Saturday, March 31, 2012

Domingo de Ramos



(De La Calle de la Luna, Sevilla 1958. Escrito en 1951 o 1952 en Sevilla)

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Sunday, March 25, 2012

Otra reseña


Véanse reseña y comentarios en el blog de Pío Moa

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Friday, March 23, 2012

Gira norteamericana IV


El jueves 22 de marzo hablé sobre las circunstancias que rodearon la escritura de algunos poemas míos en un seminario de Swarthmore College dirigido por la profesora María Luisa Guardiola. De este modo tuve la oportunidad de bosquejar de algún modo mi biografia poética.

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Sunday, March 18, 2012

Gira norteamericana III



Miércoles 20 de marzo, Bryn Mawr.

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Gira norteamericana II


Martes 19, Día de San José, Universidad de Delaware.

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Gira norteamericana I



El pasado viernes 16 de marzo hablaba sobre Góngora y el 27 en el Departamento de Lenguas Romances de la Universidad de Chicago, es decir, rememoraba la amistad de poetas de nuestra lengua que en cierto modo me permitieron vincularme a la familia espiritual de don Luis.



Véase Western Mediterranean Culture Worhshop



(Chicago from Navy Pier)

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Saturday, March 10, 2012

Retorno al páramo


Blogs
ENRIQUE GARCÍA-MÁIQUEZ
Biblioteca pública, 7 de marzo 2012
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CEU Ediciones ha reunido en un libro las clases que el escritor Aquilino Duque (Sevilla, 1931) impartió en el seminario titulado Memoria y ficción en las letras españolas de trasguerra. Los que entonces lamentamos no poder acudir a aquellas sesiones estamos ahora de enhorabuena.

La intención del libro es la reivindicación de una serie de escritores que, por unos motivos u otros, pero principalmente políticos, no gozan de la consideración que merecen. Olvido que es la única explicación de que se moteje a los años que siguieron a la guerra civil como de “páramo cultural”. De tener en cuenta a aquellos escritores irrepetibles no se repetirían esos clichés perezosos. Por ese afán reivindicador, Aquilino Duque renuncia a dedicar un capítulo a Camilo José Cela, cuya fama —dice— habla por sí sola. Sí dedica capítulos, entre la evocación, la divagación y la crítica literaria estricta a José María Pemán (del que escribe: “Le salía todo demasiado bien como para no ser blanco de envidias, pero él era demasiado superior como para no sobrellevarlas con una benévola ironía”), a Ramón y don Ramón (Gómez de la Serna y Valle-Inclán, respectivamente), a Vicente Risco, a los hermanos Villalonga y a Rafael Sánchez Mazas.

La prosa de Aquilino Duque tiene el don de encanto o, más aún, poder encantatorio. El lector discurre por sus líneas ensayísticas y a ratos provocativas como si estuviese abducido por el más adictivo de los best-sellers. Todos los capítulos se leen con gusto, pero el volumen tiene su núcleo duro en la reivindicación de cuatro novelas que le apasionan particularmente y que nos insta a revisitar con la autoridad de su crítica y con el aperitivo de los ejemplos que nos ofrece aquí y allí.

Las novelas de su predilección son La puerta de paja de Vicente Risco, El bosque animado de Wenceslao Fernández Flórez, Bearn de Lorenzo Villalonga y Vida Nueva de Pedrito de Andía de Rafael Sánchez Mazas. Cita, elogia y recomienda muchas más, por supuesto, pero se nota un timbre de urgencia mayor cuando nos insta a recuperar éstas. De El bosque animado, dictamina que es “el mejor libro de prosa en español de la segunda mitad del siglo XX, mientras que Platero y yo de la primera”. No es elogio menudo. Dámaso Alonso hizo exactamente ése a José Antonio Muñoz Rojas en carta privada con motivo de la publicación de Las cosas del campo.

Ante la epopeya de Pedrito de Andía no puede dejar Aquilino Duque, llevado por el entusiasmo, de rememorar escenas y parafrasear diálogos. Explica muy bien los rocambolescos avatares editoriales y lingüísticos de Bearn y las vueltas que hubo de dar Lorenzo Villalonga al manuscrito y a las diferentes ediciones. Se ve en ese caso que el silenciamiento político no se ha producido solamente tras la transición, sino que coleaba desde mucho antes. Y se atisba una cuestión aún más inquietante y general: ¿por qué la buena literatura tiene casi siempre, incluso en los casos en que es, además, amena y amable, tantas dificultades para llegar al gran público?

