)

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Wednesday, January 15, 2014

Martes doloroso


                         Texto leído en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras el martes 14 de enero de 2013  en una sesión doblemente necrológica, pues aparte de que el autor homenajeado ya no esté entre nosotros, nos llegaba la noticia del fallecimiento de nuestro antiguo Director el Excmo. Sr. D. Eduardo Ybarra Hidalgo, que en aquellos momentos yacía en la capilla ardiente del Hospital de la Caridad, de la que fue hermano.   
       
                         La obra selecta y redonda de Francisco Pleguezuelo

No hace mucho, en una Universidad norteamericana, al hacer la historia de mis primeros pasos literarios, alguien que me oía se creyó en el caso de compadecerme por las terribles dificultades que había tenido que superar en un medio tan hostil como era la España de mi adolescencia y mi juventud.  La verdad es que ya no sé cómo decir que de aquella España de mi juventud y mi adolescencia no tengo malos recuerdos después de todo, y si hago esta salvedad de “después de todo”, es porque los malos recuerdos que pueda tener y que tengo, no se deben a “aquella España”, sino a mi condición humana, ni mejor ni peor que la del común de los mortales. . Es  más; si volviera a nacer y me dieran a escoger época, escogería la que me tocó en suerte con sus luces y sus sombras, sobre todo dada mi propensión a recrearme en el lado luminoso de las cosas. Y una de las cosas más luminosas de mi juventud fue precisamente el conocimiento de lo que vamos a llamar el grupo fundador de la revista Platero.
(Cádiz, marzo 1952. Fernando Quiñones, A. D., Antonio Gala, Francisco Pleguezuelo)
 
Y ese conocimiento, que ya venía anunciándose desde los cuadernillos mecanografiados de Alcaraván y El Parnaso, tomó cuerpo, se hizo personal gracias al servicio militar en la Milicia Naval Universitaria en la que conseguí ingresar gracias a otro poeta gaditano, Jerónimo Martel, sobrino del entonces capitán de navío y jefe de la MNU don Eduardo Gener, piedra angular de otra revista, Madrigal, de Puerto Real. Don Eduardo era poeta él mismo y dibujante de gusto, ilustrador por cierto del librito sobre el sevillano barrio de Santa Cruz de José María Pemán.  Una mañana que desayunaba en el Hotel Atlántico con un profesor salmantino y su señora, nos llegaron unos toques de corneta del vecino fuerte de Santa Catalina y el profesor comentó que aquello le recordaba  su juventud en el servicio militar, si bien se apresuró a puntualizar que el servicio militar había sido una pérdida de tiempo que le había impedido hacer otras cosas.  Yo le repliqué que gracias al servicio militar precisamente había yo podido conocer Cádiz, Canarias y Galicia, cosa que entonces no estaba al alcance de mi economía familiar, y sobre todo el mar que rodea a la Península. Huelga decir que mi primera salida de la Escuela de Suboficiales, hasta hacía poco Escuela Naval, fue a Cádiz a encontrarme con. Julio Mariscal en la terraza del Novelty  y a la sede de Platero en la gestoría de Paquito Pro, el hermano de Serafín Pro, en la calle Fernán Caballero. Creo que fui de la mano de Paco Pleguezuelo a quien ya me habían presentado en Sevilla, en el patio de Maese Rodrigo de la Universidad, y allí fue mi primer encuentro con Fernando Quiñones, que irrumpió como un golpe de mar y me alzó en vilo de buenas a primeras.  Fueron ellos los que me presentaron a Pemán al encontrarnos con él por la calle Benjumeda. Pemán venía siguiendo con simpatía a los jóvenes poetas gaditanos ya en las hojas mecanografiadas de El Parnaso, y en la primera época de Platero, ya con el burrito de Pepe Pleguezuelo en la portada, llegó a saludarlos en verso:
        Sí, muchachos de Cádiz, con esa letra humilde, 
       mecánica y borrosa
       que es como un hablar bajo detrás de un jazminero…

 Pemán, que era mucho en la España de entonces, en Cádiz lo era todo, y por su acogida cabe deducir la dispensada por el resto de las personalidades de la cultura gaditana del momento, a las que hay que añadir el Delegado Provincial de Educación Popular José María García Cernuda, y el Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento Carlos Rodríguez de Valcárcel, deslumbrados por el talento precoz de Fernando Quiñones y sus ocurrencias de enfant terrible.  Por cierto, Quiñones, factótum y mano derecha del camarada García Cernuda en el periódico La Voz del Sur, fue quien me publicó en sus páginas, en aquel verano de 1951, la décima  a la plaza de toros del Puerto de Santa María que muchos años más tarde pondrían en el callejón de dicha plaza con la fecha equivocada. No muy distintas serían las circunstancias que propiciaron la fundación de la revista sevillana Aljibe en el otoño de aquel mismo año de 1951 ni la acogida de la ciudad a sus nuevos poetas.