Y otra cuestión más se plantea Aquilino Duque. ¿Fueron estas novelas la manifestación hispánica del fenómeno europeo (sobre todo francés e inglés) de una narrativa católica? Aunque sin duda son novelas católicas, no se las debería incluir en aquella tendencia europea. Para los españoles —para los españoles que nos ocupan, se entiende— el catolicismo se vive sin conflicto. No son novelas de duda católica, aunque lo sean de certeza y raíz. Y cita a Sánchez Mazas: “Lo más griego de mi novela es que sea católica. En general, el problema de todo gran poema, de toda gran novela y de toda historia humana es religioso. No digamos los antiguos con sus héroes pendientes de los dioses”.

Del ensayo de Aquilino Duque se sale con una larga lista de relecturas pendientes y con otra de descubrimientos por hacer. La fertilidad de aquel páramo parece inagotable. Viendo la pasión que despliega Aquilino Duque, uno recuerda la máxima crítica de E. M. Forster: “La prueba definitiva de una novela será nuestro afecto por ella”; y recuerda a Pedrito de Andía, y a Fendetestas, a Pilara y a Geraldo, y a doña Obdulia y al Marqués de Collera, y la comparte.

Enrique García-Máiquez
Enrique García-Máiquez es poeta.

5 Comentarios

  1. Publicado: 7 marzo, 2012 a las 12:48 pm | Permalink

    El bosque animado, desde luego, es una maravilla, tiene todos los elementos del encanto y la magia, sin perder socarronería, ironía y humor. No sé como no es más elogiada.

    Y la cita de Forster: exacta. Decía Borges -en esa entrevista de A Fondo- que, así como un poema de Quevedo es un “objeto admirable”, como una joya perfecta, Alonso Quijano -”que soñó con ser Don Quijote, y alguna vez lo fue”- y Sancho son amigos nuestros.

  2. Emilio Quintana
    Publicado: 7 marzo, 2012 a las 4:11 pm | Permalink

    A mí Miguel Vilallonga me gusta más que el hermano. Pemán vale poco. Pero de páramo cultural, nada.

  3. Publicado: 7 marzo, 2012 a las 7:12 pm | Permalink

    El bosque animado es delicioso, realmente. La única explicación a lo que planteas, Jesús Beades, es que en nuestro mundillo literario, aunque no haya meigas, haberlas haylas. O la santa compaña.

    Y una de las cosas más emocionantes del Diario de guerra de Lorenzo V. es que salta a la vista que él también prefiere a Miguel. A mí Miss Giacomini es otra novela que también me despierta un vivísimo afecto, pero no sabría preferirla a Muerte de dama.

  4. Publicado: 9 marzo, 2012 a las 7:58 pm | Permalink

    Fernández Flórez, Vicente Risco, Sánchez Mazas, Lorenzo Villalonga… sí. ¿Pemán? Por ahí todavía no paso. Miguel Villalonga no sé, pero es una laguna que tengo que cubrir pronto.

    • Publicado: 10 marzo, 2012 a las 7:40 am | Permalink

      Prácticamente, Rubén, tu “sí” coincide con el “¡sí, sí!” de este libro. Lo de las lagunas es mal irremediable: ahora yo tengo que leer a Risco y algo más de Miguel Villalonga, quizá su Autobiografía, si la encuentro. Precioso tu blog, por cierto.

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Friday, March 02, 2012

JOSE MARÍA CASTROVIEJO



(Artículo publicado por MIGUEL D'ORS en el Ideal de Granada a la muerte de JMC)