    Puede que me haya excedido en la evocación de aquellos años iniciales, de los que ya quedamos pocos testigos, pero como son años de los que se habla a mocosuena y se dan interpretaciones torcidas, los pocos que conservamos la memoria sin contaminar tenemos el deber de contar las cosas como fueron y de dejar con las témporas al aire a los zoilos del “páramo cultural” y a las vestales de la “memoria histórica”.

     De los cuatro fundadores de Platero fue Quiñones el único que hizo carrera en la literatura o que haría de la literatura el eje de su vida. Serafín Pro y Felipe Sordo dejaron prácticamente de escribir al trasladarse a Madrid. Pleguezuelo fue otra cosa. Tuvo, apoyado unas veces y arrastrado otras, por su extraordinario hermano Antonio, que convertirse en lo que entonces se decía “un hombre de provecho”, pero no por ello dejó de escribir, y de vez en cuando aparecía su firma en la prensa sevillana. Su gran reconocimiento le llegó dos años antes de su muerte, y fue la concesión por el diario ABC de Sevilla del Premio “Joaquín Romero Murube”, acto al que tuve el privilegio de asistir, y conmigo la crema y el pachulí, que diría el P. Coloma, de la sociedad sevillana. El artículo premiado era un homenaje a la Giralda, un diálogo entre el Giraldillo y su reproducción a propósito del rigodón de ambas figuras en aquellos años de restauraciones.  En realidad se trataba de un cuento fantástico doblado de apólogo moral, género en el que cabía encasillar los trabajos de su primer y único libro hasta entonces, el aparecido dos años atrás en la Fundación El Monte con el título de El olor de la seba.  No deja de ser curioso que de los cuatro prolíficos fundadores de Platero sólo Quiñones lo siguiera siendo. Dos de ellos publicaron un solo libro por cabeza: Felipe Sordo Lamadrid, que recogió sus versos bajo el título Canción elemental, aparecido con el sello de Alcaraván en 1963 en Jerez y con el patrocinio del Excmo. Ayuntamiento de Arcos de la Frontera. El otro fue Francisco Pleguezuelo, muchos años más tarde, con el libro antedicho, fechado en 2006.  Sin embargo, entre los asiduos seguidores de Platero y entre sus propios fundadores e impulsores, quien gozaba de mayor prestigio intelectual era Serafín Pro Hesles, cuyas prosas nos entusiasmaban y cuyas lecturas, vastas y selectas a un tiempo, nos infundían un respeto imponente. El caso es que, al emigrar a la capital con Felipe Sordo, de la mano ambos de Fernando Quiñones, no volvió Serafín que yo sepa a publicar ni una línea y puede decirse que toda su vida literaria en la capital se redujo a visitar a Baroja el día de los Inocentes, en que éste cumplía años, y llevarle un rosco de Reyes.  Paco Pleguezuelo, que siempre mantuvo la devoción por Serafín, me comentaba que era un pozo de sabiduría literaria y que el mejor día produciría algo sensacional.  Yo le repliqué que estaba equivocado; que a fuerza de ahondar el pozo, a Serafín se le había olvidado cómo se saca el agua, y añadí algo que López Estrada me contó de Muñoz Rojas, en el sentido de que la escritura es un afán diario y que no hay que dejar pasar un día sin su línea, aunque sólo sea una breve nota bibliográfica.  Yo creo que Paco Pleguezuelo tomó buena nota, y eso explica todo lo que dejó escrito y que, gracias a esta selección tan bien hecha, se hace un hueco de lujo en la posteridad. 