José María Castroviejo tiene un significado especial para mí: fue el
primer escritor que conocí personalmente y -no sólo por esa
circunstancia- uno de los que más me han impresionado.
Él se había relacionado con mi abuelo Eugenio en los primeros años de
la posguerra. En la biblioteca de mi padre descubrí, en Pamplona y
hacia 1962, un ejemplar de Los paisajes iluminados dedicado por
Castroviejo a “Xenius”. De aquel libro sólo recuerdo ahora muy
vagamente el azul de su cubierta, unos robustos versos a no sé qué
héroe rumano -ya los he olvidado, pero no tengo la menor duda de que
el adjetivo robustos les hace justicia-, y otros sobre el olor a Sena,
acacia y cocina que el poeta había respirado en París. Mi padre me
contó que él había tratado a Castroviejo en Santiago y me introdujo en
la leyenda del personaje. Así supe de su barba de vikingo, de sus
homéricas melopeas, de sus creo que diez hijos, de su viaje al Gran
Sol a bordo de un bacaladero, de sus cacerías épicas por los Ancares,
de su galleguísima afición a las historias de difuntos, apariciones,
buques fantasmas y meigas, y del lugar que ocupaba, al lado de Álvaro
Cunqueiro, en la mitología literaria de la Galicia de entonces, de la
que yo acababa de alejarme físicamente. No sé si fue también mi padre
quien me transmitió aquella otra anécdota: hablaban un día Cunqueiro y
Castroviejo acerca de la “Santa Compaña”. Los dos coincidían en la
afirmación de haber visto en varias ocasiones tan galaica institución,
pero discrepaban notoriamente en su descripción de ella. Es así. No:
es asá. El último lleva en la mano un hueso fosforescente. No: lleva
un facho. Dicen tales palabras. No: dicen tales otras. Y así
sucesivamente... Hasta que Castroviejo, cansado y deseoso de zanjar la
disputa, sentenció en un arrebato de sinceridad: “Mira, Álvaro: lo que
pasa es que tu Compaña es de tinto y la mía de blanco”.
Todas estas cosas, y la lectura de La burla negra y El pálido
visitante -libro éste que Castroviejo había enviado, dedicado, a mi
padre-, me hicieron admirar a aquel hombre con todo el entusiasmo de
mis quince años, y desear conocerlo personalmente cuanto antes.
La ocasión llegó en agosto de 1964. Mi padre y yo, no recuerdo cómo,
fuimos a Cangas de Morrazo para visitar al profesor García Garrido,
que veraneaba allí, y a Castroviejo, que vivía en Tirán, a muy poca
distancia. Recuerdo aquella casona de granito arañado por los vientos
marinos y cubierta de parras y hiedras, entre los maizales y el oleaje
verde de la ría de Vigo. Llamamos a la puerta. No abrían ni
contestaban. Insistimos. Nada. Ya nos resignábamos cuando, por el otro
lado de la casa, una especia de fauno celta de barba blanquirrubia con
un enorme cuervo -un cuervo, sí- aleteándole sobre el hombro apareció
vociferando como un bucanero: “¡¡¡Álvaro!!!”. Sus abrazos eran también
de bucanero: estrepitosos, asfixiantes, contundentes. Y siempre con
aquel cuervo interpuesto.
Recuerdo después el gran urogallo disecado
que nos mostró con orgullo feudal, y una colección de espadas, dagas,
puñales, cimitarras y facones que, dispersa por las paredes, daba a la
casa cierta atmósfera siniestra. A Castroviejo le brillaban los
ojillos cuando me explicaba que los agujeros de la hoja de un cuchillo
de Borneo servían para que a través de ellos entrase aire en la herida
y así se produjera fácilmente la gangrena. Después nos presentó a una
hija suya de unos veinte años, morena clara, de la que nos dijo que
era griega. Del resto de la visita sólo recuerdo que nos leyó unos
versos inéditos de un libro de poemas gallegos que pensaba titular O
baile dos esqueletes, versos onomatopéyicos que en su voz de
visionario resultaban realmente estremecedores, y más aún con aquel
cuervo allí, y también que me dedicó el ejemplar de La burla negra que
yo le había llevado con manos tímidas: “A Miguel d’Ors, heredero de
una de las más altas estirpes intelectuales de Europa. Con toda mi
amistad. J. M. Castroviejo. Tirán, agosto 1964”. Su letra era también
cordial y desaforada.
Yo tenía diecisiete años, y creo que aquella noche no pude dormir,
rumiando deslumbradamente tantas emociones. Luego releí La burla negra
y me emocioné otra vez con aquellas aventuras marinas y decimonónicas
con sabor anglosajón -Melville, Stevenson, Conrad... -. En aquella
novela de 1955, cuando los demás novelistas españoles hablaban de
gañanes y quinquis, de mineros y turbinas, de horteras madrileños y
soportales de provincias, Castroviejo empezaba, por ejemplo, un
capítulo de esta manera: “La ‘Morning Star’, una fragata de la
matrícula de Scarborough, había zarpado de Colombo ocho días antes de
Navidad. Ébano, café, canela y pimienta de Ceilán componían su rica y
aromática carga. El pasaje, muy heterogéneo...” Y mi imaginación
navegaba por aquellas latitudes exóticas, aspirando la brisa perfumada
de Ceilán, viendo las barricas y las gaviotas de Scarborough y
acariciando las suavísimas maderas doradas de la “Morning Star”.
Poco después leí el Viaje por los montes y chimeneas de Galicia que
escribieron Castroviejo y Cunqueiro y publicó la colección Austral.
Para mi gusto, una de las maravillas de la prosa artística
contemporánea.
(Miguel d'Ors de caza)

Me hubiera alegrado tanto volver a encontrarme con José María
Castroviejo, charlar con él con una botella de ribeiro delante,
leerle, a ver qué decía, algún poema mío y confesarle que su persona y
sus libros eran una parte importante de mi historia...
No pudo ser. Pero en mi memoria Castroviejo siempre estará corriendo
hacia mí con su cuervo y con los brazos abiertos y aquellos gritos de
su desmedido corazón de vikingo.

N. B. Los aspavientos y abrazos de Castroviejo eran un ardid de que se valía para no tener que dar la mano por motivos de higiene. A. D.

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Thursday, March 01, 2012

La tradición y el paisaje