    Y es que en este caso, más que de OBRA COMPLETA, habría que hablar de “Obra selecta”, ya que por ejemplo quedan fuera sus traducciones de Eliot o de Eluard, muestra de las lenguas que Pleguezuelo conocía y manejaba. Pero es que aparte de esas lenguas cultas, la que manejaba y conocía prodigiosamente era la propia, la lengua castellana en su variedad andaluza.  Alguna vez he dicho que mi interés, o mi preocupación, por la propiedad del lenguaje, vienen de haber estudiado Derecho y de haber servido en la Marina.  A Pleguezuelo le pasó otro tanto, y resultó un alumno más aprovechado, pues no sólo estudió la carrera de Leyes, sino que la practicó por un tiempo, y en cuanto al lenguaje marinero, no se limitó a los meses de servicio militar, que él hizo además en el Ejército de Tierra, sino que fue el resultado de una manera de vivir y de amar la mar de Cádiz.  Hay en efecto relatos de Pleguezuelo que son verdaderas lecciones de cosas en lo que al lenguaje de los hombres de mar se refiere, tanto en las piezas de los aparejos, como en los chirimbolos de la embarcación, en el conocimiento de las mareas y de los vientos, en la enumeración de las especies de los caladeros, y la observación de los efectos de la luz tanto en el mar como en el caserío de la costa. La descripción por ejemplo que hace de Sanlúcar de Barrameda, de sus distintas playas, de su avifauna, de su variopinta población, de su laberíntico callejero, del revoltijo de palacios, iglesias, bodegas, tabernas, miradores, ya sería de por sí una obra de arte, si además no se metiera en una de esas casas de buen aspecto, nos la describiera por dentro con el mismo gusto con el que sus dueños la amueblaron y a continuación en el alma y los sentimientos de las tres personas que la habitan. Me refiero al relato titulado Ana, donde todo lo que pasa es tan bello y tan angustioso que no sabe el lector si aquella historia va a tener un desenlace trágico o convencional, para llevarse la sorpresa que el desenlace no es lo uno ni lo otro.  Ejemplos como éste abundan en este tesoro de libro, de cuyas páginas tanto se aprende y tanta envidia nos infunde en los que más o menos somos del oficio. Pero hay otra cosa en el lenguaje literario de Pleguezuelo que no se puede pasar por alto. En una época en que se ha llegado a confundir la libertad de expresión con la suciedad de expresión, la prosa de Pleguezuelo es un modelo de limpieza, precisamente porque es un modelo de propiedad.  Pleguezuelo es un hombre de su tiempo del que da un honrado testimonio, que llama las cosas por su nombre y no oculta sus filias y sus fobias, pero que no las utiliza como armas arrojadizas y que incluso aquello que no pueda gustar a tal o cual lector, lo dice con educación. 

    Muchas son las ideas que sugiere este libro tan rico, tan vario, tan entretenido, tan discreto en el sentido cervantino del término, obra redonda más que “obra completa”.  Si me pusiera a glosar sistemáticamente cada una de sus secciones no acabaría en una semana. Yo conocí a Paco Pleguezuelo a los pocos días de haberse recibido en la sede de Aljibe el número de Platero en el que él publicaba una prosa poética dedicada a un vaciado en yeso de las manos de Chopin, que Gala por cierto comentó con sus pérfidas ingeniosidades. Al presentárselo a él, exclamó: “¡Ah, tú eres el autor de ese poema a las manos de Chopin que tanto celebramos!”  En aquellos días se citó con él en un bar de la Campana y hablaron de todo. Al día siguiente en la Facultad me daba Antonio cuenta de la entrevista y de la excelente impresión que le había causado aquel chico que, sin embargo, no tenía nada que hacer en la literatura. Bien es verdad que por aquellos años, ya en Madrid, Antonio se inventó el marbete de “la generación frustrada”, que por supuesto encabezaba  él y en la que entrábamos todos sus amigos y coetáneos del sur con inclusión destacada de Quiñones y su “discipulado”.  La única crítica  inapelable es la del tiempo, y ya quisieran muchos de los que han vivido y viven de las letras, haberlas cultivado con el decoro y el buen hacer de alguien que nunca pensó vivir de ellas, por más que ellas le hicieran tan grata la vida como ahora él nos la hace a sus lectores.

    En los últimos tiempos, es decir, desde que se operó de la garganta, Paco y yo nos comunicábamos principalmente por escrito. En Venecia estaba yo - ¡lo que son las cosas! – cuando tuve noticia de la muerte de Quiñones y acto seguido escribí dos cartas: una a Nadia en Cádiz y otra a Pleguezuelo en Sevilla. La última vez que nos vimos fue en la cena de la concesión del premio “Romero Murube” en la sede cartujana de ABC.  Por cierto, que mientras hacía antesala en una especie de tienda de campaña con otros amigos y conocidos, llegó el entonces presidente Chaves y nos saludó uno por uno. Al llegar mi turno y estrechar su mano, me quedé como bloqueado sin saber qué decir y no se me ocurrió otra cosa que exclamar, bien alto y claro: “¡Arriba España!”

   

   

   

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